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La mortificación cristiana

"Tras los pasos del Señor": cuatro artículos sobre el sentido de la mortificación cristiana.
El Opus Dei y la mortificación corporal.
La Pasión y Muerte en la Cruz (tema 10 de "Resúmenes de fe cristiana")
La penitencia (tema 22 de "Resúmenes de fe cristiana")
La penitencia II (tema 23 de "Resúmenes de fe cristiana")
¿Qué actitud mostró Jesús ante las practicas penitenciales?
"El cilicio y los ángeles", capítulo del libro "Opus Dei. Una investigación" de Vittorio Messori.


En el cristianismo la mortificación no busca el dolor por el dolor. La mortificación del cuerpo responde fundamentalmente a dos motivaciones: el autocontrol o dominio de sí mismo y el embellecimiento de la persona
La belleza de los santos y la mortificación cristiana En el cristianismo la mortificación no busca el dolor por el dolor. La mortificación del cuerpo responde fundamentalmente a dos motivaciones: el autocontrol o dominio de sí mismo y el embellecimiento de la persona

Dos premisas para entender la mortificación cristiana
Para abordar este tema, en el marco más o menos polémico en que se presenta hoy día, debemos partir de dos premisas. La primera, de importancia esencial, es tener en cuenta que el cuerpo desempeña un papel central e insustituible para la vida de fe. El cristianismo no es una religión, filosofía o visión del mundo espiritualista. Es decir, el cuerpo representa un rol fundamental. Sin el cuerpo no hay cristiano, es más: no hay cristianismo. A la vez, el cuerpo en el conjunto de la persona tiene sus reglas, su autonomía y sus límites, con los que hay que contar.

La segunda premisa es más circunstancial. Sabemos que una imagen vale más que muchas palabras. Si tenemos en nuestra retina la flagelación en cualquier persona, no entenderemos nada. Eso no es mortificación corporal sino masoquismo. La mortificación tiene un motivo más allá de sí misma, y además un motivo bueno, de lo contrario no es mortificación cristiana.

En el cristianismo la mortificación no busca el dolor por el dolor. En este sentido, para entender la mortificación del cuerpo hay que ponerla junto a la imagen de un santo: cuadra con la sonrisa de Juan Pablo II o con la paz de Teresa de Calcuta en medio de los más pobres entre los pobres.

Valoradas ambas premisas, si entramos en el fondo del asunto, encontramos que la mortificación del cuerpo responde fundamentalmente a dos motivaciones: el autocontrol o dominio de sí mismo y el embellecimiento de la persona.

1. El cuerpo manifiesta a la persona y es el cauce para expresar sus sentimientos, su libertad y su amor.
La persona es su cuerpo, pero no solo su cuerpo. El mundo interior de cada persona no está hecho de tejidos y líquidos, sino de pensamientos, amores y sentimientos. Por eso ya decían los griegos que el hombre es en cierto modo todas las cosas, un microcosmos, un mundo.

En la persona humana existe el nivel biológico, pero también el psicológico y el espiritual. Aunque la persona es una unidad, observamos en nuestra vida la existencia de fuerzas o tensiones diversas que nos conducen a distintos objetivos y que es preciso controlar e integrar en la unidad personal. Por ejemplo, me apetece fumar (el cuerpo me lo pide) pero sé (aquí aparece la inteligencia) que no me conviene o que está prohibido y me pueden multar, por lo que decido fumar o no e impongo esta decisión a mi actuar (esto sería la voluntad).

Para controlar y dirigir todas las fuerzas o tensiones que aparecen en mi vida, para que se integren en torno a mi identidad personal de manera armoniosa, es preciso educar la inteligencia y fortalecer la voluntad. Aquí la mortificación se demuestra necesaria.

Conseguir el auto-dominio o señorío sobre mi cuerpo precisa de la mortificación, que puede describirse como negación voluntaria de una apetencia (me apetece fumar pero no fumo), o afirmación voluntaria de algo que no me apetece (no me apetece comer esto porque no me gusta, pero es lo que hay y me lo como; no me apetece ponerme a estudiar o trabajar, pero me pongo; no me apetece levantarme, pero me levanto).

La mortificación del cuerpo es un acto libre forjado por una decisión de la voluntad, informada por la inteligencia (que proporciona el motivo de esa decisión), que contraría las apetencias o gustos del cuerpo en un acto determinado.

Ahora bien, ¿por qué necesito controlar mi cuerpo?, o mejor ¿para qué busco controlar mi cuerpo? Los motivos pueden ser muy variados, como por ejemplo la educación o cortesía humana. Así, debo mortificar mi cuerpo para no llevar a cabo actitudes que disturben la paz y la convivencia próxima.

Entre las muchas razones que llevan a mortificar o sujetar -si se quiere, reprimir- el cuerpo, pienso que la fundamental es la petición al cuerpo de un servicio a la persona por encima de sus posibilidades iniciales u ordinarias.
Me explico con algunos ejemplos. 
En el mundo en que vivimos, sobre todo en las sociedades avanzadas, solemos mortificar el cuerpo principalmente en relación con el trabajo profesional. Soportando frío o calor (especialmente las personas que trabajan a la intemperie); superando el cansancio y el sueño (casi universalmente cada mañana al levantarse -¿a quién no le pide el cuerpo quedarse un buen rato más en la cama, todos o casi todos los días?-; en los trabajos de atención directa al público no me puedo permitir poner mala cara y omitir la sonrisa, aunque realmente el cuerpo pida enfadarse o simplemente pasar de alguien o algo), ¡cuántos proyectos nos llevan más allá de nuestras fuerzas y exigen mortificar el cuerpo!, en períodos determinados o para determinados trabajos siempre.

Por supuesto, también debo mortificar mi cuerpo para cumplir otros deberes, especialmente con la familia o con los amigos. Prácticamente cada día debo mortificar mi cuerpo y sus apetencias, a favor de los requerimientos de otros: el padre y la madre entre ellos y respecto a sus hijos pequeños; los novios; los amigos; los vecinos. No estamos solos en el mundo, la relación con los demás lleva muchas veces a poner sus cosas antes que las nuestras y, por tanto, mortificar los gustos propios. En caso contrario, en poco tiempo llegaremos a encontrarnos realmente solos.

Hoy quizá la mortificación corporal más severa se exige a los deportistas. Deben vivir rozando y superando el límite de las posibilidades del cuerpo humano. Para ello necesitan mortificar el cuerpo hasta la extenuación en su vida diaria de entrenamiento; además deben seguir una dieta rigurosa, sin permitirse excesos ni caprichos; un horario estable y regular que limite la diversión. Es algo voluntario, pero que exige mucha mortificación: piénsese en las discusiones y críticas -a veces con fundamento- sobre si un deportista está gordo o no, o si los futbolistas deben salir por la noche o no. Aunque el caso de los futbolistas es un poco especial. Si pensamos en ciclistas, tenistas, nadadores, atletas, montañistas o gimnastas no nos quedará duda de la dureza de su vida: del entrenamiento y de la competición.

Con los deportistas profesionales, a veces justificamos todo ese esfuerzo en que ellos son los mejores o representan la excelencia de la humanidad. En este sentido estos personajes de élite son unos elegidos para la gloria y por tanto se les puede pedir e incluso exigir todo ese sometimiento o mortificación del cuerpo, mientras los demás contemplamos esas maravillas desde nuestro sillón de la tele. Pero según el cristianismo todos hemos sido elegidos para la gloria, por tanto cada persona singular es tratada por Dios como su mejor hijo, como si fuera el único.

Conectamos así con el tema que nos ocupa. La mortificación corporal cristiana se puede encuadrar dentro de este sentido de ejercicio o entrenamiento para controlar el cuerpo, con idea de disponerlo al servicio de Dios y de los demás. En la sociedad en que vivimos, tiene sentido mortificar el cuerpo para controlar sus fuerzas e integrarlas hacia la ejecución de un proyecto laboral, la realización de tareas o deberes en relación con los demás, el logro de unas metas deportivas, etc. Sin embargo, a algunos les puede extrañar la mortificación del cuerpo para conseguir un objetivo espiritual, religioso. La renuncia a un gusto sensible o material, para apreciar con mayor soltura un valor espiritual. Es curioso, aunque explicable por el materialismo práctico de nuestra cultura.

La vida cristiana enseña que el ideal de amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a uno mismo, no sale solo y necesita de la implicación personal, de la lucha y el esfuerzo. Ahí aparece la necesidad de la mortificación del cuerpo, para involucrarle por completo en la íntima unidad de la persona y así pueda dar lo mejor de sí mismo.

No sólo porque existen tendencias desordenadas que conducen la persona a su propia ruina, y que es preciso controlar. El deseo de satisfacción y de goce, desordenado por el pecado, lleva a cosas que, si las hiciéramos, nos apartarían de la paz interior y de la comunión con Dios. Por ejemplo, el apetito desordenado por la comida o la bebida, la envidia, la crítica o intolerancia con alguna persona (familiar, amigo, vecino o compañero), la pereza ante los propios deberes, etc. Sino también porque la excelencia del ideal cristiano (amar con todas las fuerzas y todas las obras), conlleva la práctica intensa de la virtud (la caridad y todas las demás), lo cual no es posible sin imponerse cosas, por así decir, desagradables, que nos restan comodidad y reposo para obligarnos al compromiso y al trabajo por los demás. Para poder avanzar en la vida cristiana, hay que mortificarse. Como sucede en muchos aspectos de la vida humana (el deporte, el trabajo o la carrera profesional, la estética personal, etc.). Cambia la motivación: el amor a Dios y a las demás personas.

2. Una belleza que huye de la uniformidad y la uniformación
Pero pasemos al segundo punto. Me parece que el otro motivo fundamental de la mortificación corporal es el adorno del cuerpo, o si queremos el cuerpo como adorno. Con dos precisiones. Hablamos de adorno no en el sentido de algo bonito pero superfluo, sino como algo esencial o trascendental, es decir, como belleza. Por otro lado, subrayamos que la belleza del cuerpo expresa y es parte de la belleza de la persona. De ahí que siempre sea una belleza individual y singular, propia de cada persona, que huye de la uniformidad y la uniformación de criterios generales.

Pues bien, para conseguir la belleza del cuerpo o en el cuerpo también se precisa la mortificación corporal. Sin duda el cuerpo danone se consigue tomando muchos yogures, pero a la vez dejando de tomar muchas otras cosas
que reclaman la atención y el gusto, pero a las que es preciso responder con un exigente “no".

En ocasiones, la belleza estética requiere una mortificación corporal más específica. Aquí entra el campo de las operaciones quirúrgicas, sin duda violentas e invasivas pero de aceptables resultados en algunas ocasiones, estilo liposucción, estiramientos faciales, nariz, etc. De nuevo tenemos una mortificación del cuerpo, pero por un motivo que trasciende y supera el sacrificio: la belleza del cuerpo.

En este ámbito entra también todo el tema de las exigencias de la moda, respecto a la incomodidad (determinados tacones no son lo mejor ni para el pie ni para el caminante, pero la belleza justifica esa mortificación), al frío o al calor; o de la costumbre (no se puede olvidar el llanto de una niña pequeña al abrirle un agujerito en las orejas). En este contexto, quizá un punto especial merece el adorno del cuerpo mediante el piercing, el tatuaje, etc.

Para el cristiano el adorno del cuerpo, el cuerpo como adorno y manifestación de la persona es fundamental. Ese adorno se manifiesta en la sonrisa, en el esfuerzo a veces heroico por el otro (entre los esposos o entre amigos; el padre o la madre por sus hijos), en el compartir la pobreza con el pobre y la enfermedad con el enfermo, etc. Como se ve es un adorno de la persona, manifestado de modos visibles (lo que siempre se han llamado obras de misericordia corporales. Pero como se trata de un cuerpo animado por el espíritu, por el alma, en la unidad de la persona el adorno también es espiritual: el adorno del cuerpo pobre o enfermo es el amor solidario de ese cuerpo, de esa persona.

Principalmente en este sentido de adorno y belleza espiritual del cuerpo, se ha entendido la mortificación corporal del cristiano. Y también directamente relacionada con la Pasión de Jesucristo. Se trata de adornar el cuerpo en correspondencia a Jesucristo Crucificado. El empleo tradicional en la Iglesia de prácticas de penitencia corporal como el cilicio o -en el caso que nos ocupa- las disciplinas, va unido a ese adornar el cuerpo espiritualmente con los sufrimientos y las llagas de Cristo, compartiendo en nuestro cuerpo los dolores de Jesús.

Para comprender esto es preciso intentar entender el sacrificio de Cristo. Sólo así puede haber tolerancia y respeto hacia el cristiano. Probablemente para nuestra sociedad, este es el aspecto de la mortificación corporal que más nos cuesta comprender. Quizá porque la disciplina o el cilicio se ve como castigo al cuerpo.

Cristo sufre una violencia brutal por parte de los soldados y del pueblo. El prendimiento, los insultos, la flagelación, la corona de espinas, el camino de la cruz y la crucifixión. Pero esta descripción no explica casi nada de la realidad profunda que ahí está sucediendo.

La realidad que acontece es que Cristo transforma la violencia brutal de la humanidad a lo largo de la Historia en el amor total de Dios y de los hombres. Cristo no sufre sin más la violencia de un condenado a muerte, sino que Él que es dueño de su vida, la ofrece, y la ofrece por amor a la humanidad, a los pecadores, a los marginados, a los pobres. Por eso el Crucificado adorna: expresa a través de su cuerpo mortificado la corona del amor desinteresado y total por Dios y por los demás.

Cristo sufre porque quiere, y quiere porque con su sufrimiento se une a cada persona que sufre, la acompaña, la sostiene, le da esperanza. No se puede pedir al cristiano que renuncie a la cruz (“la señal del cristiano es la santa cruz"), ni que renuncie al crucifijo.

El sufrimiento del cristiano, y dentro de él, la mortificación corporal, es la manifestación de una realidad más profunda: su solidaridad y cercanía con el sufrimiento de todos los hombres y de cada hombre a lo largo de la Historia y de su vida. No es un castigo al cuerpo, como si éste fuera malo o despreciable, sino todo lo contrario. Es un adorno del cuerpo que hace más bella a la persona, ya que expresa en su carne el amor solidario y la unión con Cristo y con la humanidad sufriente, necesitada, marginada, olvidada.

No es obligatorio tener un cuerpo danone, ni ir a la moda aunque sea incómoda, ni llevar un piercing o hacerse tatuar, como tampoco es obligatorio utilizar la mortificación corporal del cilicio o las disciplinas.

Tampoco esos son los únicos medios para adornar el cuerpo. Pero sí que son unos medios, utilizados por muchos hoy como ayer, que han probado su eficacia para llegar a una particular belleza. Ahí tenemos sobre todo el ejemplo de Cristo y de tantos mártires. Y también el ejemplo de la vida y obra de tantos santos. No es fácil dedicar la vida a Dios y a los demás, antes y por encima de lo que puede apetecer al propio yo: cuidar y vivir entre los más pobres entre los pobres, no sólo un día, sino un día y otro, la vida entera; etc.

¿Por qué estigmatizar a nadie o juzgar a priori, con un cierto grado de intolerancia? Mejor tratemos de comprender las razones que puede tener cada uno para vivir y actuar a su manera. Entre todos, cada uno procurando ser mejor personalmente, haremos una civilización y un mundo mejor. Pablo Marti del Moral es Doctor en Teología por la Pontificia Università della Santa Croce.
¿En qué consiste la mortificación cristiana?
Los cristianos no encuentran en el dolor un placer especial. El masoquismo es contrario a la doctrina de Jesús. Entonces, ¿qué sentido tiene la mortificación cristiana?

La Iglesia Católica siempre ha sostenido que el sacrificio tiene que estar presente en la vida del cristiano, como lo estuvo en la vida de Cristo. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (Cfr. 2 Tm 4).

La mortificación más habitual a la que se enfrentan los cristianos son las contrariedades de cada día: escuchar con paciencia a los hijos, terminar bien un trabajo cuando se está cansado, procurar no distraerse en Misa, no gastar dinero en provecho propio y darlo como limosna a los necesitados, etcétera. Esa es la principal mortificación en la Iglesia, y también en el Opus Dei.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, “la moral exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que tiende a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo”. (CEC, 2289)

Con el ejemplo de Cristo que soportó la cruz y las heridas, la Iglesia recomienda algunos sacrificios corporales, como el ayuno por ejemplo, siempre que no dañen la salud. Las penitencias excesivas han sido siempre rechazadas por la Iglesia, pues el cuerpo es uno de los mayores regalos que hemos recibido de Dios.

Con el ejemplo de Cristo que soportó la cruz y las heridas, la Iglesia recomienda algunos sacrificios corporales, como el ayuno por ejemplo, siempre que no dañen la salud
Al fin y al cabo, se puede hacer por el alma el mismo esfuerzo que se hace por tener un buen físico. Es malo, en cambio, machacar el cuerpo en exceso.

Con todo, algunos santos destacados, como san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, santo Tomás Moro, san Francisco de Sales, el cura de Ars o santa Teresa de Lisieux, utilizaban cilicios o disciplinas para generarse alguna molestia, sin lesionar su salud. La Iglesia ha aprobado estas prácticas y muchas instituciones las siguen actualmente.

El sentido de la mortificación cristiana: orar en cuerpo y alma

La “santidad en la vida ordinaria” que predica el Opus Dei, hace que los sacrificios más importantes sean los propios de la vida ordinaria: sonreír cuando se está cansado, acompañar a una persona en un trayecto, no retrasar un trabajo aunque aparezca la desgana...

La “santidad en la vida ordinaria” que predica el Opus Dei, hace que los sacrificios más importantes sean los propios de la vida ordinaria La New Catholic Encyclopedia (2003) define así el término ‘Mortificación’: “Freno deliberado a los impulsos naturales con el fin de ayudar a la persona a alcanzar la santidad, obedeciendo a la razón iluminada por la fe”.

El Catecismo de la Iglesia señala: “El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios”. (CEC, 2100)

“Ningún cristiano puede crecer en santidad, ni el cristianismo en vigor, sino por la penitencia" (San Juan XXIII)
El Papa San Juan XXIII, que dedicó una encíclica a la penitencia, decía: “Ningún cristiano puede crecer en santidad, ni el cristianismo en vigor, sino por la penitencia. Por eso en nuestra Constitución Apostólica que proclamó la convocatoria del Concilio Vaticano II, urgimos a los fieles a prepararse espiritualmente para este acontecimiento por medio de la oración y otras prácticas cristianas, y señalamos que no pasaran por alto para ello la práctica de la mortificación voluntaria”. Encíclica ‘Paenitentiam Agere’ (De la necesidad de la penitencia interior y exterior), 1 de julio de 1962.

¿Porqué se celebra el Día de la Santa Cruz?


Según la religión católica, el Día de la Santa Cruz —que se refiere a la cruz de madera donde murió Jesús de Nazareth— se celebra el 3 de mayo porque justo en esa fecha, pero del año 326, se dio el descubrimiento.

El hallazgo corresponde a Helena, esposa del emperador Constancio Cloro y madre de Constantino. La emperatriz Helena de Constantinopla (250-329) viajó hasta Jerusalén para buscar la cruz donde había muerto Jesús. Para ello, mandó excavar en el área donde se encontraba el Monte Calvario, y el 3 de mayo del año 326 encontró tres cruces —otras fuentes señalan que eran tres pedazos viejos de madera.

Para saber cuál era la verdadera cruz, colocó cada una de las cruces cerca de una persona que recién había muerto y, por milagro, el muerto resucitó cuando se le acercó la tercera cruz: la verdadera reliquia. Otras narraciones hablan del milagro de una persona enferma que recobró la salud.

Por otra parte, también el 03 de mayo es la fecha en la cuál celebramos el Día del Albañil. Aunque no existe una versión oficial del origen de esta tradición, diversas fuentes señalan que todo se refiere al sincretismo que tuvo lugar en nuestra sociedad tras la Conquista.

Por estas fechas, algunos pueblos prehispánicos hacían ceremonias y sacrificios para solicitar buenas cosechas en el año. Y tras la evangelización, esta costumbre agrícola se mezcló con las creencias cristianas y se empezó a rogar a la Santa Cruz por dichos beneficios.

Con el tiempo, muchos de los campesinos dejaron la cultura agrícola, y migraron a las ciudades para trabajar como albañiles. Sin embargo, conservaron ciertas tradiciones: por ejemplo, la de encomendarse a la Santa Cruz, ya no para una buena cosecha, sino para no sufrir accidentes o caídas en el trabajo. Por esa razón es que en casi todas las construcciones de nuestro país hay siempre una cruz de madera, decorada con papeles o listones de colores. Y por eso también es que hoy se celebra lo que se celebra.

Cada 3 de mayo, en muchos lugares -especialmente de Iberoamérica- se conmemora la “Fiesta de las Cruces” o “el día de la Cruz de Mayo”, una hermosa y muy arraigada tradición católica llena de expresiones de religiosidad popular en honor al símbolo mayor de la cristiandad: la cruz.

Sus raíces históricas se extienden hasta los tiempos del cristianismo primitivo, en Jerusalén, donde surgió la veneración a la cruz de Cristo. No obstante es durante el siglo XVII, en España, cuando la devoción a la cruz cobra una fuerza e impulso renovado. Hoy, con el mismo cariño y cuidado, los devotos, repartidos por el mundo, conservan muchas de las antiguas prácticas y tradiciones.

La ‘Invención’ de la Santa Cruz
En el rito romano esta festividad recibe el nombre de ‘Invención de la Santa Cruz', en alusión al hallazgo del madero en el que Cristo fue crucificado. La voz ‘invención’ es la traducción del término latino ‘invenio’, cuyo significado es ‘descubrimiento’. Precisamente es eso lo que se celebra: el descubrimiento de la cruz de Cristo por Santa Elena (c.250-330), ocurrido el 3 de mayo de 366.

Esta festividad, como se ha señalado, recibe también el nombre de ‘Día de la Cruz’ o ‘Día de la Santa Cruz’.

Con especial fervor, las celebraciones se realizan en ciudades de España, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Paraguay, Perú; Trinidad y Tobago, Argentina, Colombia y Venezuela. En cada ciudad, los lugareños suelen intervenir el espacio público con cruces cubiertas de coloridas flores, mientras que por las calles se realizan procesiones, bailes o desfiles. También se llevan a cabo peregrinaciones o caminatas hacia la cumbre de alguna montaña que esté coronada por una cruz. Allí, entre cantos y oraciones, los fieles colocan arreglos florales o “visten" (adornan) la cruz.

"Con este signo vencerás"

De acuerdo a un antiquísimo relato, en el siglo IV, el todavía emperador pagano Constantino (hijo de Santa Elena) tenía que librar una batalla contra Majencio, con quien disputaba el poder total sobre el Imperio. La noche anterior al combate, Constantino tuvo un sueño en el que vio una cruz luminosa en los aires y escuchó una voz que le decía: "Con este signo vencerás".

Al día siguiente, antes de empezar la batalla, Constantino mandó colocar cruces en los estandartes de sus batallones, y exclamó: "Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena". Ese día, la victoria fue contundente y Constantino ganó el derecho a ser el único emperador. En agradecimiento, Constantino concedió libertad a los cristianos encerrados en las prisiones imperiales.

Después de estos sucesos, Santa Elena, madre de Constantino, viajó a Jerusalén con la intención de encontrar la Santa Cruz en la que Jesucristo murió. En las excavaciones que se realizaron en los alrededores del lugar llamado Gólgota fueron encontradas tres cruces, con lo que surge el dilema sobre cuál de las tres cruces sería la del Señor.

Las tres cruces
De acuerdo a un antiguo relato, un grupo de soldados romanos, con la intención de saber cuál era la Cruz en la que murió Jesús, llevó al lugar del hallazgo a una mujer agonizante. Estos le ordenaron a la mujer que tocara la primera cruz. Sus malestares se agravaron y la enfermedad empeoró en cuestión de minutos. Cuando tocó la segunda cruz, la mujer no mostró cambio ni mejoría alguna, pero al tocar el tercer madero, recuperó la salud de inmediato.

Santa Elena, junto al obispo de Jerusalén y los fieles presentes sacaron aquella cruz en procesión por las calles de la Ciudad Santa. En el camino, el cortejo se cruzó con una viuda que llevaba a enterrar a su hijo. A alguno de los que estaba allí se le ocurrió acercar el cadáver del joven a la cruz y, para desconcierto de todos, el joven volvió a la vida.

Nota litúrgica
Por siglos de siglos, la gran celebración de la cruz ha sido el 3 de mayo, desde Jerusalén hasta Roma, pasando por España e Hispanoamérica.
Sin embargo, tras la reforma de la liturgia romana impulsada por San Juan XXIII a través del motu proprio “Rubricarum instructum” [conjunto de rúbricas], la fiesta de la Cruz de Mayo perdió importancia en relación a la ‘Exaltación de la Santa Cruz’ que se celebra cada 14 de septiembre. En esa fecha se recuerda el aniversario de la consagración de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén (año 335), tras el hallazgo de la cruz realizado por Santa Elena.

A pesar del cambio de fecha, la fiesta continúa celebrándose con entusiasmo, inclusive incorporándose al espíritu de la “Pascua Florida”, allí donde la alegría por la Resurrección del Señor se une con la belleza de la primavera o el cambio de estación.

¿Qué es la Pascua o Tiempo Pascual?

El Tiempo Pascual es el periodo de 50 días en el año litúrgico cristiano que celebra la resurrección de Jesucristo, extendiéndose desde el Domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés. Es considerado una "gran semana" de júbilo y alegría, representando la victoria sobre la muerte y la nueva vida, caracterizado por el uso del color blanco y la presencia del Cirio Pascual.

Aspectos clave y ejemplos de uso:
Duración: Abarca siete semanas, llamadas la Cincuentena, siendo la primera semana la "octava de Pascua".
Significado: Celebra el paso de Cristo de la muerte a la vida, celebrando este periodo como si fuera un solo día festivo.
Símbolos: La presencia del Cirio Pascual encendido en todas las celebraciones, simbolizando a Cristo Resucitado.
Liturgia: Se caracteriza por el uso del color blanco (luz, alegría), la omisión de la penitencia y el canto del Aleluya, junto con lecturas de los Hechos de los Apóstoles.
Finalización: Culmina con la fiesta de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo.
Sinónimos y términos afines: Se le conoce también como Tiempo de Pascua, Temporada de Pascua, o el tiempo de la "Cincuentena".

Días importantes dentro de este tiempo:
Domingo de Resurrección: Inicio de la Pascua.
Octava de Pascua: Los primeros ocho días hasta el segundo domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia).
Ascensión del Señor: Celebrada 40 días después de la Pascua.
Pentecostés: Cierre del tiempo pascual

El tiempo de Pascua, estallido de alegría, se extiende desde la vigilia Pascual hasta el domingo de Pentecostés. En estos cincuenta días la Iglesia nos envuelve en su alegría por la victoria del Señor sobre la muerte. Cristo vive, y viene a nuestro encuentro.

«Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, aleluya»[1]. 
El tiempo pascual es un anticipo de la felicidad que Jesucristo nos ha ganado con su victoria sobre la muerte. El Señor «fue entregado por nuestros pecados» y resucitó «para nuestra justificación»[2]: para que, permaneciendo en Él, nuestra alegría sea completa[3].

«He resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa» . Es la experiencia inefable de la resurrección, vivida por el Señor en las primeras luces del domingo.
En el conjunto del Año litúrgico, el tiempo pascual es el “tiempo fuerte” por antonomasia, porque el mensaje cristiano es anuncio alegre que surge con fuerza de la salvación obrada por el Señor en su “pascua”, su tránsito de la muerte a la vida nueva. «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»[4].

Lo que sólo «unos pocos testigos elegidos de antemano por Dios»[5] pudieron experimentar en las apariciones del Resucitado, ahora se nos da en la liturgia, que nos hace revivir esos misterios. Como predicaba el Papa san León Magno, «todas las cosas relativas a nuestro Redentor que antes eran visibles, ahora han pasado a ser ritos sacramentales»[6]. Es expresiva la costumbre de los cristianos de Oriente que, conscientes de esta realidad, desde la mañana del domingo de Resurrección intercambian el beso pascual: «Christos anestē», Cristo ha resucitado; «alethōs anestē», verdaderamente ha resucitado.

La liturgia latina, que en la noche santa del sábado volcaba su alegría en el Exultet, en el domingo de Pascua la condensa en el hermoso introito Resurrexi: «he resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa»[7]. Ponemos en labios del Señor, delicadamente, en términos de cálida oración filial al Padre, la experiencia inefable de la resurrección, vivida por Él en las primeras luces del domingo. Así nos animaba san Josemaría en su predicación a acercarnos a Cristo, sabiéndonos sus contemporáneos: «he querido recordar, aunque fuera brevemente, algunos de los aspectos de ese vivir actual de Cristo ―Iesus Christus heri et hodie; ipse et in sæcula―, porque ahí está el fundamento de toda la vida cristiana»[8]. El Señor quiere que le tratemos y hablemos de Él no en pasado, como se hace con un recuerdo, sino percibiendo su “hoy”, su actualidad, su viva compañía.


La Cincuentena pascual
Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría. Quien durante estos días no expresara su júbilo era considerado como alguien que no había captado el núcleo de la fe, porque «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[9]. Esta fiesta, tan prolongada, nos sugiere hasta qué punto «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros»[10]. En este tiempo, la Iglesia vive ya el gozo que el Señor le depara: algo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre»[11].

Este sentido escatológico, de anticipo del cielo, se refleja desde hace siglos en la praxis litúrgica de suprimir las lecturas del Antiguo Testamento durante el tiempo pascual. Si toda la Antigua Alianza es preparación, la Cincuentena pascual celebra, en cambio, la realidad del reino de Dios ya presente. En la Pascua todo ha sido renovado, y no cabe figura allí donde todo es cumplimiento. Por eso, en el tiempo pascual la liturgia proclama, junto al cuarto Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y el libro del Apocalipsis: libros luminosos que tienen una especial afinidad con la espiritualidad de este tiempo.

Los escritores del Oriente y del Occidente cristianos contemplaron el conjunto de la Cincuentena pascual como un único y extenso día de fiesta. Por eso, los domingos de este tiempo no se llaman segundo, tercero, cuarto… después de Pascua, sino, sencillamente, domingos de Pascua. Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos. Del mismo modo se comprende el domingo de Pentecostés, que no es una nueva fiesta, sino el día conclusivo de la gran fiesta de la Pascua.

Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos
Cuando llegaba la Cuaresma algunos himnos de la tradición litúrgica de la Iglesia recitaban el aleluya con un tono de despedida. En contraste, la liturgia pascual se recrea en este canto, porque el aleluya es avance del cántico nuevo que entonarán en el cielo los bautizados[12], que ya ahora se saben resucitados con Cristo. Por eso, durante el tiempo pascual, tanto el estribillo del salmo responsorial como el final de las antífonas de la Misa repiten frecuentemente esta aclamación, que une el imperativo del verbo hebreo hallal –alabar- y Yahveh, el nombre de Dios.

«¡Feliz aquel aleluya que allí entonaremos! —dice san Agustín en una homilía— Será un aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria»[13]. San Jerónimo escribe que, durante los primeros siglos en Palestina, ese grito se había hecho tan habitual que quienes araban los campos decían de cuando en cuando: ¡aleluya! Y los que remaban en las barcas para trasladar a los viajeros de una a otra orilla de un río, cuando se cruzaban, exclamaban: ¡aleluya! «Un júbilo profundo y sereno embarga a la Iglesia en estas semanas del tiempo pascual; es el que nuestro Señor ha querido dejar en herencia a todos los cristianos (…); un contento lleno de contenido sobrenatural, que nada ni nadie nos podrá quitar, si nosotros no lo permitimos»[14].


La octava de Pascua
«Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la “octava de Pascua”, y se celebran como solemnidades del Señor»[15]. Antiguamente, durante esta octava el obispo de Roma celebraba las stationes como un modo de introducir a los neófitos en el triunfo de aquellos santos especialmente significativos para la vida cristiana de la Urbe. Era una cierta “geografía de la fe”, en la que la Roma cristiana aparecía como una reconstrucción de la Jerusalén del Señor. Se visitaban varias basílicas romanas: la vigilia de Pascua la statio tenía lugar en San Juan de Letrán; el domingo en Santa María Mayor; el lunes en San Pedro del Vaticano; el martes en San Pablo Extramuros; el miércoles en San Lorenzo Extramuros; el jueves en la basílica de los Santos Apóstoles; el viernes en Santa María ad martyres; y el sábado, de nuevo, en San Juan de Letrán.

Las lecturas de esos días guardaban relación con el lugar de la celebración. Así, por ejemplo el miércoles la statio se celebraba en la basílica de San Lorenzo Extramuros. Allí el evangelio que se proclamaba era el pasaje de las brasas encendidas[16], en clara alusión a la tradición popular romana, que relata cómo el diácono Lorenzo fue martirizado sobre una parrilla. El sábado de la octava era el día en que los neófitos deponían el alba con la que se habían revestido en su bautismo durante la vigilia pascual. La primera lectura era por eso la exhortación de Pedro que comienza con las palabras «deponentes igitur omnem malitiam…»[17]: habiéndoos despojado de toda malicia…

Los Padres de la Iglesia hablaban con frecuencia del domingo como “octavo día”. Situado más allá de la sucesión septenaria de los días, el domingo evoca el inicio del tiempo y su final en el siglo futuro[18]. Por eso, los antiguos baptisterios, como el de san Juan de Letrán, tenían forma octogonal; los catecúmenos salían de la fuente bautismal para iniciar su vida nueva, abierta ya al octavo día, al domingo que no acaba. Cada domingo nos recuerda así que nuestra vida transcurre dentro del tiempo de la Resurrección.



Ascensión y Pentecostés
«Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles y también nuestra mirada a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre»[19]. Empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros; empieza el tiempo de la liturgia, que es toda ella una gran oración al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; una oración «en cauce manso y ancho»[20].

Con la ascensión empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros. Jesús desaparece de la vista de los apóstoles, que quizá se quedan taciturnos al principio. «No sabemos si en aquel momento se dieron cuenta de que precisamente ante ellos se estaba abriendo un horizonte magnífico, infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Tal vez lo comprendieron solamente el día de Pentecostés, iluminados por el Espíritu Santo»[21].

«Dios todopoderoso y eterno, que has querido incluir el sacramento de la Pascua en el misterio de los cincuenta días…»[22]. La Iglesia nos enseña a reconocer en esta cifra el lenguaje expresivo de la revelación. El número cincuenta tenía dos cadencias importantes en la vida religiosa de Israel: la fiesta de Pentecostés, siete semanas después de comenzar a meter la hoz en el trigo; y la fiesta del jubileo que declaraba santo el año cincuenta: un año dedicado a Dios en el que cada uno recobraba su propiedad, y cada cual podía regresar a su familia[23]. En el tiempo de la Iglesia, el «sacramento de la Pascua» incluye los cincuenta días después de la Resurrección del Señor, hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Si, con el lenguaje de la liturgia, la Cuaresma significa la conversión a Dios con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, la Pascua significa nuestra vida nueva de “con-resucitados” con Cristo. «Igitur, si consurrexistis Christo, quæ sursum sunt quærite: así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios»[24].

Al cumplirse estos cincuenta días, «llegamos al culmen de los bienes y a la metrópolis de todas las fiestas»[25], pues, inseparable de la Pascua, es como la “Madre de todas las fiestas”. «Sumad —decía Tertuliano a los paganos de su tiempo— todas vuestras fiestas y no llegaréis a la cincuentena de Pentecostés»[26]. Pentecostés es, pues, un domingo conclusivo, de plenitud. En esta Solemnidad vivimos con admiración cómo Dios, a través del don de la liturgia, actualiza la donación del Espíritu que tuvo lugar en los albores de la Iglesia naciente.

San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra». Si en la Ascensión Jesús «fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad»[27], ahora, en el día de Pentecostés, el Señor, sentado a la derecha del Padre, comunica su vida divina a la Iglesia mediante la infusión del Paráclito, «fruto de la Cruz»[28]. San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra»[29].

Se comprende también por eso que san Josemaría quisiera comenzar algunos medios de formación de la Obra rezando una oración tradicional en la Iglesia que se encuentra, por ejemplo, en la Misa votiva del Espíritu Santo: «Deus, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti, da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere»[30]. Con palabras de la liturgia, imploramos a Dios Padre que el Espíritu Santo nos haga capaces de apreciar, de saborear, el sentido de las cosas de Dios; y pedimos también disfrutar del consuelo alentador del «Gran Desconocido»[31]. Porque «el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Ga 5, 22). El don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz»[32].

Félix María Arocena

[1] Misal Romano, Miércoles de la Octava de Pascua, Antífona de entrada. Cfr. Mt 25, 34.
[2] Rm 4, 25.
[3] Cfr. Jn 15, 9-11.
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
[5] Hch 10, 41.
[6] San León Magno, Sermo 74, 2 (PL 54, 398).
[7] Misal Romano, Domingo de Resurrección, Antífona de entrada. Cfr. Sal 138 (139), 18.5-6.
[8] Es Cristo que pasa, n. 104. Cfr. Hb 13, 8.
[9] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 1.
[10] Rm 8, 18.
[11] 1 Co 2, 9.
[12] Cfr. Ap 5,9
[13] San Agustín, Sermo 256, 3 (PL 38, 1193).
[14] Beato Álvaro, Caminar con Jesús, Cristiandad: Madrid, 2014, 197.
[15] Misal Romano, Normas universales del año litúrgico, 24.
[16] Jn 21, 9.
[17] 1 P 2, 1.
[18] Cfr. San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.
[19] Francisco, Regina Coeli, 1-VI-2014.
[20] Camino, 145.
[21] Benedicto XVI, Homilía, 28-V-2006.
[22] Misal Romano, Vigilia del Domingo de Pentecostés, colecta.
[23] Cfr. Lv 23, 15-22; Nm 28, 26-31; Lv 25, 1-22.
[24] Col 3, 1.
[25] San Juan Crisóstomo, Homilia II de Sancta Pentecoste (PG 50, 463).
[26] Tertuliano, De idolatria 14 (PL 1, 683).
[27] Misal Romano, Ascensión del Señor, prefacio.
[28] Es Cristo que pasa, n. 96.
[29] San Josemaría, Surco, n. 213.
[30] Misal Romano, Misa votiva del Espíritu Santo, colecta.
[31] Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 127-138.
[32] Francisco, Homilía en la Solemnidad de Pentecostés, 24-V-2015.

¿Qué es el Tiempo pascual?



La fiesta de la Pascua (del griego paska, a su vez del hebreo pesa¿, que significa "paso", "pasar") es la mayor celebración del calendario litúrgico cristiano. Conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesús, el evento central de la fe cristiana.

La Pascua celebra la resurrección de Jesucristo al tercer día después de haber sido crucificado, según se relata en el Nuevo Testamento de la Biblia. Es la celebración más importante de la Iglesia cristiana.

El tiempo pascual comprende cincuenta días (en griego = "pentecostés", vividos y celebrados como un solo día: "los cincuenta días que median entre el domingo de la Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).

El tiempo pascual es el más fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas, hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y gloriosa. Es la pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la Vida Nueva de su Señor por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del primer Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes del Año litúrgico.

Los judíos tenían ya la "fiesta de las semanas" (ver Dt 16,9-10), fiesta inicialmente agrícola y luego conmemorativa de la Alianza en el Sinaí, a los cincuenta días de la Pascua. Los cristianos organizaron muy pronto siete semanas, pero para prolongar la alegría de la Resurrección y para celebrarla al final de los cincuenta días la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu Santo. Ya en el siglo II tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio no se ayuna, sino que se vive una prolongada alegría.

La liturgia insiste mucho en el carácter unitario de estas siete semanas. La primera semana es la "octava de Pascua', en la que ya por tradición los bautizados en la Vigilia Pascual, eran introducidos a una más profunda sintonía con el Misterio de Cristo que la liturgia celebra. La "octava de Pascua" termina con el domingo de la octava, llamado "in albis", porque ese día los recién bautizados deponían en otros tiempos los vestidos blancos recibidos el día de su Bautismo.

Dentro de la Cincuentena se celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de la Pascua, sino el domingo séptimo de Pascua, porque la preocupación no es tanto cronológica sino teológica, y la Ascensión pertenece sencillamente al misterio de la Pascua del Señor. Y concluye todo con la donación del Espíritu en Pentecostés.

La unidad de la Cincuentena queda también subrayada por la presencia del Cirio Pascual encendido en todas las celebraciones, hasta el domingo de Pentecostés. Los varios domingos no se llaman, como antes, por ejemplo, "domingo III después de Pascua", sino "domingo III de Pascua". Las celebraciones litúrgicas de esa Cincuentena expresan y nos ayudan a vivir el misterio pascual comunicado a los discípulos del Señor Jesús.

Las lecturas de la Palabra de Dios de los ocho domingos de este Tiempo en la Santa Misa están organizados con esa intención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y difundió la Pascua del Señor Jesús.
La segunda lectura cambia según los tres ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro del Apocalipsis.

Aspectos Clave del Tiempo de Pascua:
  • Duración: Son 50 días (siete semanas) desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés.
  • Significado: Es el tiempo más importante del año litúrgico, centrado en la fe cristiana: la muerte y resurrección de Jesús.
  • Octava de Pascua: Los primeros ocho días (del domingo de Resurrección al siguiente domingo) constituyen la Octava de Pascua, celebrándose cada día como una solemnidad del Señor. Es un modo de prolongar la alegría del día inicial. En cierto sentido, cada día de la octava es como un pequeño domingo.
  • Eventos Principales: Incluye la fiesta de la Ascensión del Señor (cuarenta días después de la Pascua) y concluye con Pentecostés, que marca la venida del Espíritu Santo.
  • Cirio Pascual: La presencia de esta vela grande, encendida en las celebraciones, simboliza a Cristo resucitado y la luz.
  • Regina Caeli: Esta oración mariana sustituye al Ángelus durante todo este tiempo.
  • Color Litúrgico: El blanco es el color predominante, simbolizando alegría, pureza y la luz de Cristo resucitado.
  • Signos Litúrgicos: Se caracteriza por la alegría, el uso de ornamentos blancos y la omisión de ayunos, enfatizando la victoria de Cristo.




El Tiempo de Pascua es considerado "un gran domingo", una prolongación de la alegría pascual durante la cual la Iglesia celebra la nueva vida en Cristo

Sinónimos y Términos Relacionados:
  • Tiempo Pascual.
  • La Cincuentena.
  • Tiempo de Pascua.
  • El Gran Domingo (o magna dominica), para referirse a la totalidad de los 50 días.
  • Domingo de Resurrección / Domingo de Gloria (el día inicial).
Este período es el corazón del año litúrgico, invitando a la comunidad cristiana a vivir la alegría de la nueva vida en Cristo

¿Qué es una Erección canónica?



Cuando una capilla o cuasiparroquia se eleva a la categoría de parroquia, se denomina erección canónica o simplemente se dice que la iglesia fue erigida en parroquia por decreto del obispo diocesano.

Este acto formal convierte a un centro de culto dependiente en una estructura autónoma con libros propios, administración y párroco.

Erección Canónica: Es el término formal utilizado por el Derecho Canónico para la creación oficial de una nueva parroquia, otorgándole personalidad jurídica propia.

Elevación a Parroquia: Se utiliza coloquialmente cuando una capilla (iglesia no parroquial dependiente de otra), rectoría o cuasiparroquia recibe el estatus oficial de parroquia.

Parroquialización: Proceso de convertir un área pastoralmente dependiente en una parroquia independiente.

Contexto clave:
La diferencia radica en que la capilla depende de una parroquia y la parroquia tiene su propio territorio, párroco y registros sacramentales.

El acto definitivo es la firma del decreto por parte del arzobispo o obispo, usualmente tras aprobarlo con el consejo presbiterial.

¿Qué es la elevación a parroquia?
Una iglesia se eleva a parroquia cuando se le otorga el estatus de parroquia, es decir, cuando se le reconoce como una comunidad de fieles con un pastor propio

¿Cómo se eleva a parroquia una iglesia?
• Se considera la concentración de personas
• Se considera la demanda que registran en los sacramentos
• Se considera que la zona tiene una alta participación religiosa

¿Quién se encarga de la parroquia?
• El párroco es el pastor propio de la parroquia
• El párroco es encomendado por el obispo diocesano
• El párroco tiene la dirección del templo

La erección canónica es el acto jurídico formal por el cual la autoridad eclesiástica competente (generalmente un obispo o la Santa Sede) funda, instituye o reconoce oficialmente una nueva entidad dentro de la Iglesia Católica —como parroquias, diócesis, institutos religiosos o asociaciones— otorgándole personalidad jurídica propia y capacidad de obrar.

Aspectos Clave de la Erección Canónica:
Fundamento Legal: Es el reconocimiento oficial de una institución según el derecho canónico vigente.
Autoridad: Corresponde al ordinario del lugar (obispo) erigir parroquias, tras consultar a la Santa Sede si es necesario.
Proceso: Implica un decreto escrito, y a menudo incluye la profesión de fe y juramento de fidelidad del nuevo párroco o superior en una ceremonia.
Efectos: La entidad erigida adquiere personalidad jurídica, lo que significa que puede tener bienes propios, firmar contratos y actuar como entidad legal dentro de la Iglesia.
Ejemplos: Se aplica a parroquias, seminarios, monasterios, casas religiosas, diócesis y nuevas comunidades de laicos consagrados.

En el caso de monasterios o casas de religiosos, se requiere el permiso escrito del obispo diocesano, y en ciertos casos, la aprobación de la Santa Sede, especialmente para clausura.

Erección Canónica de un Monasterio



Una casa religiosa (monasterio o convento) es una residencia fija de personas religiosas. Supone, por tanto, la habitación continua de una comunidad estrictamente llamada, gobernada por un superior y que sigue la regla prescrita para la orden respectiva. Esa casa religiosa ha de distinguirse de una granja o finca, de una villa o lugar de recreación, y de un hospicio o lugar para la recepción de religiosos itinerantes. Las condiciones para la erección legítima de un monasterio son:

(1) el permiso de la Santa Sede. Esto es cierto para países sujetos al decreto “Romanos Pontifices” (es decir, los Estados Unidos, Inglaterra, etc.); también se requiere para Italia. Fuera de Italia y en países misioneros generalmente, la cuestión es muy disputada por los canonistas;

(2) el asentimiento del ordinario. Esta condición fue aprobada por el Concilio de Calcedonia en 451, y estuvo en vigor hasta el siglo XII. En el siglo XIII, los privilegios de las órdenes mendicantes causaron frecuentes derogaciones a la ley, pero la antigua disciplina fue restaurada por el Concilio de Trento (Ses. XXV, de Reg., cap. III).

Este permiso no puede ser otorgado por el vicario general ni por el vicario capitular. Antes de que el obispo dé su asentimiento, debe familiarizarse con las opiniones de aquellos para los que tal monasterio podría resultar un detrimento, como los superiores de otras órdenes religiosas ya establecidas allí, o la gente del lugar. El párroco no puede oponerse, a menos que que se intente conferir derechos parroquiales a la nueva casa religiosa; (3) debe haber una disposición adecuada para el sustento de doce religiosos, de lo contrario deben vivir bajo la jurisdicción del ordinario. Sin embargo, esta última condición no aplica a los países donde esté en vigor la "Romanos Pontifices".

Para la transferencia de un monasterio de un sitio a otro en la misma localidad, no se requiere permiso de la Santa Sede, ya esto sería una mudanza y no una erección. Había una ley antigua que ordenaba que un nuevo monasterio no podía ser erigido a cierta distancia de uno más antiguo, pero ha entrado en desuso. En cuanto a los conventos de mujeres religiosas, se requiere el asentimiento del ordinario, pero no el de la Santa Sede. Lo mismo ocurre con la construcción de casas de congregaciones e institutos piadosos.

Bibliografía: BACHOFEN, Compendium Juris Regularium (Nueva York, 1903; TAUNTON, The Law of the Church (San Luis, 1906), s.v. Monastery; VERMEERSCH, De Religiosis Institutis, I (Brujas, 1902).
Fuente: Fanning, William. "Canonical Erection of a Monastery." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10, pp. 458-459. New York: Robert Appleton Company, 1911. 2 Nov. 2016



Erección canónica de una casa religiosa



Las condiciones para la erección canónica de una casa religiosa se indican en los cánones 608-611 del Código de Derecho Canónico de 1983

Necesidad de una casa canónica para una comunidad religiosa
Una comunidad religiosa debe vivir en una casa legalmente establecida con una iglesia u oratorio en el que se celebre y reserve la Eucaristía . La comunidad debe tener un superior designado de acuerdo con el derecho canónico .

La casa en la que reside la comunidad es distinta de cualquier granja o casa de vacaciones que puedan poseer.
Se requieren permisos
. Es el superior indicado en las constituciones del instituto religioso correspondiente (el superior general o el provincial) quien debe establecer la casa tras obtener por escrito el consentimiento del obispo de la diócesis. Además, se requiere el permiso de la Santa Sede para establecer un monasterio de monjas .
La palabra «monjas» se aplica en el derecho canónico a las religiosas cuyos votos se clasifican como solemnes . Estas normalmente viven una vida contemplativa de clausura , meditación y oración. Las demás religiosas no necesitan permiso de la Santa Sede para establecer una nueva casa.

En 451, el Concilio de Calcedonia estableció la condición del consentimiento del obispo. Los privilegios concedidos a las órdenes mendicantes en el siglo XIII provocaron frecuentes derogaciones de la ley, pero el Concilio de Trento restauró la antigua disciplina (Sess. XXV, de Reg., cap. iii). El término utilizado en el Código de Derecho Canónico es «obispo», no « ortodoxo ». Por consiguiente, el permiso requerido no puede ser otorgado por un vicario general ni por un administrador diocesano . No se requiere el permiso del párroco del lugar.

Condiciones

Debe tenerse en cuenta la ventaja que la Iglesia y el instituto religioso obtendrán del establecimiento de la casa, así como las necesidades de los miembros para vivir adecuadamente su vida religiosa. Un juicio prudente que garantice el sustento de la comunidad es también una condición indispensable.

Efectos
Una vez que haya obtenido el consentimiento del obispo para el establecimiento de la casa, la comunidad religiosa tiene derecho
llevar una vida acorde con el carácter y los propósitos propios del instituto;
ejercer de acuerdo con el derecho canónico las obras propias del instituto, observando las condiciones que el obispo haya adjuntado al otorgar su consentimiento;
para que los institutos clericales tengan una iglesia en un lugar acordado con el obispo y realicen el ministerio sagrado de acuerdo con el derecho canónico.

Referencias
Código de Derecho Canónico, cánones 608-611
Código de Derecho Canónico, canon 608
William Fanning, "Erección canónica de un monasterio" en La Enciclopedia Católica,1911.Consultado el 24 de agosto de 2012.
Código de Derecho Canónico, canon 609
Código de Derecho Canónico, canon 610
Código de Derecho Canónico, canon 611