Historia de la Iglesia- Introducción

P. Antonio Rivero L.C.

Estudiar la historia de la Iglesia es estudiar la historia de nuestra familia en la fe. ¿A quién no le interesa saber sobre la historia de su propia familia? ¿No es verdad que solemos repasar los álbumes de fotos pasadas con regocijo y con emoción contenida? También nos asombramos de algunas fotos que salieron movidas, o un poco oscuras y mal enfocadas.

Repasaremos nuestro álbum de fotos; fotos sacadas desde hace dos mil años. Iremos viéndolas juntos con el cariño con que uno va hojeando lo más querido de su familia. De aquellas fotos que salieron muy bien, alegrémonos y demos gracias a Dios. De aquellas que están un poco movidas o medio mal, no nos escandalicemos, sino con respeto y en silencio demos la vuelta a la página, tratando de pedir a Dios por esos momentos difíciles de algunos hijos de la Iglesia, que tal vez desfiguraron el rostro de la Iglesia con su conducta. A todos nosotros nos puede pasar esto, si nos desviamos del espíritu del Evangelio.

La Iglesia es la estupenda obra que nos dejó Jesús aquí en la tierra para que le conozcamos a Él a fondo, lo amemos mejor, nos entusiasmemos de Él y extendamos su Nombre por todos los confines de la tierra. Es, pues, en la Iglesia donde nacimos a la vida divina, a la vida de fe. Es la Iglesia la que, como Madre, alimenta nuestra fe en la liturgia y en los sacramentos. Es la Iglesia la que nos protege con sus brazos maternales, cuando nos sentimos desprotegidos. Es la Iglesia la que nos tiende sus manos cuando hemos caído en el camino de la vida. Es en la Iglesia donde queremos vivir y morir en paz.

Antes de ir hojeando las fotos siglo por siglo, quiero dejar unos presupuestos, sin los cuales es imposible entender y amar a la Iglesia:

1. La Iglesia es de origen divino: Dios Padre la planeó. Dios Hijo la fundó durante su vida terrena, cuando fue eligiendo a su apóstoles, los fue formando, les ordenó celebrar el memorial de su muerte, y con la fuerza de su Espíritu les dejó la misión de continuar su obra y de predicar su Reino; por eso, podemos decir que la Iglesia es “Cristo prolongado”. Y Dios Espíritu Santo la está santificando y llevando a su plenitud. Por tanto, a la Iglesia hay que mirarla con los ojos de la fe; si no, jamás la podremos entender. De esta fe tiene que brotar un amor apasionado a nuestra madre Iglesia y un deseo de dilatarla por todo el mundo. A esto lo llamamos apostolado, que no es fanatismo, sino exigencia del amor a la Iglesia.

2. Diversos nombres dados a la Iglesia: Jesús, para hacernos entender lo que es la Iglesia, quiso explicarla a través de imágenes o figuras: redil, cuya puerta es Cristo; rebaño que tiene por pastor a Cristo; campo y viña, cuyo dueño es el Señor; edificio, cuya piedra angular es Cristo, que tiene a los Apóstoles como fundamento y en el que los demás somos piedras vivas y necesarias. Pero uno de los más hermosos nombres que la Iglesia ha recibido es el de “comunión”. “Comunión expresa más que comunidad, más que hecho social, más que congregación, más que asociación, más que fraternidad, más que asamblea, más que sociedad, más que familia, más que cualquier forma de colectividad humana; significa Iglesia, es decir, hombres y mujeres vinculados en Cristo. Ese cuerpo social, visible y espiritual, es precisamente lo que llamamos Iglesia” (Pablo VI).
Esta Iglesia-Comunión exige espíritu de comunidad; la comunión y la comunidad no admiten ni individualismo ni particularismo. El Concilio Vaticano II (1) ahondó en otra imagen de la Iglesia: la Iglesia como Pueblo de Dios, que peregrina en la historia hacia la plenitud escatológica, es decir, hacia la plena glorificación en Cristo al final de los tiempos; Pueblo de Dios, que convoca a judíos y gentiles, se forma parte de él, no por la carne, sino por el agua y el Espíritu; Pueblo de Dios, que tiene por cabeza a Cristo muerto y resucitado; todos los que formamos parte de ese Pueblo de Dios tenemos la dignidad y libertad de los hijos de Dios; la ley de este Pueblo de Dios es el mandato de la caridad y tiene como fin extender a todos los hombres el Reino de Dios y hacerlo crecer hasta la consumación final. Esta imagen de Pueblo de Dios tiene un contenido profundamente religioso, pues es un Pueblo creado por la elección de Dios y por la alianza que él establece con los hombres. No es un término con sabor político-social, como ha querido manipular y reducir la así llamada “iglesia popular”(2) .

3. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Así como el alma da vida al cuerpo humano, así el Espíritu da vida a este cuerpo que es la Iglesia, mediante los sacramentos; además, el Espíritu Santo ilumina y guía a la Iglesia durante todos los momentos de su caminar terreno para que permanezca fiel a las enseñanzas de Jesús, su fundador.

4. Las propiedades de la Iglesia: Esta iglesia es una, porque tiene su origen en la Trinidad, porque su única cabeza es Cristo, y porque está animada por un solo Espíritu; y manifiesta esa unidad en una sola fe, unos mismos sacramentos, y una misma jerarquía. Es santa, porque su fundador, Jesucristo, es santo y la vivifica con su Espíritu; porque a través de los sacramentos la santifica, y porque sus frutos más hermosos son los santos. Es católica, porque ha sido enviada a todos los hombres, está abierta a todas las razas, lenguas y naciones, sin excluir a nadie, y porque conserva la totalidad de la fe. Y es apostólica, porque por voluntad de Cristo está cimentada sobre Pedro y los demás apóstoles.

5. Estructura de la Iglesia: Cristo quiso fundar una en la que todos somos iguales por el bautismo, pero al mismo tiempo la quiso gobernada por Pedro y los demás apóstoles. La Iglesia, por tanto es jerárquica (3) , no democrática. Todos somos Iglesia y Pueblo de Dios, sí, pero Cristo dio a Pedro y a los demás apóstoles la misión y la autoridad para guiar, santificar y regir a sus hermanos. Los continuadores de los apóstoles son los obispos y sacerdotes. Por tanto, la Iglesia está formada por los ministros sagrados (obispos, sacerdotes y diáconos), por los laicos y por los religiosos. La misión de los pastores es servir a sus hermanos con la Palabra, con los sacramentos y la caridad, al estilo de Cristo, que vino a servir y no a ser servido. La misión de los laicos, en comunión y bajo la guía de los pastores, es participar en las realidades temporales, ordenándolas según el plan de Dios en Cristo, a fin de que su mensaje llegue y transforme todos los ámbitos sociales. La misión de los religiosos es seguir de cerca las huellas de Cristo practicando los consejos evangélicos, y de esa forma vivir consagrados a Dios, santificar a la Iglesia y dar testimonio ante el mundo de las realidades del Reino de los cielos.

6. ¿Cómo mirar a la Iglesia?
Tres miradas podemos lanzar a la Iglesia:
  • a) Mirada superficial: la Iglesia se presentaría como una sociedad religiosa más, entre muchas otras. Es la mirada “aséptica” del descreído, de quien no tiene fe. Sólo ve los defectos de quienes están en la Iglesia y al frente de la Iglesia.
  • b) Mirada más penetrante: reconocerá los valores y la vitalidad de la Iglesia. Discernirá en su unidad y universalidad un conjunto de caracteres maravillosos. Se asombrará del poder espiritual del Papa, afirmando que su origen, desarrollo e influjo constituyen el fenómeno más extraordinario de la historia del mundo. Pero todavía no va al fondo. Es la mirada del estudioso bien intencionado y honesto.
  • c) Mirada de fe: es la única manera de percibir el misterio de la Iglesia. Con la fe descubrimos que su origen está en Dios, que Cristo la ha enriquecido con su Espíritu y con los medios de la salvación, y que tiene por misión hacer que todos los hombres lleguen al pleno conocimiento de la verdad y participen de la redención operada.
7. ¿Qué es, pues, la historia de la Iglesia y las claves de interpretación? Es un entramado de hechos humanos y divinos, en donde la silenciosa acción del Espíritu Santo se combina eficazmente con la palpable libertad de los hombres. Y las claves de interpretación de la historia de la Iglesia son éstas:
  • a) La historia de la Iglesia sólo se entiende en función de su tarea santificadora y evangelizadora. El Vaticano II definió a la Iglesia como “Sacramento universal de salvación” (Lumen Gentium, 48)...”enviada por Dios, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres” (Ad Gentes, 1). Sólo a la luz de la fidelidad a esa misión cabe calificar de acertados o equivocados los hechos de sus ministros y de sus fieles.
  • b) La capacidad de errar de los hombres explica muchos episodios históricos negativos (4) : las herejías, la torpe intromisión de algunos eclesiásticos en cuestiones o ambiciones temporales (aseglaramiento, afán de poder, simonía, etc...), así como las vidas poco edificantes de otros. Estos hechos tristes, recogidos en su historia, no afectan a lo que es la Iglesia. Es más, ponen de manifiesto que ella es divina porque, a pesar de sus hombres, su doctrina se ha mantenido incólume desde que Cristo la predicara, produciendo abundantes frutos de santidad en todos los tiempos (5) .
  • c) La Iglesia, manteniendo los rasgos esenciales determinados por su fundador, Cristo, también ha evolucionado en la historia al compás de los hombres, precisamente porque no es una sociedad desencarnada. Por eso, a la hora de interpretar los hechos hay que considerar el contexto histórico, que explica muchas decisiones y modos de obrar (p.e. la inquisición eclesiástica, Papas que coronaban a los emperadores, lucha por la investidura, etc.). No hacerlo así, es pecar de anacronismo o errores de juicio objetivo.
  • d) La Iglesia es experta en humanismo: iluminada por la revelación de Cristo, Dios y hombre perfecto, y enriquecida por su larga historia conoce en profundidad las glroias y las miserias del hombre, al que quiere ofrecer la salvación de Cristo. Esto explica:
  • e) Que a lo largo de sus veinte siglos haya sabido enjuiciar con tanta libertad y equidad muchas situaciones humanas, venciendo la fuerte coacción de poderosos intereses partidistas: guerras, decisiones de parlamentos, conferencias internacionales, etc.
  • f) Que esté en inigualables condiciones para defender la dignidad de la persona humana y los principios morales de su actuación, y para juzgar con la luz de la moral los retos que la ciencia, la cultura o la política ponen a la sociedad. Fruto de todo ello es su doctrina social (6) .
8. ¿Cuál es el fin de la Iglesia? 
Es predicar a todos los hombres la Buena Nueva de la redención operada por Cristo. Esta salvación de Cristo debe abarcar a todos los hombres sin distinción de clases sociales, y a todo el hombre: en su alma y en su cuerpo. Es un fin, por tanto, sobrenatural pero que empieza en el tiempo, espiritual pero que trasnforma la ralidades de este mundo.

9. ¿Cuáles son los deberes para con la Iglesia?
  • a) Creer en ella: No se puede creer en Cristo sin creer en ella. No se puede ser cristiano sin la mediación de la Iglesia. “Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por madre” –decía san Cipriano. La fe en Cristo nos llega a través de la Iglesia.
  • b) Conocer su doctrina: La doctrina de la Iglesia no es otra que el evangelio de Cristo, que le fue transmitido por los apóstoles y que ella, guiada por el Espíritu de la Verdad, continuamente medita, predica, defiende y aplica a las diversas situaciones en que viven sus hijos y el mundo.
  • c) Amar a la Iglesia: Si la Iglesia nos ha engendrado para Cristo, por medio del bautismo, debemos amarla como un hijo ama a su madre: un amor que la comprende, que la apoya, que reza por ella, que se alegra de sus triunfos, que sufre con sus fracasos.
  • d) Cooperar con su misión, para que todos lleguen al pleno conocimiento de la verdad y a la salvación que Cristo nos ha traído con su vida, muerte y resurrección. Así fue al inicio: la Iglesia fue extendiendo su radio de acción gracias a los viajes de san Pablo, a la palabra y ejemplo de los primeros cristianos, y a los milagros con que los apóstoles confirmaban la doctrina de Jesús. Incluso las mismas persecuciones, como veremos, sirvieron, para bien o para mal, para dar a conocer al mundo este fenómeno del cristianismo.
  • e) Defenderla, aunque suframos martirio. Defenderla con la palabra, con los escritos, con el testimonio. Nunca, lógicamente, con las armas o con la violencia,pues se oponen a su esencia que es la caridad.
Termino esta introducción con un texto de Hermas, escritor de la primera mitad del siglo II, preocupado de los problemas de la Iglesia de su tiempo.

 Tuvo una visión con un ángel, que tomó la apariencia de un joven pastor. Y en esto llegó una anciana vestida de esplendor, con un libro en las manos, se sentó sola y saludó a Hermas.
Hermas, afligido y llorando, le dijo al ángel vestido de pastor:
- ¿Quién es esa anciana?
- La Iglesia, me dijo.
- Y, ¿cómo es tan anciana?
- Porque fue creada antes que todo lo demás. Por eso es tan anciana; el mundo fue formado para ella, dijo el ángel.

“En la primera visión la vi muy anciana y sentada en un sillón. En la siguiente, tenía un aspecto más joven, pero el cuerpo y los cabellos eran todavía viejos; me hablaba de pie; estaba más alegre que antes. En la tercera visión era muy joven y hermosa; de anciana tenía tan sólo los cabellos; estuvo muy alegre y sentada en un barranco”.

“En la primera visión –dijo el joven- esa mujer aparecía tan anciana y sentada en un sillón, porque vuestro espíritu estaba ya viejo, marchito y sin fuerzas, por vuestra molicie y vuestras dudas...En la segunda visión la viste en pie, con aire más joven y alegre que antes, pero con el cuerpo y los cabellos de anciana, pues el Señor se apiadó de vosotros; vosotros desechasteis vuestra molicie y os volvió la fuerza y os afianzasteis en la fe...En la tercera visión, la viste más joven, hermosa, alegre, de un aspecto encantador; los que hayan hecho penitencia se verán totalmente rejuvenecidos y afianzados” (7) .
De nosotros, sus hijos, depende que la Iglesia siga joven, lozana y alegre. Y con nuestra actitud de continua conversión y lucha por la santidad iremos hermoseando el rostro de esta madre, que tantos hijos han afeado consus actos a lo largo de los siglos.

Comencemos, pues, a abrir con respeto el álbum de familia, de nuestra familia eclesial desde el principio.

(1) En la constitución sobre la Iglesia, “Lumen gentium”, capítulo II.
(2) Esta iglesia popular ha intentado contraponer pueblo de Dios (laicos) y jerarquía. Esta contraposición, hábilmente manejada, lleva a identificar la Iglesia con el pueblo pobre y oprimido, y a ver en la jerarquía una sobre-estructura, frecuentemente hostil al pueblo.
(3) No tengamos miedo a esta palabra tan desacreditada en algunos ambientes. Jerarquía es una palabra griega que significa “servicio sagrado”.
(4) Humanum fuit errare, diabolicum per animositatem in errore perseverare (San Agustín, Serm 164, 14)
(5) Aquí cabe traer a colación lo sucedido a Ludovido Pastor, protestante, que mientras escribía la historia de la iglesia en todos sus avatares positivos y negativos, llegó a la conclusión de que esta institución, la Iglesia, debía tener carácter divino, porque ha podido resistir veinte siglos y ni siquiera algunos de los mismos hijos de la Iglesia, que se comportaron indignamente, han podido destruirla. De hecho, se convirtió al catolicismo exclamando: “La Iglesia católica es la verdadera Iglesia”.
(6) Así lo expresaba Juan Pablo II en México, pocos meses después de la emblemática caída del Muro de Berlín: “En esta hora de la historia, cuando asistimos a profundas transformaciones sociales y a una nueva configuración de muchas regiones del planeta, es necesario proclamar que cuando pueblos enteros se veían sometidos a la opresión de ideologías y sistemas políticos de rostro inhumano, la Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, levantó siempre su voz y actuó en defensa del hombre, de cada hombre, del hombre entero, sobre todo de los más débiles y desamparados...La defensa de la verdad sobre el hombre le ha acarreado a la Iglesia sufrimientos, persecuciones y muertes. La Iglesia ha tenido que pagar, también en tiempos recientes, un precio muy algo de persecución, cárcel y muerte. Ella lo ha aceptado en aras de su fidelidad a su misión” (7 de mayo de 1990).
(7) Hermas, El Pastor, 2, 2; 8, 1; 18, 3-4; 20; 21




Abraham, el padre en la fé



¿Quién fue Abraham?
Abraham es un personaje muy importante en nuestras historias. Estas historias que estamos contando y que sacamos de la Biblia. Abraham vivía con su esposa y sus familiares en una ciudad llamada Ur. Allí estaba cómodo y vivía muy bien.
Pero un día Dios le habló a Abraham y le dijo algo que lo sorprendió: Deja tu casa, deja tu ciudad y sal para una tierra que Yo te indicaré.

Abraham recogió todas sus cosas y se despidió de todos. Tomó a Sara, su esposa, y a un sobrino que era huérfano, llamado Lot. Abraham y Sara no tenían hijos. Se llevó también a sus sirvientes y sus ganados. Llevaban camellos para cargar el equipaje y para viajar ellos. Llevaban también corderos y ovejas. Y llevaban tiendas de campaña para acampar en los campos por donde viajarían. Partieron para un viaje que iba a durar mucho tiempo.

Abraham confiaba totalmente en Dios. El creía que si Dios le pedía eso, sería porque eso era lo mejor para él y su familia.Y confiado en Dios, partió a un sitio que ni siquiera sabía dónde quedaba, ni como se llamaba. Estaba confiando que Dios se lo iba a indicar, como le había prometido.



¿Cómo fue el viaje?

Caminaban por tierras desconocidas, tomaban agua de los pozos que conseguían y acampaban en los sitios donde había agua y donde había pasto para los ganados.Un día llegaron a la tierra de Canaán. Canaán era una tierra linda y fértil. Y allí se detuvieron porque Dios volvió a hablarle a Abraham.
¿Qué le dijo Dios a Abraham al llegar a Canaán?
Mira esta tierra. Te la voy a dar a ti y a todos tus descendientes. Y Abraham pensaba: pero si yo no tengo hijos…Y Dios seguía hablándole: Serás padre de muchísima gente, de un gran pueblo. Yo seré el Dios de ustedes, y ustedes serán mi Pueblo. Abraham pensaría: bueno, esto es raro, pero para Dios no hay nada imposible. Y así seguía confiando en Dios.

¿Qué era lo que más quería Abraham?
Ahora que Dios le había prometido que sería padre de mucha gente, Abraham y Sara querían tener un hijo. Pero pasaba el tiempo y nada que venía el hijo. Abraham y Sara eran ya muy viejos. Un día Abraham le dijo a Dios: ya soy viejo y Sara también. Cuando muera mis sirvientes serán los que heredarán mis cosas.

¿Qué le contestó Dios a Abraham?
Ven afuera a ver las estrellas. ¿Puedes contar las estrellas? Abraham se quedó callado sin poder contar las estrellas. Y Dios continuó: Te prometo que vas a tener una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo. Bueno, aunque aquello parecía imposible, Abraham seguía confiando, porque sabía que Dios estaba con él.
Dios estaba contento, muy contento con Abraham, porque confiaba en El.

¿Qué sucedió un tiempo después?
Estaba Abraham en la entrada de su tienda y Sara estaba dentro de la tienda. Y se presentaron a la tienda de Abraham tres hombres. Abraham se sorprendió de esa visita, porque en esa tierra tan despoblada, era muy raro que vinieran visitantes. Entonces Abraham los atendió muy bien. Le pidió a Sara que preparara una buena comida. Sara horneó pan y mataron un ternero para comer.

¿Qué le dijeron esos visitantes a Abraham?
¿Dónde está Sara?, dijo uno de ellos. Abraham contestó que estaba adentro en la tienda. Entonces uno de ellos le dijo esto: Antes de un año, Sara tendrá un hijo. Sara, que estaba dentro de la tienda, pero podía oír lo que decían, se río, pensando que eso era imposible ¡Es que Sara ya tenía 90 años y Abraham tenía 100 años!!! En esa época la gente vivía muchísimo más que ahora. Pero la verdad es que ya estaban viejos para tener bebés. Uno de los visitantes dijo: ¿Y por qué Sara se ríe? Sara se apenó y pretendió decir que ella no se había reído. El visitante continuó: Nada es imposible para Dios.

¿Qué pensó Abraham?
Enseguida que dijeron que para Dios no hay nada imposible, Abraham se dio cuenta que esos visitantes eran enviados de Dios. Y que lo que habían prometido se iba a cumplir.

Sara tuvo su bebé nueve meses después de esa visita misteriosa. Se cumplió lo que los visitantes habían prometido.


El libro del Génesis narra la vida de Abraham a partir del momento en que el Señor se cruzó en su camino y transformó su existencia radicalmente. Aunque el escritor sagrado no pretende ofrecer una biografía detallada, nos presenta numerosos episodios que ponen de manifiesto la profunda fe del santo patriarca, y el modo en que deja obrar a Dios en su vida.

En efecto, se le promete una tierra y una descendencia numerosa, pero Abraham deberá iniciar un camino: «Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré; de ti haré un gran pueblo, te bendeciré, y engrandeceré tu nombre que servirá de bendición»[1]. Tiempo después, Dios mismo le cambiará el nombre –«no te llamarás más Abrán, sino que tu nombre será Abraham»[2]– para indicar que le ha conferido «una personalidad nueva y una nueva misión, que quedan reflejadas en el significado del nuevo nombre: “padre de multitudes”[3]. Se manifiesta así que toda la singularidad del patriarca depende de la alianza con Dios y está al servicio de ésta.

Abraham escucha la voz de Dios y la pone por obra, sin prestar demasiada atención a lo que las circunstancias podían aconsejarle. ¿Por qué abandonar la seguridad de su patria, esperar una descendencia cuando tanto él como su mujer son de edad avanzada? Pero Abraham se fía de Dios, de su omnipotencia, de su sabiduría y bondad. El episodio de Sodoma y Gomorra[4] muestra, además de la gravedad del pecado que ofende a Dios y destruye al hombre, la familiaridad que tiene Abraham con su Señor. Dios no le oculta lo que está por hacer y acoge la oración de intercesión del santo patriarca. La respuesta de fe se apoya en la confianza, es decir, en un trato personal con Dios.

El conocimiento de las cosas, el sentir común, la experiencia, los medios humanos tienen su importancia, pero si todo se quedara ahí, “de tejas abajo”, nuestra percepción de la realidad sería falsa por ser incompleta, porque nuestro Padre Dios no se desentiende de nosotros ni su poder ha menguado. Así lo expresaba san Josemaría Escrivá de Balaguer: «En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...»[5]

Las dificultades habituales, por muy adversas que parezcan, nunca son la última palabra. Dios es fiel y cumple siempre sus promesas. Abraham actúa de acuerdo con esta lógica. El valor ejemplar de la fe de Abraham se compendia en tres rasgos fundamentales: la obediencia, la confianza y la fidelidad.

En la obediencia de la fe
Abraham manifiesta su propia fe principalmente obedeciendo a Dios. La obediencia presupone la escucha, pues es necesario, en primer lugar, “prestar oído”, es decir, conocer la voluntad de otro para darle respuesta y cumplirla. En la Sagrada Escritura obedecer no es sólo “cumplir” mecánicamente lo mandado: implica una actitud activa, que pone en juego la inteligencia delante de Dios que se revela, y que conduce a la persona a adherirse a la voluntad divina con todas las fuerzas y capacidades. «Cuando Dios le llama, Abraham parte "como se lo había dicho el Señor" (Gn 12, 4): todo su corazón se somete a la Palabra y obedece»[6].

La obediencia que proviene de la fe va mucho más allá de la simple disciplina: supone la aceptación libre y personal de la Palabra de Dios. Así ocurre también en muchos momentos de nuestra vida cuando podemos acoger esa Palabra o rechazarla, dejando que nuestras ideas prevalgan sobre lo que Él quiere. La obediencia de la fe es la respuesta a la invitación de Dios al hombre a caminar junto a Él, a vivir en amistad con Él. «Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma»[7].

Con confianza y abandono en Dios
Cuando consideramos la vida de Abraham, vemos que la fe está presente en toda su existencia, manifestándose especialmente en los momentos de oscuridad, en los que las evidencias humanas fallan. La fe implica siempre una cierta oscuridad, un vivir en el misterio, sabiendo que no se llegará nunca a alcanzar una perfecta explicación, una perfecta comprensión, pues lo contrario ya no sería fe. Como dice el autor de la carta a los Hebreos, «la fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven»[8]. La falta de evidencia de la fe es superada por la confianza del creyente en Dios; por la fe, el patriarca se pone en camino sin saber a dónde va, pero esa es sólo la primera ocasión en que deberá poner en juego esta virtud. Porque, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, se necesita confiar mucho en Dios para vivir «como extranjero y peregrino en la Tierra prometida»[9], y para afrontar el sacrificio del hijo: «Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré»[10].

La fe de Abraham se muestra en toda su grandeza cuando se dispone a renunciar a su hijo Isaac. El sacrificio del propio hijo es profecía de la entrega de Jesucristo para la salvación del mundo. Es algo tan tremendo que no precisa comentario. Pero Abraham no se rebela contra Dios, no lo cuestiona ni lo pone en duda: se fía de Él. Se pone en camino, sigue atento a escuchar la voz del Señor y, al final del viaje al monte Moria, descubre que no quiere la sangre de Isaac: «Y Dios le dijo: –No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y no me has negado a tu hijo, a tu único hijo. (…) Abrahan llamó a aquel lugar "El Señor provee", tal como se dice hoy: "en la montaña del Señor provee"»[11].

Sucesos similares suelen acaecer en la vida de los santos. Recordemos, por ejemplo, cuando san Josemaría pensó que el Señor le estaba pidiendo dejar el Opus Dei para poder realizar una nueva fundación, dirigida a los sacerdotes diocesanos. ¡Qué gran sacrificio! De hecho, después de hablar con varias personas en la Santa Sede, llegó incluso a comunicar su decisión a don Álvaro, a Tía Carmen, a Tío Santiago, a los miembros del Consejo general y a algunos más. «Pero Dios no lo quiso así, y me libró, con su mano misericordiosa –cariñosa– de Padre, del sacrificio bien grande que me disponía a hacer dejando el Opus Dei. Había enterado oficiosamente de mi decisión a la Santa Sede (...), pero vi después con claridad que sobraba esa fundación nueva, esa nueva asociación, puesto que los sacerdotes diocesanos cabían perfectamente dentro de la Obra»[12]. Como Abraham había sido liberado, san Josemaría lo fue, pues el Señor le hizo entender que los sacerdotes diocesanos podían formar parte del Opus Dei y ser admitidos como socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin que esto afectase a su situación en la diócesis; más aún, fortaleciéndose así su unión con el resto del clero y con su Obispo.

Fe que es fidelidad
La fe de Abraham se manifiesta también como fidelidad: ante los diversos acontecimientos persevera en su decisión de seguir la voluntad de Dios. La fe se apoya en la palabra de Dios, y por eso da pie a decisiones tomadas en profundidad, que no están sometidas a posteriores “revisiones” o “re-pensamientos”. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, porque fiel es el que hizo la promesa»[13]. En nuestra vida, siempre habrá momentos que nos servirán –con la gracia de Dios– para fortalecer y consolidar nuestra fe. Abraham fue sometido a una prueba tremenda: se vio en la tesitura de tener que sacrificar a quien era fruto de la promesa que se le había hecho. El santo patriarca no sólo tuvo que afrontar circunstancias difíciles, sino que esperó contra toda esperanza[14], porque las circunstancias invitaban a “juzgar” la voluntad divina, a dudar de Dios mismo y de su fidelidad. En esto radica la tentación que se presentó a Abraham.

También nosotros nos podemos encontrar, a veces, con situaciones donde intuimos que el Señor espera algo que quizá nos contraría: un paso adelante en la vida cristiana, la renuncia a un modo de hacer o incluso a una manera de ser, a lo mejor profundamente arraigada pero que quizá no favorece la fecundidad del apostolado. Puede surgir el impulso de silenciar esa inquietud, identificando lo que a uno le gustaría con lo que debería ser la voluntad divina: «La tentación de dejar a Dios a un lado para ponernos a nosotros mismos en el centro está siempre a la puerta»[15].

Abraham no obra así: marcha hacia el monte Moria, con un gran conflicto interior, pero convencido de que antes o después «Dios proveerá»[16]. Y Dios, que está empeñado en hacerse entender, al final provee. Para que se haga la luz, Abraham ha debido recorrer el camino completo, ha tenido que ponerse en marcha y llegar hasta el final. También nosotros, si buscamos secundar en todo momento la voluntad divina, descubriremos que, a pesar de nuestras limitaciones, Dios da eficacia a nuestra vida. Sabremos y sentiremos que Dios nos ama, y no tendremos miedo de amarle: «la fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor»[17].

Javier Yániz

[1]Gn 12, 1-2.
[2]Gn17, 5.
[3]Biblia de Navarra(tomo I, 1997), comentario a Gn 17, 5.
[4] Cfr. Gn 18-19.
[5]San Josemaría, Camino, n. 471.
[6]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2570.
[7]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144.
[8]Hb 11, 1.
[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 145.
[10]Gn22, 2.
[11]Gn 22, 12-14.
[12]San Josemaría, Carta 24-XII-1951, n. 3, en A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. 3, Rialp, Madrid 2003, p. 171.
[13]Hb 10, 23.
[14] Cfr. Rm 4, 18.
[15] Francisco, Audiencia general, 10-IV-2013.
[16]Gn22, 8.
[17] Francisco, Audiencia general, 3-IV-2013.



ASPECTOS EN LA VIDA DE ABRAHAM


Dios llamó a Abraham (entonces Abram) hacia el año 2000 a.C. en la antigua Mesopotamia. Este entorno se caracterizaba por el politeísmo dominante, la influencia de los grandes imperios de la región y el desarrollo de ciudades-estado muy avanzadas en los campos de la astronomía, las matemáticas y el comercio.
  • El punto de partida: Ur de los caldeos
  • Abraham nació y vivió sus primeros años en Ur (ubicada en el actual sur de Irak), una ciudad sumeria muy próspera y avanzada para la época. La religión allí era politeísta; la ciudad estaba consagrada al dios de la luna, Nanna.
  •  El panorama político y religioso
  • En aquella época, las civilizaciones dependían de las grandes cuencas de los ríos Tigris y Éufrates (Mesopotamia) o del Nilo (Egipto). La política estaba dominada por reyes-sacerdotes y el poderío militar. La vida fuera de las grandes murallas urbanas era nómada y a menudo peligrosa.
  • El significado del llamado divino
  • El mandato de salir de su tierra y de su parentela hacia una región desconocida (Canaán) representó un contraste radical. En el mundo antiguo, el lugar de origen, la familia y los dioses locales eran los que daban seguridad e identidad a las personas. El llamado de Dios requería una fe absoluta, abandonando la comodidad urbana y politeísta para establecer un pueblo monoteísta, apartado y guiado por una promesa de bendición global.
  •  Rutas migratorias
  • Antes de llegar a Canaán, Abraham y su familia se establecieron temporalmente en Harán (en el norte de la actual Siria), un importante centro comercial y religioso, antes de emprender su viaje final a la tierra prometida.

Abraham es considerado el padre de la fe porque obedeció el llamado de Dios para dejar su tierra natal y dirigirse a lo desconocido. Su confianza inquebrantable, incluso al estar dispuesto a ofrecer a su hijo Isaac, cimentó su legado como modelo espiritual en el judaísmo, el cristianismo y el islam.Su figura representa un pilar fundamental en las religiones monoteístas gracias a características espirituales muy marcadas:
  • Obediencia ciega: Dejó su comodidad en Ur y Harán confiando plenamente en una promesa divina sin saber a dónde iba.
  • El pacto y la descendencia: Dios le prometió convertirlo en padre de multitudes, cambiándole el nombre de Abram a Abraham. Su descendencia se considera tan numerosa como las estrellas.
  • La prueba suprema: Demostró su fidelidad absoluta al estar dispuesto a sacrificar a Isaac en el monte Moria, demostrando que su amor a Dios superaba cualquier otra cosa.
  • Padre espiritual: Según el ejemplo de fe de Abraham en el Opus Dei, su vida refleja cómo la fe se sostiene en la esperanza y en la palabra de Dios.

El Pacto Abrahámico se fundamenta en tres promesas principales que Dios le hizo a Abraham, las cuales abarcan su descendencia, la tierra prometida y una bendición universal.
  • Una gran descendencia (Simiente): Dios prometió convertir a Abraham en padre de una gran nación, con una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y el polvo de la tierra.
  • La Tierra Prometida: Dios le prometió darle a Abraham y a sus descendientes la tierra de Canaán como posesión perpetua para que pudieran habitar en ella.
  • La Bendición Universal: Dios prometió que, a través de la descendencia de Abraham, todas las familias y naciones de la tierra serían bendecidas.
A continuación, se detallan los pasajes bíblicos exactos donde se mencionan estas promesas:
  • Promesa de la tierra: Génesis 12:1, Génesis 13:14-17, y reafirmada con el pacto en Génesis 15:18.
  • Promesa de la descendencia: Génesis 15:4-5 y Génesis 22:17.
  • Promesa de bendición universal: Génesis 12:2-3 y Génesis 22:18.

Las 6 partes de la promesa:
  • Dios haría de él una nación grande: sus descendientes serían numerosos.
  • Abram contaría en todo momento con la bendición de Dios.
  • Abram sería famoso, su nombre sería conocido por todas partes.
  • Él no solo recibiría bendición, sino que también sería de bendición a otros.
  • Dios bendeciría a los que bendijeran a Abram y maldeciría a los que lo maldijeran.
  • Por medio de Abram, todas las familias de la tierra recibirían bendición.

El encuentro de Abraham con Melquisedec

Es un episodio bíblico crucial donde el patriarca, tras rescatar a su sobrino Lot, es bendecido por este misterioso rey y sacerdote. Este personaje, cuyo nombre significa "Rey de Justicia" y quien gobernaba Salem, es celebrado por Abraham al ofrendarle el diezmo de todos sus bienes.

Este suceso, narrado principalmente en el capítulo 14 del libro de Génesis, resalta por varios elementos clave:
  • El contexto de la victoria: Abraham regresaba de derrotar a una coalición de reyes en el valle de Save cuando se encontró con el rey de Sodoma y con Melquisedec.
  • La figura de Melquisedec: Era el "rey de Salem" (la antigua Jerusalén) y "sacerdote del Dios Altísimo". Su figura representa una intercesión anterior y paralela al posterior sacerdocio levítico, siendo considerado en la teología cristiana un precursor o tipo de Cristo.
  • El pan y el vino: Melquisedec salió a su encuentro y le ofreció pan y vino, un acto de comunión que históricamente ha sido asociado con la bendición y prefiguración de la eucaristía.
  • La bendición y el diezmo: Lo bendijo reconociendo al Dios creador de los cielos y de la tierra. En reconocimiento a su autoridad espiritual superior, Abraham le entregó el diezmo (la décima parte) del botín de guerra obtenido.

La historia de Abraham se relaciona con el Nuevo Testamento al establecer las bases de la fe cristiana, sirviendo como modelo de justificación por gracia.
El Nuevo Testamento presenta a Abraham no solo como el padre biológico de Israel, sino como el padre espiritual de todos los creyentes. Las conexiones principales se organizan en los siguientes puntos clave:
  • Genealogía de Jesucristo: El Nuevo Testamento conecta directamente a Abraham con Jesús. El Evangelio según Mateo inicia su relato estableciendo que Jesús es el "Hijo de David, hijo de Abraham", validando a Jesús como el cumplimiento de las promesas mesiánicas.
  • La Justificación por la Fe: En Romanos y Gálatas, el apóstol Pablo utiliza a Abraham como el ejemplo supremo de cómo el ser humano es justificado ante Dios por su fe y no por cumplir la ley. La fe de Abraham al creer en la promesa de Dios se le acreditó como justicia.
  • La Promesa de Bendición para Todas las Naciones: La promesa inicial a Abraham en el Génesis de que "en ti serán benditas todas las familias de la tierra" es vista en el Nuevo Testamento como la profecía de la salvación universal a través de Jesucristo, derribando barreras entre judíos y gentiles.
  • Cristo como la "Simiente" Prometida: En Gálatas, Pablo explica que la descendencia prometida a Abraham se cumple en la persona de Cristo, y que todos los que aceptan a Jesús pasan a ser linaje de Abraham y herederos espirituales.
  • Visión Celestial y Esperanza Eterna: El libro de Hebreos destaca que Abraham no solo buscaba una tierra terrenal, sino que miraba hacia adelante esperando una ciudad celestial cuyo arquitecto es Dios, mostrando una fe que anticipa el reino eterno

La mortificación cristiana

"Tras los pasos del Señor": cuatro artículos sobre el sentido de la mortificación cristiana.
El Opus Dei y la mortificación corporal.
La Pasión y Muerte en la Cruz (tema 10 de "Resúmenes de fe cristiana")
La penitencia (tema 22 de "Resúmenes de fe cristiana")
La penitencia II (tema 23 de "Resúmenes de fe cristiana")
¿Qué actitud mostró Jesús ante las practicas penitenciales?
"El cilicio y los ángeles", capítulo del libro "Opus Dei. Una investigación" de Vittorio Messori.


En el cristianismo la mortificación no busca el dolor por el dolor. La mortificación del cuerpo responde fundamentalmente a dos motivaciones: el autocontrol o dominio de sí mismo y el embellecimiento de la persona
La belleza de los santos y la mortificación cristiana En el cristianismo la mortificación no busca el dolor por el dolor. La mortificación del cuerpo responde fundamentalmente a dos motivaciones: el autocontrol o dominio de sí mismo y el embellecimiento de la persona

Dos premisas para entender la mortificación cristiana
Para abordar este tema, en el marco más o menos polémico en que se presenta hoy día, debemos partir de dos premisas. La primera, de importancia esencial, es tener en cuenta que el cuerpo desempeña un papel central e insustituible para la vida de fe. El cristianismo no es una religión, filosofía o visión del mundo espiritualista. Es decir, el cuerpo representa un rol fundamental. Sin el cuerpo no hay cristiano, es más: no hay cristianismo. A la vez, el cuerpo en el conjunto de la persona tiene sus reglas, su autonomía y sus límites, con los que hay que contar.

La segunda premisa es más circunstancial. Sabemos que una imagen vale más que muchas palabras. Si tenemos en nuestra retina la flagelación en cualquier persona, no entenderemos nada. Eso no es mortificación corporal sino masoquismo. La mortificación tiene un motivo más allá de sí misma, y además un motivo bueno, de lo contrario no es mortificación cristiana.

En el cristianismo la mortificación no busca el dolor por el dolor. En este sentido, para entender la mortificación del cuerpo hay que ponerla junto a la imagen de un santo: cuadra con la sonrisa de Juan Pablo II o con la paz de Teresa de Calcuta en medio de los más pobres entre los pobres.

Valoradas ambas premisas, si entramos en el fondo del asunto, encontramos que la mortificación del cuerpo responde fundamentalmente a dos motivaciones: el autocontrol o dominio de sí mismo y el embellecimiento de la persona.

1. El cuerpo manifiesta a la persona y es el cauce para expresar sus sentimientos, su libertad y su amor.
La persona es su cuerpo, pero no solo su cuerpo. El mundo interior de cada persona no está hecho de tejidos y líquidos, sino de pensamientos, amores y sentimientos. Por eso ya decían los griegos que el hombre es en cierto modo todas las cosas, un microcosmos, un mundo.

En la persona humana existe el nivel biológico, pero también el psicológico y el espiritual. Aunque la persona es una unidad, observamos en nuestra vida la existencia de fuerzas o tensiones diversas que nos conducen a distintos objetivos y que es preciso controlar e integrar en la unidad personal. Por ejemplo, me apetece fumar (el cuerpo me lo pide) pero sé (aquí aparece la inteligencia) que no me conviene o que está prohibido y me pueden multar, por lo que decido fumar o no e impongo esta decisión a mi actuar (esto sería la voluntad).

Para controlar y dirigir todas las fuerzas o tensiones que aparecen en mi vida, para que se integren en torno a mi identidad personal de manera armoniosa, es preciso educar la inteligencia y fortalecer la voluntad. Aquí la mortificación se demuestra necesaria.

Conseguir el auto-dominio o señorío sobre mi cuerpo precisa de la mortificación, que puede describirse como negación voluntaria de una apetencia (me apetece fumar pero no fumo), o afirmación voluntaria de algo que no me apetece (no me apetece comer esto porque no me gusta, pero es lo que hay y me lo como; no me apetece ponerme a estudiar o trabajar, pero me pongo; no me apetece levantarme, pero me levanto).

La mortificación del cuerpo es un acto libre forjado por una decisión de la voluntad, informada por la inteligencia (que proporciona el motivo de esa decisión), que contraría las apetencias o gustos del cuerpo en un acto determinado.

Ahora bien, ¿por qué necesito controlar mi cuerpo?, o mejor ¿para qué busco controlar mi cuerpo? Los motivos pueden ser muy variados, como por ejemplo la educación o cortesía humana. Así, debo mortificar mi cuerpo para no llevar a cabo actitudes que disturben la paz y la convivencia próxima.

Entre las muchas razones que llevan a mortificar o sujetar -si se quiere, reprimir- el cuerpo, pienso que la fundamental es la petición al cuerpo de un servicio a la persona por encima de sus posibilidades iniciales u ordinarias.
Me explico con algunos ejemplos. 
En el mundo en que vivimos, sobre todo en las sociedades avanzadas, solemos mortificar el cuerpo principalmente en relación con el trabajo profesional. Soportando frío o calor (especialmente las personas que trabajan a la intemperie); superando el cansancio y el sueño (casi universalmente cada mañana al levantarse -¿a quién no le pide el cuerpo quedarse un buen rato más en la cama, todos o casi todos los días?-; en los trabajos de atención directa al público no me puedo permitir poner mala cara y omitir la sonrisa, aunque realmente el cuerpo pida enfadarse o simplemente pasar de alguien o algo), ¡cuántos proyectos nos llevan más allá de nuestras fuerzas y exigen mortificar el cuerpo!, en períodos determinados o para determinados trabajos siempre.

Por supuesto, también debo mortificar mi cuerpo para cumplir otros deberes, especialmente con la familia o con los amigos. Prácticamente cada día debo mortificar mi cuerpo y sus apetencias, a favor de los requerimientos de otros: el padre y la madre entre ellos y respecto a sus hijos pequeños; los novios; los amigos; los vecinos. No estamos solos en el mundo, la relación con los demás lleva muchas veces a poner sus cosas antes que las nuestras y, por tanto, mortificar los gustos propios. En caso contrario, en poco tiempo llegaremos a encontrarnos realmente solos.

Hoy quizá la mortificación corporal más severa se exige a los deportistas. Deben vivir rozando y superando el límite de las posibilidades del cuerpo humano. Para ello necesitan mortificar el cuerpo hasta la extenuación en su vida diaria de entrenamiento; además deben seguir una dieta rigurosa, sin permitirse excesos ni caprichos; un horario estable y regular que limite la diversión. Es algo voluntario, pero que exige mucha mortificación: piénsese en las discusiones y críticas -a veces con fundamento- sobre si un deportista está gordo o no, o si los futbolistas deben salir por la noche o no. Aunque el caso de los futbolistas es un poco especial. Si pensamos en ciclistas, tenistas, nadadores, atletas, montañistas o gimnastas no nos quedará duda de la dureza de su vida: del entrenamiento y de la competición.

Con los deportistas profesionales, a veces justificamos todo ese esfuerzo en que ellos son los mejores o representan la excelencia de la humanidad. En este sentido estos personajes de élite son unos elegidos para la gloria y por tanto se les puede pedir e incluso exigir todo ese sometimiento o mortificación del cuerpo, mientras los demás contemplamos esas maravillas desde nuestro sillón de la tele. Pero según el cristianismo todos hemos sido elegidos para la gloria, por tanto cada persona singular es tratada por Dios como su mejor hijo, como si fuera el único.

Conectamos así con el tema que nos ocupa. La mortificación corporal cristiana se puede encuadrar dentro de este sentido de ejercicio o entrenamiento para controlar el cuerpo, con idea de disponerlo al servicio de Dios y de los demás. En la sociedad en que vivimos, tiene sentido mortificar el cuerpo para controlar sus fuerzas e integrarlas hacia la ejecución de un proyecto laboral, la realización de tareas o deberes en relación con los demás, el logro de unas metas deportivas, etc. Sin embargo, a algunos les puede extrañar la mortificación del cuerpo para conseguir un objetivo espiritual, religioso. La renuncia a un gusto sensible o material, para apreciar con mayor soltura un valor espiritual. Es curioso, aunque explicable por el materialismo práctico de nuestra cultura.

La vida cristiana enseña que el ideal de amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a uno mismo, no sale solo y necesita de la implicación personal, de la lucha y el esfuerzo. Ahí aparece la necesidad de la mortificación del cuerpo, para involucrarle por completo en la íntima unidad de la persona y así pueda dar lo mejor de sí mismo.

No sólo porque existen tendencias desordenadas que conducen la persona a su propia ruina, y que es preciso controlar. El deseo de satisfacción y de goce, desordenado por el pecado, lleva a cosas que, si las hiciéramos, nos apartarían de la paz interior y de la comunión con Dios. Por ejemplo, el apetito desordenado por la comida o la bebida, la envidia, la crítica o intolerancia con alguna persona (familiar, amigo, vecino o compañero), la pereza ante los propios deberes, etc. Sino también porque la excelencia del ideal cristiano (amar con todas las fuerzas y todas las obras), conlleva la práctica intensa de la virtud (la caridad y todas las demás), lo cual no es posible sin imponerse cosas, por así decir, desagradables, que nos restan comodidad y reposo para obligarnos al compromiso y al trabajo por los demás. Para poder avanzar en la vida cristiana, hay que mortificarse. Como sucede en muchos aspectos de la vida humana (el deporte, el trabajo o la carrera profesional, la estética personal, etc.). Cambia la motivación: el amor a Dios y a las demás personas.

2. Una belleza que huye de la uniformidad y la uniformación
Pero pasemos al segundo punto. Me parece que el otro motivo fundamental de la mortificación corporal es el adorno del cuerpo, o si queremos el cuerpo como adorno. Con dos precisiones. Hablamos de adorno no en el sentido de algo bonito pero superfluo, sino como algo esencial o trascendental, es decir, como belleza. Por otro lado, subrayamos que la belleza del cuerpo expresa y es parte de la belleza de la persona. De ahí que siempre sea una belleza individual y singular, propia de cada persona, que huye de la uniformidad y la uniformación de criterios generales.

Pues bien, para conseguir la belleza del cuerpo o en el cuerpo también se precisa la mortificación corporal. Sin duda el cuerpo danone se consigue tomando muchos yogures, pero a la vez dejando de tomar muchas otras cosas
que reclaman la atención y el gusto, pero a las que es preciso responder con un exigente “no".

En ocasiones, la belleza estética requiere una mortificación corporal más específica. Aquí entra el campo de las operaciones quirúrgicas, sin duda violentas e invasivas pero de aceptables resultados en algunas ocasiones, estilo liposucción, estiramientos faciales, nariz, etc. De nuevo tenemos una mortificación del cuerpo, pero por un motivo que trasciende y supera el sacrificio: la belleza del cuerpo.

En este ámbito entra también todo el tema de las exigencias de la moda, respecto a la incomodidad (determinados tacones no son lo mejor ni para el pie ni para el caminante, pero la belleza justifica esa mortificación), al frío o al calor; o de la costumbre (no se puede olvidar el llanto de una niña pequeña al abrirle un agujerito en las orejas). En este contexto, quizá un punto especial merece el adorno del cuerpo mediante el piercing, el tatuaje, etc.

Para el cristiano el adorno del cuerpo, el cuerpo como adorno y manifestación de la persona es fundamental. Ese adorno se manifiesta en la sonrisa, en el esfuerzo a veces heroico por el otro (entre los esposos o entre amigos; el padre o la madre por sus hijos), en el compartir la pobreza con el pobre y la enfermedad con el enfermo, etc. Como se ve es un adorno de la persona, manifestado de modos visibles (lo que siempre se han llamado obras de misericordia corporales. Pero como se trata de un cuerpo animado por el espíritu, por el alma, en la unidad de la persona el adorno también es espiritual: el adorno del cuerpo pobre o enfermo es el amor solidario de ese cuerpo, de esa persona.

Principalmente en este sentido de adorno y belleza espiritual del cuerpo, se ha entendido la mortificación corporal del cristiano. Y también directamente relacionada con la Pasión de Jesucristo. Se trata de adornar el cuerpo en correspondencia a Jesucristo Crucificado. El empleo tradicional en la Iglesia de prácticas de penitencia corporal como el cilicio o -en el caso que nos ocupa- las disciplinas, va unido a ese adornar el cuerpo espiritualmente con los sufrimientos y las llagas de Cristo, compartiendo en nuestro cuerpo los dolores de Jesús.

Para comprender esto es preciso intentar entender el sacrificio de Cristo. Sólo así puede haber tolerancia y respeto hacia el cristiano. Probablemente para nuestra sociedad, este es el aspecto de la mortificación corporal que más nos cuesta comprender. Quizá porque la disciplina o el cilicio se ve como castigo al cuerpo.

Cristo sufre una violencia brutal por parte de los soldados y del pueblo. El prendimiento, los insultos, la flagelación, la corona de espinas, el camino de la cruz y la crucifixión. Pero esta descripción no explica casi nada de la realidad profunda que ahí está sucediendo.

La realidad que acontece es que Cristo transforma la violencia brutal de la humanidad a lo largo de la Historia en el amor total de Dios y de los hombres. Cristo no sufre sin más la violencia de un condenado a muerte, sino que Él que es dueño de su vida, la ofrece, y la ofrece por amor a la humanidad, a los pecadores, a los marginados, a los pobres. Por eso el Crucificado adorna: expresa a través de su cuerpo mortificado la corona del amor desinteresado y total por Dios y por los demás.

Cristo sufre porque quiere, y quiere porque con su sufrimiento se une a cada persona que sufre, la acompaña, la sostiene, le da esperanza. No se puede pedir al cristiano que renuncie a la cruz (“la señal del cristiano es la santa cruz"), ni que renuncie al crucifijo.

El sufrimiento del cristiano, y dentro de él, la mortificación corporal, es la manifestación de una realidad más profunda: su solidaridad y cercanía con el sufrimiento de todos los hombres y de cada hombre a lo largo de la Historia y de su vida. No es un castigo al cuerpo, como si éste fuera malo o despreciable, sino todo lo contrario. Es un adorno del cuerpo que hace más bella a la persona, ya que expresa en su carne el amor solidario y la unión con Cristo y con la humanidad sufriente, necesitada, marginada, olvidada.

No es obligatorio tener un cuerpo danone, ni ir a la moda aunque sea incómoda, ni llevar un piercing o hacerse tatuar, como tampoco es obligatorio utilizar la mortificación corporal del cilicio o las disciplinas.

Tampoco esos son los únicos medios para adornar el cuerpo. Pero sí que son unos medios, utilizados por muchos hoy como ayer, que han probado su eficacia para llegar a una particular belleza. Ahí tenemos sobre todo el ejemplo de Cristo y de tantos mártires. Y también el ejemplo de la vida y obra de tantos santos. No es fácil dedicar la vida a Dios y a los demás, antes y por encima de lo que puede apetecer al propio yo: cuidar y vivir entre los más pobres entre los pobres, no sólo un día, sino un día y otro, la vida entera; etc.

¿Por qué estigmatizar a nadie o juzgar a priori, con un cierto grado de intolerancia? Mejor tratemos de comprender las razones que puede tener cada uno para vivir y actuar a su manera. Entre todos, cada uno procurando ser mejor personalmente, haremos una civilización y un mundo mejor. Pablo Marti del Moral es Doctor en Teología por la Pontificia Università della Santa Croce.
¿En qué consiste la mortificación cristiana?
Los cristianos no encuentran en el dolor un placer especial. El masoquismo es contrario a la doctrina de Jesús. Entonces, ¿qué sentido tiene la mortificación cristiana?

La Iglesia Católica siempre ha sostenido que el sacrificio tiene que estar presente en la vida del cristiano, como lo estuvo en la vida de Cristo. El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (Cfr. 2 Tm 4).

La mortificación más habitual a la que se enfrentan los cristianos son las contrariedades de cada día: escuchar con paciencia a los hijos, terminar bien un trabajo cuando se está cansado, procurar no distraerse en Misa, no gastar dinero en provecho propio y darlo como limosna a los necesitados, etcétera. Esa es la principal mortificación en la Iglesia, y también en el Opus Dei.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, “la moral exige el respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un valor absoluto. Se opone a una concepción neopagana que tiende a promover el culto del cuerpo, a sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo”. (CEC, 2289)

Con el ejemplo de Cristo que soportó la cruz y las heridas, la Iglesia recomienda algunos sacrificios corporales, como el ayuno por ejemplo, siempre que no dañen la salud. Las penitencias excesivas han sido siempre rechazadas por la Iglesia, pues el cuerpo es uno de los mayores regalos que hemos recibido de Dios.

Con el ejemplo de Cristo que soportó la cruz y las heridas, la Iglesia recomienda algunos sacrificios corporales, como el ayuno por ejemplo, siempre que no dañen la salud
Al fin y al cabo, se puede hacer por el alma el mismo esfuerzo que se hace por tener un buen físico. Es malo, en cambio, machacar el cuerpo en exceso.

Con todo, algunos santos destacados, como san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, santo Tomás Moro, san Francisco de Sales, el cura de Ars o santa Teresa de Lisieux, utilizaban cilicios o disciplinas para generarse alguna molestia, sin lesionar su salud. La Iglesia ha aprobado estas prácticas y muchas instituciones las siguen actualmente.

El sentido de la mortificación cristiana: orar en cuerpo y alma

La “santidad en la vida ordinaria” que predica el Opus Dei, hace que los sacrificios más importantes sean los propios de la vida ordinaria: sonreír cuando se está cansado, acompañar a una persona en un trayecto, no retrasar un trabajo aunque aparezca la desgana...

La “santidad en la vida ordinaria” que predica el Opus Dei, hace que los sacrificios más importantes sean los propios de la vida ordinaria La New Catholic Encyclopedia (2003) define así el término ‘Mortificación’: “Freno deliberado a los impulsos naturales con el fin de ayudar a la persona a alcanzar la santidad, obedeciendo a la razón iluminada por la fe”.

El Catecismo de la Iglesia señala: “El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios”. (CEC, 2100)

“Ningún cristiano puede crecer en santidad, ni el cristianismo en vigor, sino por la penitencia" (San Juan XXIII)
El Papa San Juan XXIII, que dedicó una encíclica a la penitencia, decía: “Ningún cristiano puede crecer en santidad, ni el cristianismo en vigor, sino por la penitencia. Por eso en nuestra Constitución Apostólica que proclamó la convocatoria del Concilio Vaticano II, urgimos a los fieles a prepararse espiritualmente para este acontecimiento por medio de la oración y otras prácticas cristianas, y señalamos que no pasaran por alto para ello la práctica de la mortificación voluntaria”. Encíclica ‘Paenitentiam Agere’ (De la necesidad de la penitencia interior y exterior), 1 de julio de 1962.

Isaac, el hijo de la promesa


Isaac aparece por primera vez en la Torá, en la que es el hijo de Abraham y Sara, el padre de Jacob y Esaú y el abuelo de las doce tribus de Israel. Su nombre significa «hará reír» y se debe a la hilaridad que causó a su madre el anuncio de un viajero al que había hospedado de que daría luz a un hijo, pues «dada su edad, no podía creer estar embarazada». Según el relato bíblico, Sara contaba con noventa años y Abraham con cien años en ese momento. Es el único patriarca cuyo nombre no fue cambiado y el único que no se mudó de Canaán. Según la narración, murió a los 180 años, siendo el más longevo de los tres patriarcas.

Isaac fue el segundo patriarca del pueblo de Israel, hijo de Abraham y Sara, y el único nacido de la promesa divina.
Es una figura fundamental en la historia de la salvación, célebre por su milagroso nacimiento y por ser el eslabón entre Abraham y su hijo Jacob.
En la tradición católica, la historia de Isaac destaca por tres aspectos clave:
El sacrificio en el Monte Moria: Abraham fue puesto a prueba por Dios y llevó a Isaac al monte para sacrificarlo. Isaac cargó la leña para el sacrificio y, en un acto de total obediencia, se dejó atar. En el último momento, Dios detuvo a Abraham y proveyó un carnero en su lugar.
Prefiguración de Jesucristo: Para la exégesis católica, Isaac es un tipo o figura de Cristo. Al igual que Jesús, fue el hijo único y amado, cargó con la madera (el madero/cruz) de su propio sacrificio y se sometió voluntariamente a la voluntad de su Padre
La descendencia: Se casó con Rebeca y, tras años de oración por la esterilidad de su esposa, tuvieron a los mellizos Esaú y Jacob. Dios eligió a Jacob (quien más tarde fue llamado Israel) para continuar el linaje sagrado y heredar la promesa.
Isaac era el segundo hijo de Abraham y el primogénito de Sara, que entonces se llamaba Sarai. Sarai había sido estéril durante mucho tiempo y buscaba una forma de cumplir la promesa de Dios de que Abram sería padre de muchas naciones, especialmente porque ya eran mayores, por lo que le ofreció a Abram a Agar para que fuera su concubina.
Al octavo día desde su nacimiento, Isaac fue circuncidado, como era necesario para todos los varones de la casa de Abraham, a fin de cumplir con el pacto judío.

Después de que Isaac fuera destetado, Sara vio a Ismael jugando con él o burlándose de él (el término hebreo es ambiguo), e instó a su marido a expulsar a la sierva Agar y a su hijo, para que Isaac fuera el único heredero de Abraham. Abraham dudaba, pero por orden de Dios escuchó la petición de su esposa.

Sacrificio
Uno de los episodios más controvertidos teológicamente del texto bíblico concierne también a Isaac cuando joven; relata que Yahveh, para probar a Abraham, le solicitó que sacrificara a su hijo en el Monte Moriá. Aunque destrozado por la pena, Abraham accedió al mandato, pero un ángel lo detuvo en el último momento, y le ordenó que sacrificara un cordero en su lugar. Este sacrificio ritual fue el origen de las prácticas sacrificiales llevadas a cabo en el Templo de Jerusalén durante la época del reino de Israel.

Sarai y Abram, que eran medio hermanos por parte de padre, por indicación divina, cambiarán sus respectivos nombres a Sara (princesa) y Abraham cuando Yahveh les concede el ruego de poder ser padres pese a que ya eran ancianos.

Matrimonio y descendencia
Isaac contrajo matrimonio alrededor de los cuarenta años de edad, cuando su padre Abraham envió a Eliezer a buscarle una esposa; Rebeca hija de Betuel arameo de Padan-aram, hermana de Labán arameo, fue la elegida.. Y oró Isaac a Dios por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Dios, y concibió Rebeca su mujer. Rebeca tuvo, a los sesenta años, dos hijos mellizos: Esaú y Jacob. La preferencia de Isaac por Esaú el primogénito, dio lugar al episodio del engaño de Jacob. En Génesis 27 se dice que tras haber comprado de Esaú la primogenitura por un plato de lentejas (Génesis 25:27-34) un día que este llegó hambriento a casa, Rebeca obligó a Jacob a disfrazarse con una piel de cordero para simular que era su velludo hermano y obtener la bendición paterna de Isaac.

Tras un periodo de carencias, Isaac emigró hacia Gerar, donde firmó un tratado de paz con el rey filisteo Abimelec; luego se afincó y vivió en Beerseba, en donde renovó la alianza con Yahvé.
Las narraciones sobre Isaac no mencionan que tuviera concubinas.

Migración
Isaac se mudó a Beer-lahai-roi después de la muerte de su padre. Cuando la tierra sufrió una hambruna, se fue a la tierra filistea de Gerar, donde su padre había vivido. Esta tierra seguía bajo el control del rey Abimelec, como en los días de Abraham. Al igual que su padre, Isaac también fingió que Rebeca era su hermana por temor a que Abimelec lo matara para quedarse con ella. Había vuelto a todos los pozos que su padre había cavado y vio que estaban tapados con tierra. Los filisteos lo habían hecho después de la muerte de Abraham. Así que Isaac los desenterró y comenzó a cavar más pozos hasta llegar a Beersheba, donde hizo un pacto con Abimelec, tal como lo había hecho su padre en su día

Derecho de primogenitura
Isaac envejeció y se quedó ciego. Llamó a su hijo Esaú y le pidió que le trajera carne de caza para recibir su bendición. Mientras Esaú estaba cazando, Jacob, siguiendo el consejo de su madre, engañó a su padre ciego haciéndose pasar por Esaú y obtuvo así la bendición de su padre, de modo que Jacob se convirtió en el heredero principal de Isaac y Esaú quedó en una posición inferior. Según Génesis 25:29-34, Esaú había vendido previamente su primogenitura a Jacob a cambio de «pan y potaje de lentejas». A partir de entonces, Isaac envió a Jacob a Mesopotamia para que tomara esposa de la casa del hermano de su madre. Después de 20 años trabajando para su tío Labán, Jacob regresó a casa. Se reconcilió con su hermano gemelo Esaú, y luego él y Esaú enterraron a su padre, Isaac, en Hebrón después de que este muriera a la edad de 180 años.

Lugar de enterramiento
Según la tradición local, las tumbas de Isaac y Rebeca, junto con las tumbas de Abraham, Sara, Jacob, Lea, se encuentran en la Cueva de los Patriarcas. Los gentiles han erigido seis sepulcros en este lugar, que pretenden que sean los de Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob y Lea.

Isaac en la Iglesia  
La Iglesia cristiana primitiva continuó y desarrolló el tema del Nuevo Testamento de Isaac como un tipo de Cristo y la Iglesia, siendo ambos «el hijo de la promesa» y el «padre de los fieles». Tertuliano establece un paralelismo entre Isaac llevando la leña para el fuego del sacrificio y Cristo cargando con su cruz. y existía un consenso general en que, si bien todos los sacrificios de la Antigua Ley eran anticipaciones de lo que sucedería en el Calvario, el sacrificio de Isaac fue «de manera preeminente».

La Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica consideran a Isaac un santo junto con otros patriarcas bíblicos. Junto con los de otros patriarcas y los justos del Antiguo Testamento, su festividad se celebra en la Iglesia ortodoxa oriental y en el rito bizantino de la Iglesia católica el segundo domingo antes de Navidad (del 11 al 17 de diciembre), bajo el título de «Domingo de los Antepasados».

Isaac es conmemorado en la Iglesia católica el 25 de marzo o el 17 de diciembre.

El SEÑOR se le apareció a Isaac y le dijo: «No desciendas a Egipto, sino haz lo que yo te digo. Vive aquí como extranjero en esta tierra, y yo estaré contigo y te bendeciré. Yo, con estas palabras, confirmo que te daré todas estas tierras a ti y a tu descendencia, tal como le prometí solemnemente a Abraham, tu padre.

Otro hecho relevante fue la prosperidad de Isaac, incluso en tiempos difíciles. Durante una sequía, obedeció a Dios y permaneció en la tierra de Gerar, donde fue bendecido con abundancia. También se destacan su paciencia y su disposición a evitar los conflictos, como cuando cavó pozos y prefirió la paz al enfrentamiento con los filisteos que peleaban por ellos.

La vida de Isaac nos enseña la importancia de la obediencia a Dios, la paciencia en los tiempos difíciles y la confianza en el plan de Dios, incluso cuando parece desafiante
. También nos inspira a valorar la paz y transmitir la fe a las generaciones futuras. Su historia demuestra que Dios es fiel a sus promesas y cuida de quienes confían en él.

Acontecimientos principales de la vida de Isaac
  • Su nacimiento como cumplimiento de la promesa: Isaac nació cuando su padre, Abraham, tenía 100 años, y su madre, Sara, 90. Su nacimiento fue el resultado de una promesa de Dios.
  • Dios impidió que Isaac fuera sacrificado: Dios puso a prueba la fe de Abraham pidiéndole que sacrificara a Isaac, pero proporcionó un carnero en el momento final.
  • Matrimonio con Rebeca: Isaac se casó con Rebeca, elegida por el siervo de Abraham en respuesta a la oración, mostrando la dirección de Dios en la relación.
  • Los gemelos Esaú y Jacob: Isaac y Rebeca tuvieron dos hijos, Esaú y Jacob, quienes desde que nacieron pelearon entre sí, causándole preocupación a Isaac.
  • Conflicto con los filisteos por pozos de agua: Isaac enfrentó disputas con los filisteos por pozos en la región de Gerar, pero eligió la paz y fue bendecido.
  • Isaac bendice a Jacob por error: Cuando ya estaba viejo y ciego, Isaac bendijo a Jacob, pensando que era Esaú.
  • Muerte y legado: Isaac murió a la edad de 180 años. Sus hijos lo enterraron e Isaac dejó un ejemplo de fe.