Historia de la Iglesia Siglo V - Edad Media

Autor: P. Antonio Rivero
Fuente: Catholic net


INTRODUCCIÓN
El siglo V fue un siglo de mucho avance en la explicitación y fijación del dogma cristiano. Es el siglo de los grandes Padres de la Iglesia, obispos y sacerdotes, hombres santos y bien preparados que supieron defender y explicar la fe al pueblo, centrándose sobre todo en la meditación y comentario de la Sagrada Escritura, enriquecida con la cultura antigua, a la que ellos cristianizaron. Se expresaron unos en latín y otros en griego. Supieron unir santidad personal y ortodoxia doctrinal. Estos Santos Padres son testigos eminentes de lo que hoy llamamos tradición de la Iglesia.

Entre los santos Padres de lengua griega, como ya dijimos anteriormente, sobresalieron: san Atanasio, san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Gregorio de Nisa, san Juan Crisóstomo, san Cirilio de Jerusalén y san Cirilo de Alejandría.

Entre los santos Padres de lengua latina sobresalieron: san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín, san León Magno, san Gregorio Magno.

I. SUCESOS
“Ahí vienen los bárbaros...¡cuidado!”
El siglo V está caracterizado por el incontenible avance de los bárbaros que derrumbaron al Imperio Romano y, también, por las luchas teológicas que rompieron la unidad cristiana. Alarico, godo, en 410, y Genserico, vándalo, en 456, cayeron sobre Roma. Odoacro, jefe de los hérulos, destituyó en 476 a Rómulo Augústulo, que fue el último emperador romano en occidente.

Europa quedó hecha un desastre. Estos pueblos bárbaros dieron el empujón final a un árbol que ya estaba carcomido. Estaba todo en ruinas. Los ricos, ociosos y corrompidos, se entregaban al desenfreno, el divorcio, la prostitución y las prácticas contrarias a la natalidad estaban extendidas por todas partes. El pueblo humilde soportaba impuestos excesivos, tantos que, según Salviano, algunas poblaciones suplicaban que llegaran los bárbaros para quedar liberados. La parte oriental del imperio siguió subsistiendo con el nombre de Imperio Bizantino . Estos bárbaros crearon sus reinos:
  • §Los suevos, que arribaron en el año 400, los visigodos y los alanos, tomaron España.
  • §Los vándalos, atravesaron esta península, permanecieron en el sur (en Vandalucía, hoy Andalucía) y prosiguieron hacia África.
  • §Los hérulos, llegados en el 400 también, permanecieron en Italia, que les fue arrebatada por los ostrogodos en el 493.
  • §Los burgundios y los francos se apostaron en Francia.
  • §Los sajones y los anglos invadieron Gran Bretaña y se mezclaron con sus pobladores, los bretones.
“¿Más herejías?”
Se dan las herejías porque no se acepta el misterio de Cristo en su totalidad. Cristo es un misterio: es hombre y Dios al mismo tiempo. Tiene dos naturalezas, una humana y otra divina, pero las dos unidas en la sola persona divina del Verbo. ¿Cómo puede darse esto? Es un misterio que la mente humana no puede comprender. El misterio no se debe razonar, sino aceptar con fe humilde y agradecida.

En este siglo surgieron, pues, las siguientes herejías:
a) El monofisismo decía que Cristo no tenía dos naturalezas, sino una sola en la que se habían unido la divinidad y la humanidad. Eutiques, monje bien intencionado de Constantinopla, comandó esta escuela con el deseo de combatir a Nestorio.

b) El nestorianismo enseñaba que en Cristo hay dos personas, una divina y otra humana. Nestorio, patriarca de Constantinopla, fue quien inició esta herejía. Además decía que la Virgen María no es la madre de Dios; sólo es la madre de Cristo.

c) El pelagianismo. Pelagio, monje nacido en la actual Inglaterra, enseñaba que el hombre puede evitar el pecado sin ayuda de la gracia divina. Por tanto, exaltaba la eficacia del esfuerzo humano en la práctica de la virtud. Rechazaba también los efectos del pecado original, reduciendo este pecado a un mal ejemplo dado a la humanidad por Adán y Eva. Además, y como consecuencia de lo anterior, el bautismo sólo perdonaba los pecados personales; por tanto, no era necesario bautizar a los niños.



II. RESPUESTA DE LA IGLESIA
¿Por qué no convertir a los cabecillas y líderes de estos bárbaros?
Ante los bárbaros, la Iglesia seguía su misión evangelizadora, logrando incluso la conversión de muchos de ellos . Los godos fueron los primeros convertidos al cristianismo, si bien a la herejía arriana. Más tarde los francos, convertidos al catolicismo ortodoxo, en primer lugar. Después, los borgoñones, los suevos y los visigodos.

Irlanda fue convertida al cristianismo por san Patricio (461) a quien los isleños conservan todavía una profunda veneración y agradecimiento. Él inició el movimiento monástico en aquella tierra. Por disposición de Dios, el caos de los bárbaros favoreció al cristianismo, pues el imperio romano, al resquebrajarse, buscó apoyo en la Iglesia. Fue enorme la influencia de la Iglesia en esta época, que bien puede denominarse juventud de la Iglesia. Había ya penetrado en todos los estratos de la sociedad, también en los directivos. La Iglesia era la única autoridad ante el desorden, la única luz en el túnel.

Los grandes obispos ponían freno a los déspotas: san Ambrosio, al emperador Teodosio; el Papa san León Magno enfrentó a las hordas de Atila, quien abandonó sus planes de devastación. Es el primer Papa que recibe el nombre de Grande. El evangelio penetraba en los pueblos; mientras el emperador perdía influencia, el Papa, obispo de Roma, ganaba ascendiente. “Sólo la Iglesia conserva y sostiene todo”, dice el historiador Lactancio.

La Iglesia siempre vigilante y en vela...
Lo bueno de la Iglesia es que siempre la conduce el Espíritu Santo. Su asistencia divina asegura la serenidad y la confianza total de los cristianos. Surgían herejías, es verdad; pero ahí estaba el Espíritu Santo iluminando al Papa y a los obispos, pastores de esta gran grey que es la Iglesia, para hacer frente a cualquier error. La doctrina y el mensaje de Cristo no permite mezcla ni confusión.

Por eso, ante los errores dogmáticos, la Iglesia supo estar vigilante y atenta. Los obispos, reunidos en concilios, no sin grandes choques y cismas, supieron defender la doctrina cristiana.

a) El concilio de Éfeso (431) definió la unidad personal de Cristo, la maternidad divina de María y condenó al pelagianismo. La nueva herejía de Nestorio quedó descalificada y se salvó la unidad de la fe, gracias a la audacia y rapidez de acción de dos hombres: san Cirilo, obispo de Alejandría, y el papa Celestino I.


b) El concilio de Calcedonia (451) enseñó que Cristo tenía dos naturalezas, la divina y la humana, unidas sin confusión ni división en una sola Persona, la del Verbo. Así quedó vencida la herejía monofisita, muy peligrosa, pues si Cristo no eran hombre verdadero, no había podido dar su vida en la cruz y quedaba socavada la redención. Desgraciadamente a este gran concilio no pudieron participar los obispos que vivían fuera del imperio romano, y esto causó que se separan de la unidad católica las iglesias anti-calcedonenses: Egipto, Siria con doscientas sedes episcopales y Mesopotamia.

La labor de los Santos Padres
¡Cuánto debe la Iglesia a estos Santos Padres, obispos y papas intachables y bien formados intelectualmente, que pusieron su talento al servicio de la ortodoxia católica! Ellos esclarecieron el dogma, lo explicaron, lo defendieron con tesón, y no sin grandes sacrificios y sufrimientos.


Uno de ellos fue san Agustín: Nació en el norte de África en el año 354, hijo de un pagano y de santa Mónica. Después de una juventud inquieta, recibió el bautismo animado por la predicación de san Ambrosio. Fue obispo de Hipona desde 395. Brilló en toda la cristiandad por su inigualable talento, puesto al servicio de la fe. Luchó contra los errores maniqueos , contra los donatistas y pelagianos. Entre sus obras más importantes sobresalen las Confesiones (su autobiografía) y la Ciudad de Dios (primera filosofía y teología de la historia).


Otro de los titanes de la fe fue san Jerónimo. Realizó parte de su apostolado en el siglo anterior. Tradujo al latín toda la Biblia y dejó obras de historia de la Iglesia y de espiritualidad.


Pasó a la historia como un gran santo padre san Juan Crisóstomo (boca de oro), patriarca de Constantinopla, que escribió acerca del sacramento del sacerdocio y de la Eucaristía, y comentó la Sagrada Escritura. Desplegó una intensa práctica de la caridad, manteniendo instituciones que cuidaban de los desvalidos. También defendió las imágenes, no porque haya que adorarlas, sino porque ellas nos llevan al Autor de la santidad, que es Dios, y a un deseo de imitar esas virtudes de los santos, representados por imágenes.


También destacó san Pedro Crisólogo, virtuoso y elocuente obispo de Ravena, que dejó una importante colección de sermones sobre la Sagrada Escritura, en los que desarrolló una exégesis sobre todo moral.

Relaciones entre Roma y Constantinopla
Las relaciones entre ambas registraron a finales del siglo V una primera ruptura, que no fue definitiva, pero sirvió de anuncio de otras más graves que se producirían en el futuro. Fue el cisma de Acacio. Patriarca de Constantinopla desde el año 471 a 489, Acacio se inmiscuyó abiertamente en asuntos internos de los patriarcados de Antioquía y Alejandría, e instigó al emperador Zenón para que publicase un edicto dogmático –el Henoticon- tendente a una conciliación con los monofisitas.


El Papa Félix II excomulgó a Acacio y lo depuso, y éste respondió haciendo borrar el nombre del Papa de los dípticos de la iglesia de Constantinopla. Así surgió el primer cisma de la Iglesia de Oriente, que se prolongó durante más de treinta años. El Papa Hormisdas (514-523), con ayuda de Justiniano, sobrino del emperador reinante Justino y su futuro sucesor, consiguió poner fin al cisma. Todos los obispos bizantinos suscribieron el “Libellus Hormisdae”, un documento en que se definía expresamente el primado romano.

Esta situación se mantuvo en sus líneas fundamentales durante los siglos siguientes, a pesar de las ulteriores crisis que surgieron entre Roma y la iglesia bizantina.

Las parroquias rurales
La cristianización de los campos trajo consigo la necesidad de organizar de modo estable la cura de almas de las masas campesinas, que constituían además la mayoría de la población. Para ello fue preciso crear un clero rural que las atendiese pastoralmente, y edificar por doquier iglesias y oratorios donde se pudiera administrar los sacramentos y celebrar los actos del culto divino.

Así pues, en este siglo se multiplican las parroquias rurales, que ya habían comenzado a finales del siglo IV. El catolicismo se convierte en una religión campesina llena de la poesía de los campos y cuya devoción expresa y suscita a la vez la fidelidad al suelo nutricio. Mamerto, obispo de Vienne, instituye las rogativas, oración itinerante por los frutos de la tierra.

Las parroquias rurales tenían pila bautismal y junto a ellas solía existir un cementerio. El clero se sustentaba con las aportaciones de los fieles. Pero no todas las iglesias rurales fueron parroquias; abundaron más los templos, denominados oratorios, construidos no por los obispos y clérigos, sino por propietarios privados, dando lugar a lo que se llamó “iglesia propia”. Estas iglesias propias, si bien daban seguridad social a esas familias reunidas en torno a dichas iglesias, sin embargo, también dieron lugar a evidentes abusos por parte de sus propietarios, que se creían dueños absolutos de esa iglesia.

CONCLUSIÓN:
Europa en el siglo V era toda del imperio romano y éste iba decayendo, especialmente por la despoblación, el ocio y la corrupción. Los esclavos se liberaban, los romanos no trabajaban, los niños no eran instruidos, los acueductos no eran reparados, el arte y la cultura habían desaparecido. La Roma orgullosa de los Césares, que habría tenido un millón de habitantes, no tendría ahora más de cincuenta mil. Miles de extranjeros, mercenarios y bárbaros suplantaban a los soldados romanos. Los bárbaros no se apropiaron de ciudades sino de ruinas y de campos abandonados que nadie quería cultivar. Sólo quedaba en pie y fuerte el papado y el cristianismo.

Termino con una cita de san Vicentre de Lerin (siglo V) que valora el papel de los santos Padres: 
Si surge una nueva cuestión que no ha tocado ningún concilio, hay que recurrir entonces a las opiniones de los Santos Padres, al menos de los que, en sus tiempos y lugares, permanecieron en la unidad de la comunión y de la fe y fueron tenidos por maestros aprobados. Y todo lo que ellos pudieron sostener, en unidad de pensar y de sentir, hay que considerarlo como la doctrina verdadera y católica de la Iglesia, sin ninguna duda ni escrúpulo” (en su obra, Commonitorium 434).


Simeón, Isacar y Zabulón (hijos de Jacob y Lea)



SIMEON
Nombre en hebreo-- Shimon
Nacimiento--1668 a. C. Harrán (Turquía)
Fallecimiento-- II milenio a. C.
Familia-- Padres Jacob y Lea
Cónyuge --Dina

Simeón o Shimon (del hebreo שִׁמְעוֹן, Šimʿon, en griego Συμεών, latinizado Symeon) es un personaje bíblico, el segundo de los doce hijos de Jacob. En hebreo significa "Dios ha escuchado", y se le llamó así debido a que su madre Lea dijo: "Yahvé ha escuchado, por cuanto era odiada, y por eso me dio también este".

En el libro del Génesis
Cuando su padre Jacob estaba acampado cerca de Siquem, Simeón y Leví, el hermano que le seguía en edad, se entregaron a la cólera y, de manera arbitraria, contra toda razón y sin el consentimiento o autorización de su padre, vengaron con saña la honra de Dina, su hermana más joven, matando atrozmente a todos los varones siquemitas, lo que acarreó extrañamiento a toda la familia

Simeón más tarde fue partícipe del plan de matar a José junto con sus hermanos. No se dice si Simeón, como segundo hijo de Jacob, era o no el cabecilla en este complot contra la vida de José. Años más tarde, cuando José, entonces administrador de alimentos de Egipto, puso a prueba a sus hermanos, seleccionó a Simeón para que lo ataran y pusieran en prisión hasta que los otros hermanos llevasen a Benjamín a Egipto.

Poco antes de morir, cuando Jacob bendijo a sus hijos, recordó con desaprobación la violencia que habían demostrado muchos años antes Simeón y Leví con relación a los siquemitas, por lo que dijo:
"instrumentos de violencia son sus armas de degüello. En su grupo íntimo no entres, oh alma mía. Con su congregación no vayas a unirme, oh disposición mía, porque en su cólera mataron a hombres, y en su arbitrariedad desjarretaron toros. Maldita sea su cólera, porque es cruel, y su furor, porque actúa con dureza. Permítaseme distribuirlos en Jacob, y permítaseme esparcirlos en Israel".
Simeón tuvo seis hijos, uno de ellos de una mujer cananea. Como se profetizó, las porciones asignadas a las tribus de Simeón y de Leví estaban "esparcidas"; la porción de Simeón estaba dividida en ciudades enclavadas en el territorio de Judá. Sus descendientes formaron la tribu de Simeón.


ISACAR


El nombre de Isacar tiene dos posibles etimologías y significados, los cuales se derivan de las circunstancias de su concepción y nacimiento. La primera (y más probable) es que el nombre proviene de ish sakar , y por lo tanto, el significado de Isacar es «hombre de salario». Esto se refiere a su madre, Leah, esencialmente comprando a su esposo por una noche (ya que Jacob normalmente pasaba noches con Raquel, su esposa favorita). La segunda posibilidad es que el nombre provenga de yesh sakar y signifique «hay una recompensa».

¿Dónde aparece Isacar en la Biblia?
La persona de Isacar se menciona varias veces, de manera más prominente en el Libro del Génesis:

  • la historia de su nacimiento en Génesis 30.
  • La bendición de Isacar de su padre en Génesis 49: 14-15.
  • Los descendientes de Isacar se enumeran en Génesis 46:13, Números 1, Números 26 y varias veces en 1 y 2 Crónicas.
La tribu de Isacar, compuesta aparentemente por sus descendientes, se menciona en varios otros libros de la Biblia hebrea:
  • El Libro de Josué describe el territorio de la tribu.
  • 1 Reyes 15 describe a un miembro de la tribu de Isacar llamado Baasa asesinando a Nadab, un rey de Israel. Baasa luego se convirtió en rey de Israel; su hijo Ela lo sucedió, pero fue asesinado por Zimri de la tribu de Simeón.
  • 1 Crónicas 12 da una idea de la cultura de la tribu.
  • 2 Crónicas 30 menciona a Isacar entre las tribus que regresan a la tierra de Judá para celebrar la Pascua.
Isacar se menciona junto con las otras tribus de Israel en Ezequiel (y, en el Nuevo Testamento cristiano, en Apocalipsis)

Isacar: trasfondo e historia
Isacar era bisnieto de Abraham y nieto de Isaac a través del hijo menor de Isaac, Jacob.

Vida temprana
Isacar fue el noveno hijo de Jacob y el quinto biológicamente con su primera esposa, Lea . Isacar nació en una situación familiar bastante complicada: Jacob se había enamorado de una mujer llamada Raquel y aceptó trabajar para el padre de Raquel durante siete años para casarse con ella. Sin embargo, el día de la boda, el padre de Rachel cambió a Rachel por su hermana mayor Leah, por lo que Jacob terminó casado con ambas hermanas. Jacob no amaba a Lea, pero Raquel luchaba con la fertilidad mientras que Lea tenía cuatro hijos: Rubén, Simeón, Leví y Judá. Luego, Raquel le dio a su sierva Bilha a Jacob para que tuviera dos hijos a través de Bilha en nombre de Raquel: Dan y Neftalí. Lea luego luchó por concebir, y por eso le dio a su sierva Zilpa a Jacob para que tuviera hijos para Lea; se llamaron Gad y Aser. El hijo mayor de Leah, Rubén, le dio a su madre mandrágoras, que eran plantas que se cree que aumentan la fertilidad. Raquel pidió algunas de las mandrágoras y Lea accedió a compartirlas con Raquel con la condición de que Jacob durmiera con Lea esa noche. Esa noche, ella concibió a Isacar.

Lea luego tuvo dos hijos más: otro hijo al que llamó Zabulón y una hija llamada Dina. Finalmente, Raquel tuvo dos hijos propios: José y Benjamín. Muchos de los hijos de Jacob tienen historias sobre sus personalidades y hazañas, pero Isacar no las tiene. Lo que se registra de su vida es que nació cerca de donde vivía Labán, el padre de Lea y Raquel, y que finalmente Jacob y sus esposas huyeron de Labán. Entonces Jacob se reunió con su hermano Esaú por primera vez en años (la última vez que se habían visto, Esaú juró matar a Jacob por robar su herencia) y durante esta reunión, dispuso a sus esposas e hijos de acuerdo con su favor: puso a Bilha, a Zilpa. , y sus hijos al frente, Lea y sus hijos (incluido Isacar) después, y Raquel con su hijo José en el lugar más seguro (Génesis 33: 2).

Afortunadamente, Esaú quería reconciliarse en lugar de vengarse. Isacar habría vivido una vida seminómada después de esto, con Jacob y su familia moviéndose por la antigua Canaán. Su hermana, Dina, fue violada por el príncipe de Siquem, y sus hermanos Simeón y Levi luego masacraron a los hombres de Siquem en venganza. Además, el hermano de Isacar, José, era el favorito de su padre, lo que provocó celos entre los hermanos. Aunque no se menciona, Isacar probablemente estaba entre sus hermanos cuando conspiraron para vender a José a los esclavistas en el camino a Egipto; le mintieron a su padre que José había sido asesinado por animales salvajes.

Los hijos de Isacar

La Biblia enumera a Isacar con cuatro hijos. No se proporciona el nombre de su esposa, pero el Midrash, o comentario rabínico sobre la Torá, la nombra como Aridah. Según Génesis 46:13, los hijos de Isacar fueron:
  • Tola
  • Puah
  • Trabajo o Jashub
  • Shimron
No se registra nada específico de sus hijos. Sin embargo, algunos identifican a su tercer hijo, Jashub o Job, con el personaje de Job en el otro libro bíblico de Job. Sin embargo, la mayoría de los eruditos consideran improbable la combinación de Jashub / Job como el Job del libro de Job.

Vida tardía y muerte
En algún momento, una hambruna golpeó la tierra en la que vivían, e Isacar bajó a Egipto con sus hermanos a buscar grano. Sin que ellos lo supieran, el hombre a cargo de repartir el grano era su hermano José. Finalmente, José perdonó a sus hermanos y los invitó, junto con su padre y sus propios hijos, a mudarse a Egipto para escapar de la hambruna. Isacar así lo hizo; su madre, Leah, ya había fallecido, aunque no se registran las circunstancias de su muerte. Se dice que los hijos de Isacar siguieron a su padre a Egipto, donde sus descendientes vivieron hasta el Éxodo. El libro de Éxodo registra que todos los descendientes de Israel fueron obligados a ser esclavos por los egipcios y solo fueron liberados después de que Dios envió doce plagas. La tribu de Isacar luego fue a la antigua Canaán con las otras tribus de Israel.

La tribu de Isacar
Los doce hijos de Jacob engendraron a las doce tribus de Israel; once de las doce tribus, incluido Isacar, recibieron el nombre del hijo respectivo del que descendieron. Los descendientes de Leví, sin embargo, formaron una secta sacerdotal en lugar de una tribu, y los dos hijos de José, Manasés y Efraín, formaron tribus separadas después de que Jacob bendijo a ambos como si fueran sus hijos directos en lugar de sus nietos.

La bendición de Jacob
Jacob bendijo a cada uno de sus hijos antes de su muerte. Su bendición para Isacar se registra en Génesis 49: 14-15, y dice: Isacar es un burro deshuesado acostado entre los corrales de las ovejas. Cuando ve lo bueno que es su lugar de descanso y cuán hermosa es su tierra, doblará su hombro a la carga y someterse al trabajo forzoso. (NVI) Comienza describiendo a Isacar como fuerte, pero propenso a asentarse demasiado pronto; viene con una advertencia de que Isacar podría terminar soportando una carga como resultado de esta tendencia. Sin embargo, esto no es necesariamente tan negativo como parece.

Tribu de Isacar: características
La tribu de Isacar está asociada con los burros , un animal que se usa para ensillar cargas. 1 Crónicas 12:32 describe las características de la tribu de Isacar como «hombres que entendieron los tiempos y sabían lo que Israel debía hacer» (NVI). Tradicionalmente, se entiende que esto hace referencia al papel característico de la tribu en la erudición. A la tribu de Isacar se le atribuye incluso la creación del calendario israelita; en referencia a esto, el símbolo de Isacar es el sol, la luna y las estrellas.

El símbolo de la tribu de Isacar
El Midrash también describe que el pectoral sacerdotal contiene doce piedras de diferentes colores asociadas con las doce tribus; El de Isacar es el zafiro (posiblemente refiriéndose a lo que los eruditos modernos llamarían lapislázuli), y por lo tanto, el color de la Tribu de Isacar es azul oscuro. Se entiende que el manto de la Tribu de Isacar es uno de los eruditos: estudiaron no solo las estrellas y las matemáticas, sino también la Torá. 1 Crónicas 12:32 también agrega que 200 hombres de Isacar se convirtieron en miembros prominentes del Sanedrín, un cuerpo judicial religioso en el antiguo Israel.

Relación con otras tribus
El Midrash y el Talmud describen que la tribu de Isacar tenía una relación particularmente estrecha con la tribu de Zabulón, que tenía su propio territorio cerca del de Isacar. La tribu de Zabulón estaba compuesta principalmente de comerciantes; proporcionaron las cosas necesarias para que la tribu de Isacar se dedicara al estudio de la Torá. La Tribu de Isacar, a su vez, proporcionó conocimiento a la Tribu de Zabulón (y a otras tribus de Israel). Así, la tribu de Isacar cumplió la bendición y la profecía de Jacob: cargar con la carga del estudio para sus hermanos.

La tribu de Isacar: tierras en Tierra Santa
El Libro de Josué describe que el territorio de Isacar limita con las tribus de Manasés, Zabulón y Neftalí. El territorio atribuido a Isacar incluía el valle de Jezreel, que era bueno para la agricultura.

La tribu de Isacar: historicidad
Los eruditos debaten la historicidad de la persona de Isacar, y algunos creen que la historia de Jacob y sus doce hijos es una metáfora. En general, se entiende que la tribu en sí tiene cierta historicidad, aunque se observa que quizás fueron los contratados para trabajar en Israel. Las diez tribus del norte de Israel, incluido Isacar, fueron conquistadas por los asirios en 721 a. C. y se convirtieron en esclavas, lo que algunos eruditos bíblicos entienden como el cumplimiento de la advertencia de Jacob a su hijo en su bendición final. Después de la conquista asiria, Isacar, junto con las otras nueve tribus del norte de Israel, fueron absorbidos por otros grupos étnicos.


ZABULON



Uno de los doce hijos de Jacob y ancestro de la tribu del mismo nombre (Gén. 46,14; Núm. 26,26). Nada se conoce de Zabulón, salvo que sus hijos fueron Séred, Elón y Yajleel y cabezas de tres familias tribales.

La tribu de Zabulón juega un rol importante en la historia temprana de Israel. El nombre es hebreo; aparece dieciocho veces bajo la forma zebúlûn, veintiseis veces como zebûlún, y sólo una como zebûlûn; Set. Zaboulon; Josefo (Ant., V, VII, 14), Zaboules; Vulg., Zabulón, la interpretación del Nuevo Testamento es la de los Setenta. El significado del nombre es dudoso. Parece haber un juego de palabras sobre Zebed; cf. las palabras de Lía en Génesis 30,20: “Me ha hecho Dios un buen regalo (zebadani). Ahora sí que me honrará mi marido (yizbeleni), porque le he dado seis hijos. Y le llamó Zabulón.”

En el censo de las tribus en el Desierto de Sinaí, durante el segundo año del Éxodo, la tribu de Zabulón contaba con 57.400 hombres listos para la guerra (Núm. 1,31). Este ejército, bajo el comando de Eliab, acampó con Judá e Isacar al este del tabernáculo y con ellos formaron la vanguardia de la línea de marcha (Núm. 2,3-9). Entre los espías que envió Moisés para avistar la tierra de Canaán, Gaddiel, hijo de Sodí, representó a Zabulón (Núm. 13,11). En Settim, en la tierra de Moab, luego que 24,000 hombres fueran matados por sus crímenes, se llevó a cabo un segundo censo; Zabulón sumó 60,500 hombres aptos para la guerra (Núm. 26,27). Elisafán, hijo de Parnak, fue escogido para representar a Zabulón en la división de la Tierra Prometida (Núm. 34,25). Parece que la tribu conquistó su porción con facilidad.

Durante el reinado de Josué no reciben mención especial, mientras que durante el reinado de los jueces, sus hazañas fueron notables. En el Cántico de Débora la tribu fue especialmente designada como "un pueblo que reta a la muerte” (Jc. 5,18); y alabada porque vinieron "de Zabulón, aquellos que dirigieron el ejército en la lucha", como también en Heb., "aquellos que llevaron la pluma del escritor", es decir, tal como reclutar e inspeccionar a los oficiales (Jg. v. 14). La referencia es a la campaña de Baraq contra Sísara, el comandante de las fuerzas de Yabín, rey de Canaán (Jc. 4,10). Ellos respondieron al llamado de Gedeón y se unieron en batalla contra Madián (Jc. 6,35); y nombraron juez a Elón, quien gobernó durante diez años (Jc. 12,11). Entre aquellos que siguieron a David a Hebrón para hacerlo rey habían 50,000 hombres de Zabulón, provistos de todas las armas de guerra y con corazón entero (1 Crón. 12,33); además trajeron con ellos, como signo de calurosa alianza, generosas cantidades de carne y bebidas para celebrar la ascensión de su nuevo gobernante (1 Crón. 12,40). Cuando Ezequías hizo reparación por las abominaciones de su padre Ajaz, invitó a todo Israel para celebrar la Pascua en la casa del Señor. Los emisarios del reformador sólo hallaron burla y ridículo; aún así algunos eran fieles a la verdadera religión de sus padres e, incluso desde muy lejos Zabulón vino a Jerusalén, destruyeron los ídolos y celebraron la fiesta de los panes ácimos. (2 Crón. 30,10-23).

Durante la división de la tierra entre las siete tribus que aún no habían recibido su parte, el lote de Zabulón fue tercero. El territorio de la tribu comenzaba con Sarid (Jos. 19,10) la cual supuestamente era Tell Shadud, algunas cinco millas al sudoeste de Nazaret. Las fronteras de Zabulón aún no se habían marcado. De los diecinueve nombres propios que el libro de Josué da como guía, sólo se puede identificar con certeza a Belén (Beit lahm, siete millas al noroeste de Nazaret). Josefo (Antig. Jud., V, I, 22) le asigna a Zabulón la tierra cerca del Carmelo y el mar, tan lejos como el Lago de Genesaret. Al noroeste, Aser, al sudeste, Isacar. Incluía una parte de las planicies de Esdrelón y la gran ruta desde el mar al lago. Cristo fue criado dentro del territorio de Zabulón y allí hizo y dijo la mayoría de lo que se narra sobre su ministerio galileo en los Evangelios, especialmente en los Sinópticos.

ISACAR  



SIMEON 


ZABULON

Historia de la Iglesia Siglo IV - Edad Antigua

Autor: P. Antonio Rivero
Fuente: Catholic net


INTRODUCCIÓN
El cristianismo seguía difundiéndose por todo el mundo conocido. Los primeros cristianos no empezaron proponiendo de antemano una filosofía o una teología. Dieron, más bien, testimonio de Jesús, a quien consideraban como Maestro y Señor. Pero al contacto con otras culturas se vieron estos primeros cristianos en la necesidad de explicar con lenguaje inteligible y racional lo que ellos vivían por la fe. A este esfuerzo de la primera Iglesia por poner por escrito la fe o credo en lenguaje humano, sin traicionar lo esencial, lo llamamos inculturación. No todo fue fácil, ciertamente. Pero el Espíritu Santo era quien iluminaba las mentes de los obispos.

El siglo IV empezó con una gran persecución, la novena, decretada por el emperador Diocleciano, en el año 303. Entre las regiones que más sufrieron está España, Italia y África. Pero los cristianos daban testimonio de su fe en Cristo, y preferían morir antes que renegar de sus creencias.

I.SUCESOS


El Evangelio llegó, por fin, al palacio imperial
El hecho más importante de este siglo fue la conversión al cristianismo del emperador Constantino, siguiendo el ejemplo de su madre santa Elena. 
El año 312, en el puente Milvio sobre el Tíber, vence a Majencio que quería arrebatarle el Imperio. Majencio huye y se ahoga en el Tíber. Eusebio, amigo y confidente del emperador, añade que en la víspera Constantino y sus soldados vieron en el cielo una cruz luminosa con estas palabras: “Con esta señal vencerás”. Lactancio, escritor contemporáneo, dice que, convertido Constantino, hizo inscribir en el lábaro o bandera imperial el monograma de Cristo.

Y en el 313 publicó un edicto de tolerancia para los cristianos e impuso la paz religiosa. Así terminaron las crueles persecuciones. Es lo que se ha llamado el Edicto de Milán, que reconocía plena libertad de culto a todos los ciudadanos del imperio de cualquier religión que fueran. 
  • Debían devolverse a los cristianos los edificios confiscados. 
  • Prohibió que se obligara a los cristianos a celebrar ritos paganos; fomentó la conversión al cristianismo; defendió a los esclavos y prohibió su matanza; prohibió el adulterio; declaró que el día domingo fuera festivo para todo efecto. 
Se hablaba así de la Iglesia constantiniana y del imperio cristiano. Constantino construyó iglesias, obsequió al Papa Silverio el palacio de Letrán y levantó en el Vaticano una basílica en honor del príncipe de los apóstoles. Restituyó, además, los bienes eclesiásticos confiscados por sus antecesores. Pero, ¿con qué fin?

A la muerte de Constantino, Juliano, emperador de 361 a 363, trató vanamente de restablecer el paganismo. Atacó el cristianismo y murió como apóstata, pronunciando la famosa frase: “Venciste, Galileo”. Con este emperador se extinguió la familia de Constantino.

Muerto Juliano, subió al trono Teodosio que en el 380 proclama al cristianismo religión del estado. Persigue a los herejes y a los paganos. Derrumba los templos paganos. Religión y estado vivían juntas. El evangelio iba poco a poco penetrando en la sociedad.

No todo era miel sobre hojuelas
Aunque este siglo proporcionó la paz oficial a la Iglesia y la misma Iglesia quedó reconocida y protegida, sin embargo, pronto se cernieron graves peligros de índole diversa, que comenzaron con el emperador Constantino, quien, siendo el dueño absoluto del imperio, cayó en la tentación de adueñarse de la Iglesia o tenerla como aliada. Le dio primero libertad, luego protección y culminó entrometiéndose en ella. Convocó, sin estar todavía bautizado, el concilio de Nicea (año 325). Estos fueron otros peligros graves que sufrió la Iglesia en este siglo:

a) El gobierno romano pretendió manejar los asuntos eclesiásticos para su conveniencia política. A esto se ha llamado cesaropapismo, y fue iniciado por Constantino, y causó mucho daño a la Iglesia, como veremos. Los emperadores cristianos se pusieron el título de “Sumo Pontífice” y quisieron desempeñar un papel semejante al de la Iglesia; se consideraban “igual a los apóstoles”, “obispo de fuera”. Los cristianos aceptan el carácter sagrado del emperador, a quien consideran naturalmente como jefe del pueblo cristiano: nuevo Moisés, nuevo David. Incluso el emperador convocaba los concilios.

b) La Iglesia comienza a recibir inmensos beneficios de los emperadores cristianos y obtiene un opíparo patrimonio; al mismo clero le vienen regalados privilegios jurídicos...y comienza la tentación de la ambición terrenal. Los mismos obispos y cristianos apelarán al emperador como árbitro de sus disputas incluso teológicas.

c) Muchos quisieron ser admitidos a la Iglesia más por conveniencia y oportunismo que por convicción. Esto acarreó lamentable descenso en la práctica fervorosa del Evangelio. Se bautizaban, pero no cambiaban sus costumbres. Se prohibía el infanticidio, pero no la exposición de los niños. Seguían las luchas de gladiadores. Incluso la justicia del estado recurrió a la tortura para poner orden “religioso” .

d) Al llevar Constantino la capital del imperio a Oriente, a una pequeña ciudad del Bósforo, a la que llamó Constantinopla, ésta quiso ser la “segunda Roma” y polarizó en torno a sí a los cristianos del Oriente. Esta ciudad posteriormente fue elevada al rango de patriarcado. Como es natural entre los hombres, las ambiciones y los intereses políticos fueron creando de vez en cuando problemas entre Constantinopla y Roma, problemas que fueron el germen de la futura división de la Iglesia. Esta división se efectuó en 1054, cuando el patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, y el delegado del Papa se excomulgaron mutuamente. Y todavía estamos divididos. El patriarcado de Constantinopla, encabeza las iglesias ortodoxas, que no reconocen la autoridad ni el primado del Papa.

Nuevas herejías

Como nos dice Cristo en la parábola de la cizaña: el enemigo nunca duerme. Y quiere poner su cizaña en medio del campo de buen trigo. Y lo hace mientras la Iglesia duerme y descansa.

En este siglo se dieron las siguientes herejías:


Donato, natural de Cartago, provocó una dolorosa división entre los obispos africanos y atrajo a su bando a 270 de ellos y a numerosos seguidores. Sostenía que el sacramento del bautismo, impartido por un obispo indigno –uno de los “lapsi”- no era válido; y que, por tanto, había que rebautizarse para volver a la Iglesia; y, también, sostenía que el cristiano que cometiera pecados graves, debería ser expulsado definitivamente de la Iglesia. Esta herejía concebía a la Iglesia como una comunidad integrada tan sólo por los justos.

Por su lado, Macedonio de Constantinopla negó la divinidad del Espíritu Santo. Decía que era un ser situado entre Dios y la creatura.

Arrio vino a perturbar la paz interna de la Iglesia. Era un sacerdote de Alejandría. Negó la divinidad de Cristo, diciendo que era una criatura, la más perfecta, una criatura superior. Esta herejía fue muy peligrosa
No sólo subordinaba el Hijo al Padre en naturaleza, sino que le negaba la naturaleza divina. Su postulado fundamental era la unidad absoluta de Dios, fuera del cual todo cuanto existe es criatura suya. 
El Verbo habría tenido comienzo, no sería eterno, sino tan sólo la primera y más noble de las criaturas, aunque, eso sí, la única creada directamente por el Padre, ya que todos los demás seres habrían sido creados a través del Verbo. El Verbo, por tanto, no sería sino Hijo adoptivo de Dios, elevado a esta dignidad en virtud de una gracia particular, por lo que en sentido moral e impropio era lícito que la Iglesia le llamase también Dios. 
Arrio expuso esta doctrina en su obra Talía, el Banquete. El arrianismo consiguió una rápida difusión, porque simpatizaron con él los intelectuales procedentes del helenismo, racionalista y familiarizados con la noción del Dios supremo. Contribuyó también a su éxito el concepto del Verbo que proponía y que entroncaba con la idea platónica del Demiurgo, en cuanto era un ser intermedio entre Dios y el mundo creado y artífice a su vez de la creación.

II. RESPUESTA DE LA IGLESIA

La Iglesia, fiel a su Maestro
Las herejías fueron muy duras. Pero Dios sigue conduciendo su barca a buen puerto.

Ante las herejías que iban brotando, la Iglesia, queriendo ser fiel a su Maestro, se reunió en Concilios para explicitar mejor y defender la doctrina cristiana. Nunca mejor dicho el refrán: “No hay mal que por bien no venga”; es decir, las herejías ayudaron mucho a la Iglesia para perfilar mejor el credo y la doctrina de Cristo. En relación con los concilios la Iglesia tenía una certeza: sin el obispo de Roma, sucesor de Pedro, no era posible un concilio ecuménico. El Papa tenía que convocarlo o dar su consentimiento y luego ratificar los decretos. Así se mostraba que la autoridad primera era la del sucesor de Pedro. Así lo quiso Jesucristo: “Tú eres Pedro...”.

¿Qué concilios se celebraron en este siglo?


a) El concilio de Nicea (325), el primer concilio ecuménico, convocado por el emperador Constantino . Este concilio condenó la herejía arriana y proclamó a Cristo verdadero Dios consustancial al Padre, es decir, de la misma naturaleza divina. Así quedó: “...Creemos en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios; Dios verdadero de Dios verdadero”. 
Tomó el pueblo parte activa en manifestaciones emocionales, pero nunca dejó de ser católico. “Ni los obispos más arrianos se atrevían a negar la divinidad de Jesús ante el pueblo. Los oídos de los fieles son más santos que los corazones de algunos obispos” (San Hilario de Poitiers, Contra Auxensium, cap. 6). 
Era necesaria la condena del arrianismo, pues afectaba a la esencia misma de la obra de la redención: si Jesucristo, el Verbo de Dios, no era Dios verdadero, su muerte careció de eficacia salvadora y no pudo haber verdadera redención del pecado del hombre. 
La Iglesia de Alejandría se dio pronto cuenta de la trascendencia del problema, y su obispo, Alejandro, trató de disuadir a Arrio de su error. Mas la actitud de Arrio era irreductible, y en el año 318 hubo de ser condenada su doctrina por un concilio de cien obispos de Egipto. Y en el 325, por el concilio ecuménico de Nicea.

b) El concilio de Constantinopla (381) definió la divinidad del Espíritu Santo. Fue convocado por el emperador cristiano Teodosio, quien influyó activamente en la marcha de las discusiones. El Papa no estuvo representado por ningún delegado suyo. Sembrada estaba la semilla de la discordia: Constantinopla contra Roma. Así se amplió el credo de Nicea: “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”. Se llamó a este credo Símbolo niceno-constantinopolitano.

Aportación de los Padres de la Iglesia

a) San Atanasio: Puntal del concilio de Nicea fue el diácono Atanasio, secretario de san Alejandro, obispo de Alejandría. Enérgico, culto, piadoso. Fue el terror de Arrio y sus secuaces. En el 328 fue nombrado obispo de Alejandría. Los arrianos, con acusaciones y calumnias y poniendo a precio su cabeza, consiguieron desterrarlo cinco veces.

b) San Hilario de Poitiers
escribió acerca de la Trinidad, una historia eclesiástica y comentarios de diversos libros de la Sagrada Escritura.


c) San Basilio y san Gregorio Nacianceno
expusieron el dogma de la Trinidad.

d) San Gregorio de Nisa
, místico, nos dejó también una gran síntesis de la doctrina católica.

e) San Ambrosio de Milán
fue excelente predicador y muy versado en la Biblia, escribió tratados para favorecer la práctica cristiana. Ambrosio en Milán y 
san Juan Cristóstomo
en Constantinopla introducen las costumbres de oriente, la “monodia” y la “antífona”, que formarán la base del futuro canto gregoriano. La comunidad oraba cantando. Las primeras comunidades adoptaron el sistema del canto alternado: un lector decía versículos de un salmo, la comunidad respondía el estribillo.



El desierto y la soledad atrajo a algunos...
En este siglo comenzaron los primeros monjes .
La vida monacal y conventual está basada en la frase que Jesús dijo a un joven: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, luego ven y sígueme” (Mt 19, 21); es decir, desasimiento total, aun de los legítimos placeres de la vida, por amor a Cristo. Hubo, pues, un número de hombres que se retiraron a la soledad para dedicar su tiempo a la oración y a la penitencia.

Comenzó el monacato en Egipto (siglo III). 
  • El ejemplo de Antonio en la Tebaida (356), llamado san Antonio abad, atrajo a muchos seguidores.
  • San Pacomio (347) organizó la vida cenobítica, escribiendo una regla de cómo vivir en comunidad; la más antigua regla monacal. Este monaquismo primitivo se extiende rápidamente por Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia. No tiene formas jurídicas muy concretas. El candidato se pone bajo la dirección de un maestro o padre espiritual, llamado abad, hasta volar por sus propias alas. Este monaquismo pone el acento en la lucha contra el demonio, contra las propias pasiones, por eso se dan a penitencias que nos parecen exageradas.
  • San Basilio redactó la primera regla formal para monjes, para ordenar un poco el monaquismo: les exige vivir en comunidad, les anima al estudio y al cuidado de los pobres. 
  • A Europa llegó este estilo de vida monacal gracias a san Atanasio, que desterrado fue a ver al Papa Julio; en el viaje, lo acompañaban varios monjes, y esto despertó por donde pasaba admiración y atracción. 
  • Entre los pilares de la vida monacal en Europa está san Martín de Tours (muerto en el 397), animador del movimiento monástico y del apostolado rural; 
  • san Ambrosio de Milán; y san Benito de Nursia, ya en el siglo V y VI, como veremos. 
También en este siglo IV comienza la liturgia de consagración de vírgenes o de entrega de velo. 
San Ambrosio propone como modelo de las vírgenes a la Virgen María. 
San Jerónimo (347-419) es el propagandista de la vida monástica entre las mujeres de la aristocracia romana. Su alimento será la cultura bíblica. Jerónimo será adalid del monje que pone su talento al servicio de la cultura cristiana.

La Iglesia continuaba profundizando en los sacramentos y en la disciplina
Primero el bautismo. Al ser el cristianismo la religión oficial del imperio, son muchos los que piden el bautismo. Continúa siendo administrado sobre todos a los adultos, pero también a los niños. Algunos de ellos lo retrasaban hasta la hora de su muerte (bautismo clínico, del que ya hablamos), porque se sentían débiles para no pecar ; además, porque la preparación para recibirlo era larga: instrucción, confesión, ayunos y oración. Los catecúmenos comenzaban la catequesis al inicio de la cuaresma. Esta catequesis se dividía en dos partes:

·Catequesis bautismal, anteriores al bautismo: exorcismos, explicación del credo, conversión moral.
·Catequesis mistagógica, posterior al bautismo, orientada a la comprensión del propio bautismo y de la eucaristía.

Después, la confesión. Ya hablamos extensamente sobre las etapas que tuvo este sacramento de la confesión en el apéndice del siglo II.
 
Hagamos ahora un breve resumen. En este tiempo se permitía una sola confesión en la vida, por eso los pecadores la retrasaban lo más posible, a menudo para la hora de la muerte. Había también penitencias oficiales o canónicas, que eran públicas, por pecados graves y escandalosos. El que ha pecado gravemente hace confesión de su culpa al obispo, secretamente. Este también podía pedir a los pecadores que acudieran a la penitencia .

El primado de Roma

El primado de Roma sobre la Iglesia universal tenía un fundamento dogmático que los Papas, a partir del siglo IV, se esforzaron por definir con la mayor claridad. San Dámaso, san León I, Gelasio y san Gregorio Magno figuran entre los principales expositores de esta doctrina, cuya formulación se volvía cada vez más necesaria por las crecientes pretensiones de los patriarcas de Constantinopla.

No se funda esta primacía romana sobre una razón de orden político, como sucedía en el imperio. Su fundamento hay que encontrarlo en la Sagrada Escritura, en el conferimiento del primado a Pedro por parte de Jesús (cf. Mt 16,18). Los Papas, por ser los sucesores de Pedro en la cátedra de Roma, tienen en la Iglesia la preeminencia y la autoridad que Cristo concedió al Simón Pedro.

A lo largo de los siglos se le dieron al obispo de Roma títulos diversos: Papa, Vicario de san Pedro, Vicario de Cristo, para significar la naturaleza de su primado universal. Pero siempre se añadía el humilde calificativo de “siervo de los siervos de Dios”.

Los Papas ejercían activamente su primacía sobre las iglesias de occidente. En oriente, en cambio, aunque se consideraba a la Sede Romana como la primera, su influjo era menor. Pero cuando surgían conflictos de fe o de disciplina recurrían al juicio del obispo de Roma. Fueron numerosos los asuntos que los Papas resolvieron por medio de “decretales”. También el mismo Papa enviaba sus legados para hacer llegar eficazmente la autoridad pontificia a las diversas iglesias.

¿Sacerdotes casados?

Es un hecho que, durante los primeros siglos, gran parte de los sacerdotes estaban casados. Pero a medida que las comunidades crecían y su atención pastoral requería más tiempo y dedicación, y a medida que fueron apareciendo escándalos, la Iglesia de occidente comenzó a exigir el celibato a sus sacerdotes. El primer concilio conocido, que lo prescribe, es el de Elvira (España) en el año 306. Esta exigencia, aunque no siempre fue fácil de cumplir, se fue extendiendo por toda la Iglesia de occidente. En ese modo de vivir se veía un reflejo del modo como Cristo mismo vivió para cumplir su obra redentora.

El celibato para los sacerdotes católicos de rito latino es una perla preciosa, de la que habló el Papa Pablo VI en una hermosa encíclica “Sacerdotalis coelibatus”. Es un llamado de Dios a una consagración total a Él y a la Iglesia, y al mismo tiempo es una respuesta libre del candidato al sacerdocio; no es una imposición. Todavía en el siglo XX se levantan voces pidiendo su abolición . Pero el Papa Juan Pablo II ha zanjado la discusión afirmando que este modo de vivir, fundado en el ejemplo de Cristo mismo y una antiquísima tradición, es un don que Dios ha hecho a su Iglesia, y que ésta debe custodiar con fidelidad.

CONCLUSIÓN
Nuestra fe sigue robusteciéndose siglo a siglo. La fe es un don de Dios y vale más que la propia vida física. ¿Por qué no acabamos recitando el símbolo de fe del concilio de Nicea?

“Creemos en un Dios, Padre Todopoderoso, hacedor de todo lo visible e invisible, y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, Unigénito engendrado del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, que no hecho, consubstancial (homoousios) al Padre, por quien todo fue hecho, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó y se encarnó, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y en el Espíritu Santo”.