Josué y la tierra prometida


Josué fue el siervo fiel de Moisés y el líder israelita que guió al pueblo a la Tierra Prometida según la Biblia.

Detalles sobre su nacimiento y origen
Lugar: Nació en la tierra de Egipto (específicamente en la región de Gosén, donde habitaban los israelitas). Familia: Era hijo de Nun.
Tribu: Pertenecía a la tribu de Efraín.
Nombre original: Al nacer recibió el nombre de Oseas (que significa «salvación»), el cual después fue cambiado por Moisés a Josué (que significa «Jehová es salvación»

Familia de Josué
El padre de Josué en la Biblia fue Nun, perteneciente a la tribu de Efraín.Detalles sobre la familia de Josué
Nombre del padre: Nun (a menudo mencionado en los textos bíblicos como «Josué, hijo de Nun»).
Genealogía: En el libro de 1 Crónicas 7:27, se registra la línea de descendencia que llega hasta Nun, pasando por antepasados como Elisama, Amiud y Elishama.
Madre: La Biblia no menciona el nombre de la madre de Josué. Las Escrituras guardan silencio sobre ella y sobre su vida familiar temprana.Tribu: Era de la tribu de Efraín, uno de los hijos de José

¿Quién fue Josué para su pueblo?
Orígenes: Nació en Egipto y pertenecía a la tribu de Efraín. Su nombre original era Oseas, pero Moisés se lo cambió a Josué, que significa "Yahveh es salvación".
Ayudante fiel: Fue el asistente personal de Moisés desde su juventud y lo acompañó en momentos clave, como cuando subió al monte Sinaí.
Hombre de fe: Fue uno de los doce espías enviados a explorar Canaán. A diferencia de la mayoría, él y Caleb confiaron en que Dios les ayudaría a conquistar el territorio.

¿Qué hizo?
Sucesor de Moisés: Fue elegido por Dios para liderar al pueblo de Israel tras la muerte de Moisés.
Cruce del Jordán: Lideró a los israelitas a cruzar el río Jordán con las aguas detenidas milagrosamente para entrar en Canaán.
Conquista de Canaán: Dirigió campañas militares exitosas, siendo la más famosa la caída de las murallas de Jericó.
Reparto de la tierra: Dividió el territorio conquistado entre las doce tribus de Israel y renovó el pacto del pueblo con Dios antes de morir a una edad avanzada

¿Por qué Moisés le cambió el nombre a Josué?
Moisés le cambió el nombre de Oseas a Josué para añadirle un significado divino que reflejara que Dios es la salvación.

Significado de los nombres
Oseas (o Osea): Significa "salvación" o "éxito".
Josué (Yehoshúa): Significa "Yahveh es salvación" o "Dios salva". Moisés añadió la letra hebrea Yud al nombre original, integrando parte del nombre sagrado de Dios.

El propósito del cambio
Protección y guía espiritual: Según la tradición bíblica, al renombrarlo antes de enviarlo como explorador a la tierra de Canaán, Moisés buscó recordarle a su ayudante que su fuerza y su destino no dependían de él mismo, sino del respaldo de Dios.
Liderazgo: Este cambio marcó su preparación para suceder a Moisés y guiar al pueblo israelita hacia la tierra prometida.
Puedes leer el relato bíblico de este momento en Números 13:16-17.

ESPOSA E HIJOS DE JOSUE
La Biblia no menciona el nombre de ninguna esposa ni hijos para Josué.
Detalles Bíblicos
El texto sagrado se enfoca únicamente en su labor como líder de los hebreos y sucesor de Moisés al entrar a la Tierra Prometida.
No existe ningún registro histórico o bíblico sobre su vida personal o matrimonio.

JOSUE Y LA FUNCION PARA LA QUE FUE DESIGNADO POR DIOS 
Dios animó a Josué a ser fuerte y valiente porque le asignó la gran misión de liderar al pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida tras la muerte de Moisés.

El significado de las palabras de Dios
Continuidad: Dios le aseguró a Josué: "Como estuve con Moisés, estaré contigo". Esto significaba que, aunque el líder anterior había muerto, el respaldo divino seguía intacto.
Confianza sin temor: Al decirle "no temas ni desmayes", Dios le indicó que no debía confiar en su propia fuerza o capacidad humana, sino en Su presencia constante.
Obediencia a la ley: Dios le mandó no apartarse de la ley dada a Moisés. Esto implicaba que el éxito de su liderazgo dependía de vivir y obedecer la Palabra de Dios

MUERTE DE JOSUE
Josué murió a la edad de 110 años en su propia heredad, tal como se relata en el final del Libro de Josué (Josué 24:29) y en el Libro de Jueces (Jueces 2:8).
Detalles de su muerte y sepultura
Edad: Murió siendo anciano y lleno de días a los 110 años.
Título: Es despedido y recordado en la Biblia como el «siervo del Señor».
Lugar de sepultura: Fue enterrado en su propiedad en Timnat-sérah (también llamada Timnat-sera), situada en la región montañosa de Efraín, al norte del monte de Gaas.

El contexto de su despedida
Último discurso: Antes de morir, Josué reunió a los líderes, ancianos y al pueblo de Israel en Siquem para renovar su pacto con Dios.
Advertencia: Les recordó las maravillas que Dios hizo al sacarlos de Egipto y conquistar Canaán. También les advirtió que debían mantenerse fieles y no adorar a los dioses de las naciones extranjeras.
El cambio de época: El texto bíblico señala que Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y de los ancianos que lo sobrevivieron, pero después se levantó una nueva generación que no conocía a Dios ni sus obras

PRINCIPALES CARACTERISTICAS DE JOSUE
Josué, el líder bíblico y sucesor de Moisés, se destacó por cinco características principales:
Obediencia estricta: Cumplió fielmente todas las leyes y mandamientos dados por Dios y por su mentor Moisés.
Valentía y esfuerzo: Fue llamado por Dios a ser fuerte y valiente para guiar al pueblo a la Tierra Prometida sin temor ante los desafíos
Fe y visión profunda: Demostró una gran confianza en las promesas divinas, destacando desde joven entre los espías que fueron a explorar Canaán.
Espíritu de servicio y humildad: Aprendió a servir pacientemente como asistente y discípulo de Moisés antes de asumir el liderazgo.
Fidelidad inquebrantable: Mantuvo su compromiso con Dios a lo largo de toda su vida, guiando espiritualmente al pueblo de Israel

CONTENIDO DEL LIBRO DE JOSUE EN LA BIBLIA

El libro de Josué contiene dos partes: la conquista de la tierra prometida y la subsiguiente división.

a. Capítulos 1 a 12: La Conquista
Caps. 1-3: Josué entra a la tierra prometida, luego de que sus espías le aseguraran de que el camino era seguro. Era el décimo día del primer mes, cuarenta y un años luego del Éxodo. El canal del Jordán estaba seco durante el paso de Israel
Cap. 4: Se erigió un monumento en medio del Jordán y uno en Guilgal, pára conmemorar el milagro. Josué acampa en Guilgal.
Cap. 5: Los israelitas nacidos durante el viaje fueron circuncidados; se celebra la pascua por primera vez en la tierra prometida; el maná deja de caer; Josué es fortalecido por la visión de un ángel.
Cap. 6. Los muros de Jericó caen sin un solo golpe; la ciudad es saqueada; sus habitantes son ejecutados; sólo la familia de Rahab es perdonada.
Caps. 7-8,29: Israel sube contra Ay. El crimen de Akán les causa la derrota. Josué castiga dicho crimen y toma a Ay.
Caps. 8,30-9: Erige un altar en el Monte Ebal; subyuga a los gabaonitas.
Caps. 10-12: derrota a los reyes de [[Jerusalén, Hebrón, Yarmut, Lakis y Eglón; captura y destruye a Maquedá, Libná, Lakis, Egrón, Hebrón, Dabir y el sur hasta Gaza; marcha hacia el norte y derrota las fuerzas combinadas de los reyes de los torrentes de Merón.
(b) Caps. 13-22: La División de la Tierra entre las tribus de Israel
 Caps. 23-24: Epílogo: último mensaje y muerte de Josué.

Canon
a. En el canon judío, Josué está entre los primeros profetas Josué, Jueces y los cuatro Libros de los Reyes. No fue agrupado con el Pentateuco, principalmente porque, a diferencia de Éxodo y Levítico, no contenía la Torah o ley; también porque los cinco libros de la Torah fueron adjudicados a Moisés (ver Pentateuco).
b. En el canon cristiano, Josué siempre ha tenido el mismo lugar que en el canon judío.

Unidad
Casi todos los no católicos han seguido las críticas sobre el tema del “Hexateuco”; inclusive el conservador Hastings, “Diccionario de la Biblia” ed. 1909, daba por sentado que Josué es una obra compuesta de fragmentos después del Exilio. 
La primera parte, (1-12) está constituida por dos documentos, probablemente J y E (elementos yahvistas y elohistas) reunidos por J E y luego revisados por el editor deuterocanónico (D); a éste último se le adjudica todo el primer capítulo. Muy poco de este trabajo es obra de P (el compilador del código sacerdotal).

En la segunda parte (13-22) los críticos no están seguros si la última edición fue trabajo del deuteronómico o del editor sacerdotal; concuerdan en que las mismas manos de J, E, D y P trabajan en ambas partes, y que las porciones que deben ser adjudicadas a P tienen características que no todas se encuentran en su trabajo en el Pentateuco. La redacción final es post-exílica, un trabajo realizado cerca del 440-400 a.C.

En resumen, ésa es la teoría de los críticos, que difieren aquí como dondequiera en materia de los detalles asignados a los varios escritores y en el orden de las ediciones, la cual todos asumen como ciertamente hecha. (Ver G.A. Smith y Welch en Hastings “Diccionario de la Biblia” ediciones grandes y pequeñas respectivamente, s.v. “Josué”; Morre en Cheyne “Encyclopedia Biblica”; Wellhausen, "Die Composition des Hexateuchs und der historischen Bücher des A. T.", Berlín, 1889; Driver, "Introducción a la Literatura del Antiguo Testamento", Nueva York, 1892, 96.)
  • Los judíos no conocían tal Hexateuco, ni los seis libros puestos juntos por un editor final; siempre mantuvieron una distinción clara entre el Pentateuco y Josué, y más bien relacionaron a Josué con Jueces que con el Deuteronomio. El bien conocido prefacio al Eclesiástico (Septuaginta) separa la “Ley” de los “Profetas”. 
  • Los samaritanos tienen la Torah completamente separado del recién descubierto Josué samaritano.
  • Los católicos, casi universalmente defienden la unidad de Josué. Es verdad que, antes del decreto de la Comisión Bíblica sobre el asunto de la autoría múltiple del Pentateuco, algunos católicos asignaban Josué, así como los cinco libros mosaicos, a J, E, D y P. Los eruditos bíblicos católicos están a favor de la unidad pre-exílica de la composición de Josué y su independencia editorial del Pentateuco. Esta independencia se muestra en la integridad y originalidad del plan del libro. Hemos visto la unidad de este plan en la conquista de Josué y la división de la tierra prometida. Está claro el propósito de llevar adelante la historia del pueblo escogido luego de la muerte de Moisés.
El propósito del Pentateuco era muy distinto, el codificar las leyes del pueblo escogido; así como darle continuidad a su historia primitiva. En Josué no hay codificación de leyes. Los críticos argumentan que la muerte de Moisés dejó un vacío a ser llenado, es decir, la conquista de la tierra prometida y, por lo tanto, postulan esta conquista para la integridad histórica, si no para la legal, del Pentateuco. 
Tal hipótesis podría justificar el postulado también de que la historia de la conquista luego de la muerte de Josué era necesaria para la integridad histórica del Pentateuco. Nuevamente, la integridad de la narrativa de Josué sobre la conquista de la tierra prometida está clara desde el hecho que repite información que ya había sido dada en el Pentateuco y son detalles de la conquista.

Las órdenes de Moisés a los hijos de Rubén y Gad están claramente planteadas en el Pentateuco (Núm. 32,20ss.); así también, en la ejecución de estas órdenes por los rubenitas y gaditas en las tierras de los amorreos y de Basán (Num., 32,33-38).
 Si Josué es parte de un compuesto y posterior composición tardía con los cuales los críticos hicieron los libros mosaicos, ¿cómo es posible que estos mismos datos en relación a los hijos de Rubén y de Gad se repitan por los supuestos Deuteronómicos D1 o D2 cuando él unificó el J y E y P de Josué? ¿Por qué interrumpe su narrativa continua (ver Jos. 1,12; 13,15-28)? ¿Por qué esta inútil repetición de los mismos nombres, si no fuera por la unidad de composición de Josué? ¿Por qué se repiten los nombres de las ciudades de refugio (cf. 20,8; Deut. 4,41ss.)?
 Para responder éstas y otras dificultades similares, los críticos han recurrido a un subterfugio no crítico: D1 o D2 no se traen a discusión en la escuela del criticismo moderno; de ahí, sus desatinos. No podemos aceptar tan poco críticamente y exento de trabas a un escritor como el inspirado y escogido por Dios editor del Pentateuco y Josué. Para una refutación total de los críticos, vea a Cornely “Introd. Specialis in Hist. V. t. Libros”, II (París, 1887,177).

Autoría
a. El Libro de Josué fue ciertamente escrito antes del tiempo de David, pues los cananeos todavía habitaban en Guézer (16,10), los jebuseos en Jerusalén (15,63), y Sidón mantenía la supremacía sobre Fenicia (16,28); mientras que antes del tiempo de Salomón, los egipcios habían expulsado a los cananeos fuera de Guézer (1 Rey. 9,16), David había capturado Jerusalén en el octavo año de su reinado (2 Sam. 5,5), y Tiro (siglo XII a.C.) había suplantado a Sidón en la supremacía de Fenicia. Más aún, durante el tiempo de David ningún escritor pudo haber establecido a sus aliados, los fenicios, entre los pueblos a ser destruidos (13,6).

b. Evidencia interna favorece la opinión de que el autor vivió no mucho tiempo después de la muerte de Josué. El territorio asignado a cada tribu está descrito con bastante exactitud. Solo se establece la tierra asignada a Efraín (16,5) porque la ocupación fue demorada (17,16). Por otro lado, se nos cuenta no sólo de la porción de tierra asignada a Judá y Benjamín, sino también de las ciudades que capturaron (15,1ss.; 18,11ss.); en cuanto a las otras tribus, el progreso hecho en ganar las ciudades de su lote se nos narra con una precisión que no se podría explicar si fuésemos a admitir que la narrativa es post-exílica en su redacción final. Sólo el inadmisible centón de poco críticos D1 o D2 servirán para explicar este argumento.

c. El problema persiste: ¿Acaso Josué escribió todo excepto el epílogo? Los católicos están divididos. Muchos de los Padres parecen haber dado por sentado que el autor es Josué; incluso ha habido católicos que han atribuido la obra a alguien poco después de la muerte del gran líder. Teodoreto (In Jos., q. XIV), Pseudo-Atanasio (Synopsis Sacr. Scrip.), Tostato (En Jos. I, q. XIII; VII) Maes ("Josue Imperatoris Historia", Amberes, 1574), Haneberg ("Gesch. der bibl. Offenbarung", Ratisbon, 1863, 202), Danko ("Hist. Rev. Div. V. T.", Viena, 1862, 200), Meignan ("De Moïse à David", Paris, 1896, 335), y muchos otros autores católicos admiten que el Libro de Josué contiene signos de edición posterior; aunque todos insisten que esta edición fue hecha antes del Exilio.

Historicidad
La Comisión Bíblica (15 de febrero de 1909) ha decretado la historicidad de la narrativa primitiva del Génesis 1-3; a fortiori no tolerará que un Católico niegue la historicidad de Josué. 
La principal objeción de los racionalistas al valor histórico del libro es la casi sobrecogedora fuerza de los milagros que se encuentran en él; esta objeción no tiene valor para el exegeta católico.
 Otras objeciones se anticipan en el tratamiento de la autenticidad del trabajo. Una respuesta completa a las objeciones racionalistas puede ser encontrada en los trabajos estándares de católicos en las introducciones.
  • Los santos Pablo (Heb. 11,30-31; 13,5) Santiago (2,25), y Esteban (Hch. 7,45), la tradición de la sinagoga y la de la Iglesia aceptan el Libro de Josué como histórico.
  • Para los Padres, Josué fue una persona histórica y una figura del Mesías. Como un antídoto a las acusaciones de que Josué fue cruel y homicida, etc, se deben leer los relatos asirios y egipcios del casi contemporáneo tratamiento al derrotado.
  • San Agustín resolvió la dificultad racionalista diciendo que las abominaciones de los cananeos merecían el castigo que Dios, como Amo del mundo, impartido por la mano de Israel (en Hept., III, 56; P.L., XXXIV, 702, 816). Estas abominaciones de culto fálico y sacrificio de infantes han sido comprobadas por las excavaciones del Fondo para la Exploración Palestina en Guézer.

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Historia de la Iglesia Siglo XIII - Edad Media

Autor: P. Antonio Rivero
Fuente: Catholic net

INTRODUCCIÓN
Llegamos al máximo esplendor de la cultura forjada lentamente durante la Edad Media. Después de estos resplandores, comenzará el paulatino declive del medioevo.

Es el siglo del gran papa Inocencio III que quiso llevar a cabo el ideal de una sociedad político-religiosa medieval, en cuya cima estuviera la supremacía papal. Es un siglo en que continúan las cruzadas, y en que nacen las grandes órdenes mendicantes, como la de san Francisco de Asís y la de santo Domingo de Guzmán. Es también el siglo que ve aparecer la inquisición, y admira las expediciones de Marco Polo por el lejano oriente, hasta China. Es el siglo de las universidades y de las grandes lumbreras intelectuales, como san Alberto Magno y su discípulo santo Tomás de Aquino. Es el siglo del arte gótico. Es el siglo de la Carta Magna o Constitución, que limitaba los derechos absolutos de los reyes. ¡Interesante siglo!

La cristiandad no sólo promovió el desarrollo de las ciencias sagradas, sino que dio vida a la institución destinada específicamente a desarrollar la ciencia y a difundir la cultura superior: la universidad. Surgen por impulso de la Iglesia las universidades de París, Oxford, Bolonia. Salamanca.

A partir del siglo XIII la evolución de la sociedad medieval señaló nuevos rumbos a las preferencias populares. Existía ahora una población urbana cada vez más considerable y en las ciudades se establecieron también las nuevas órdenes de religiosos mendicantes, que pronto ejercieron un poderoso atractivo sobre los fieles.

I.SUCESOS
“¡Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, Jerusalén...!”

Las cruzadas del siglo XIII presentan ya signos de decadencia.
Surgen por impulso de la Iglesia las universidades (1202-1204) tenía como fin devolver vida y fuerzas al agonizante reino franco, que se había establecido en Tierra Santa. Pero se desvió de sus verdaderos fines, y en vez de dirigirse a Palestina, los cruzados penetraron en Bizancio (Constantinopla) en 1204 y depusieron al emperador Alejo V. Coronaron a Belduino de Flandes e instauraron allí un imperio latino que perduraría más de medio siglo. Bizancio quedó así convertida en feudo papal, hasta 1260. Este hecho fue uno de los principales agravios, cometidos por los cristianos occidentales a los cristianos ortodoxos de oriente

En la quinta cruzada (1217-1221) Andrés II de Hungría obtuvo únicamente avances precarios. Esta cruzada se dirigió a Siria y Egipto.

La sexta cruzada (1228-1229) fue capitaneada por el emperador Federico II, emperador excomulgado por el Papa. Mediante alianzas habilísimas, propias de su genio político, y sin recurrir a las acciones bélicas, instauró en Jerusalén una política de tolerancia religiosa. Un tratado con el sultán de Egipto puso en manos de Federico Jerusalén, Belén, Nazaret y otros lugares, a cambio de territorios poseídos por los cristianos al norte de Siria. En marzo de 1229, Federico hizo su entrada solemne en Jerusalén, mientras el patriarca latino lanzaba el entredicho sobre la ciudad. Jerusalén permaneció tan sólo quince años en manos de los cristianos y en agosto de 1244 se perdió definitivamente.

Las dos últimas cruzadas fueron empresas completamente francesas, organizadas por el santo rey Luis IX.
La séptima (1248-1254), dirigida contra Egipto, tenía como fin recobrar nuevamente Jerusalén, caída en poder turco en 1244. Los cristianos se habían replegado a unas cuantas fortificaciones, como san Juan de Arce y Antioquía. Terminó en un desastre. El rey y el ejército fueron hechos prisioneros y tuvieron que pagar un cuantioso rescate por la libertad.

La octava y la última cruzada (1270) fue llevada a cabo por el mismo rey san Luis, en respuesta al llamado del Papa Inocencio IV para contener el avance turco. Antes de partir hacia Jerusalén, se apoderó de Túnez, en el norte de África. Allí murió, víctima de la disentería; y con él su ejército sufrió también esa terrible epidemia. No se hará otro intento más para reconquistar la Tierra Santa.

En España hubo una cruzada contra los musulmanes, en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), que terminó con la victoria de los europeos que auxiliaron al rey español Alfonso IX. Durante el resto del siglo san Fernando III, Alfonso X el sabio, Alfonso el batallador y Jaime el conquistador, harán retroceder a los moros hacia el sur de la península ibérica.

¿Qué herejías azotaron a la Iglesia en este siglo?
Primero, los Valdenses. En Francia surgió la herejía de Pedro Valdés, nacido en Lyon, que un buen día abandonó sus negocios y partió a predicar el evangelio, dando ejemplo de pobreza, austeridad y desprendimiento y arrastrando compañeros de Suiza y Alemania. Atacó las costumbres de los clérigos relajados e invitaba a volver al cristianismo primitivo, pero no estuvo inmune de errores dogmáticos en sus predicaciones. Los “perfectos” entre los valdenses hacían los tres votos de pobreza, castidad y obediencia; y los simples seglares se arrogaban el derecho de celebrar la eucaristía. Sólo admitían el bautismo, la penitencia y la eucaristía. El Papa Lucio III los excomulgó.

Continuaron los albigenses o cátaros. Eran más peligrosos por su mayor difusión y por su más franco alejamiento de la fe católica. Se llamaban albigenses por la ciudad de Albi; y cátaros o puros. No reconocían una iglesia visible, rechazaban toda autoridad espiritual y temporal y no admitían ni la guerra ni la pena de muerte. Sólo tenían un sacramento, el bautismo del espíritu, el consolamentum, que por lo demás sólo recibían los “perfectos”; los cuales quedaban obligados después de su recepción a llevar una vida rigurosamente ascética. Los restantes sólo recibían el consolamentum en la hora de la muerte. El Papa Inocencio III invitó al rey de Francia a una cruzada contra ellos, que desembocó en una horrible crueldad por ambos bandos.

Hechos políticos importantes
Los nobles ingleses obligaron al rey Juan sin Tierra a firmar la Carta Magna o Constitución que delimitaba los derechos del rey, en contra de sus pretensiones absolutistas.

En el reinado de su sucesor, Enrique III, fue instituida la cámara de los comunes o parlamento. Ambos ejemplos fueron, muchos siglos después, copiados por un gran número de países.

Otomán, el turco, fundó el imperio llamado otomano en 1259, y con ello motivó en gran parte el surgir de las cruzadas que hemos señalado. Dicho imperio constituirá un peligro constante para Europa hasta la batalla de Lepanto del año 1572, en que fueron vencidos los otomanos por la escuadra cristiana, gracias a la intercesión de la Virgen María Auxiliadora .

II.RESPUESTA DE LA IGLESIA

De nuevo, luces y sombras...
En el siglo XIII la Iglesia medieval había llegado a su edad de oro. Pero como la naturaleza es débil, al hombre le resulta difícil mantenerse en las cimas y comete flaquezas. A fines del siglo XIII aparecen síntomas de decadencia. Ni el sacerdote concubinario, ni el monje aburguesado, ni el obispo político y feudal habían desaparecido por completo en este tiempo. La preparación del clero parroquial y su formación espiritual era muy deficiente. La elección para cargos o beneficios –obispos y abadías- que había mejorado tras las intervención de Gregorio VII, en la actualidad había descendido a niveles lamentables.

Por estos tiempos los papas, que eran los obispos de Roma y estaban obligados a cuidar su grey, poco tiempo residían en la misma Roma. Según la costumbre de esa época, elegían al Papa en el mismo lugar donde había fallecido su antecesor. Muchos pontífices fueron elegidos fuera de Roma, y luego retrasaban su viaje a Roma para atenderla como pastores.

Pero también hubo hechos muy positivos en la Iglesia de este siglo.

La Iglesia apoyó las cruzadas y condenó las herejías. Para ello convocó varios concilios.
El IV Concilio de Letrán, convocado por Inocencio III en 1215, condenó a los valdenses y a los albigenses. Reprobó la venta de reliquias, ordenó la confesión y comunión anual, estimuló las cruzadas, y legisló sobre la disciplina sacerdotal.

El Concilio de Lyon de 1245 hizo un triste balance del estado espiritual de la cristiandad y señaló sus principales llagas: relajación de los clérigos, peligro de Jerusalén y Bizancio por las amenazas de los turcos, inminencia de la invasión de los mongoles en Europa, y sobre todo las guerras de Federico II, rey de Francia, al que el concilio tuvo que excomulgar.

El II concilio de Lyon, en 1274, volvió a hacer un llamamiento a los príncipes cristianos para acudir en auxilio de Tierra Santa. Asimismo buscó la unión con la iglesia bizantina y dictó medidas para reformar las costumbres eclesiásticas. Con el fin de evitar más intromisiones civiles en la elección de los sumos pontífices, el concilio ordenó que los cardenales escogieran al sucesor del Papa difunto. La reunión de los cardenales para la elección del Papa desde entonces se llama cónclave.

Balance de las cruzadas
Una palabra sobre la cuarta cruzada en la que cruzados arrasaron Bizancio o Constantinopla en 1202. Fue un triste episodio . Este hecho se presenta de ordinario como algo querido por el Papa de entonces. En realidad, está documentado que Inocencio III se horrorizó al conocer la noticia y excomulgó a los responsables de semejante barbarie. Ese acto vandálico estuvo motivado por la ambición política de algunos de los caballeros cruzados, capitaneados por la República de Venecia que buscaba la supremacía comercial.

Hagamos un breve saldo de las cruzadas:
  • ·Encauzaron el espíritu caballeresco de la época hacia ideales religiosos. Esto no quita que entre los cruzados hubiera gente indeseable.
  • ·Al menos al inicio, unió a pueblos diversos en la defensa de la fe común. Pero poco a poco se evidenciaron sus divisiones e intereses.
  • ·En algunos despertó el espíritu misionero: san Francisco de Asís viajó a Siria (1212) y envió los primeros franciscanos a Marruecos (1219).
  • ·Hubo muchos hechos ignominiosos, pero no deben hacer olvidar personajes ilustres como Godofredo y san Luis de Francia, que lucharon con grande idealismo cristiano.

Las Órdenes Mendicantes
Ante la relajación de algunos eclesiásticos, Dios no se olvidó de su Iglesia. Al contrario, hizo surgir las órdenes mendicantes. Sus fundadores quisieron responder a la llamada del evangelio y a las necesidades de su tiempo. Fueron sensibles en particular al desarrollo de la herejía, al movimiento urbano y a la fermentación intelectual.

Las órdenes mendicantes se llamaban así, porque en un tiempo en que los pastores de la iglesia se enriquecen siempre más, los monasterios abundan en tierras y en bienes, y la nueva burguesía de las ciudades se desvive por aumentar sus ganancias, ellos hacen voto de perfecta pobreza. En un tiempo en que se ahonda cada vez más la diferencia entre los grandes señores y el pueblo llano, ellos predican la fraternidad cristiana. Su vida ya no depende de tierras de labranza ni de rentas. Viven de la limosna. Ya no se llaman monjes, sino hermanos. Las principales órdenes mendicantes fueron la de los franciscanos y la de los dominicos.

Los dominicos: es la llamada Orden de los Predicadores, apoyada por el gran Papa Inocencio III y aprobada más tarde por Honorio III en 1216. Fue fundada por santo Domingo de Guzmán, nacido en España hacia el año 1170.

Sale al encuentro de los herejes cátaros o valdenses, imitando la pobreza de Cristo pobre y aceptando las controversias dogmáticas con ellos. El obispo de Toulouse (Francia) aprueba en el año 1215 al pequeño grupo de predicadores: “Constituimos como predicadores en nuestra diócesis al hermano Domingo y a sus compañeros, a fin de extirpar la corrupción de la herejía, arrojar los vicios, enseñar la regla de la fe e inculcar sanas costumbres a los hombres”.

Su programa regular es portarse como religiosos, es decir, hacer los tres votos de pobreza, castidad y obediencia; ir a pie, predicar la palabra evangélica, vivir la pobreza de Jesús, alimentándose con lo que les dan. Fin y objeto de la nueva orden era crear un grupo de sacerdotes aptos y altamente preparados para predicar al pueblo la sana doctrina. Dedicaron, pues, los dominicos especial atención al estudio. Tanto descollaron en las ciencias que, en vida del fundador, enseñaban ya en la universidad de París. En esa universidad brillaron de manera especial san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino.

La organización de la orden es democrática. Los cargos son electivos y temporales. Tan sólo el maestro general es elegido para toda la vida. No disponen de las rentas de las grandes abadías, sino que obtienen de las limosnas los medios de subsistencia. Se dirigen especialmente a las gentes de la ciudad, a los miembros de las corporaciones y enseñan en las universidades. En 1216 el Papa aprueba esta orden, y adoptan la regla de san Agustín. El Papa Gregorio IX les encarga la responsabilidad de la inquisición eclesial, de la que hablaremos más tarde.

Los Franciscanos: Francisco, nacido en Asís (Italia) hacia el año 1181, era hijo de un rico mercader, y en el año 1205 abandona sus sueños de caballería para consagrarse a la Dama Pobreza. Se encuentra con Cristo pobre en un leproso. Cree al principio que Cristo le pide que repare las iglesias, como la de san Damián; pero más tarde comprenderá que Dios le llama a la reforma de la Iglesia, en la que se filtran abusos y modos de vivir que contradicen la santidad de las costumbres y la doctrina de la Iglesia. Después de devolver a su padre todos sus bienes e incluso sus vestidos, pide como limosna la comida y los materiales de construcción. Su vida es la de los ermitaños. Pero en 1208, oye el evangelio en la iglesia de la Porciúncula: “Id, proclamad que está cerca el reino de Dios. No llevéis oro ni plata...”. Con algunos compañeros, va por los caminos proclamando con alegría la buena nueva de la paz. Predica sin ser sacerdote. Se sentía indigno de serlo, y nunca quiso recibir la ordenación sacerdotal.

Su lema es: “paz y bien”. No quiere pronunciar ningún juicio contra los sacerdotes ni contra los demás pastores de la iglesia. Pide tan sólo un espacio de libertad para vivir según el evangelio. El Papa Inocencio III aprueba en 1209 el género de vida de los que desean ser “menores”, estar entre los más pobres en la escala social. Se limitarán a una predicación moral, y no tanto doctrinal, como los dominicos. En 1209, Francisco tiene doce compañeros; diez años más tarde son 3.000. En 1212, Clara y sus compañeras siguen el ejemplo de Francisco y así fundan la orden de las Clarisas.

En 1219 Francisco parte hacia los santos lugares y se esfuerza en convencer al sultán de Egipto para que respeten los Santos Lugares. Algunos de sus hermanos desean tener una organización más rigurosa, unos conventos, unas casas de estudio. Aquello le preocupa a Francisco. Aunque el evangelio sea su única regla de vida, ve la necesidad de redactar una regla (1223). Pero continúa con su gozosa predicación.

La Navidad de 1223 la celebra organizando, por primera vez en la historia de la iglesia, un Belén viviente. Al año siguiente queda marcado con las llagas o estigmas de Cristo, pero no pierde la paz y la alegría. Es famoso su Cántico de las Creaturas, en el que canta su amor a la naturaleza, al sol, al agua... y Dios creador de todo. Procura la paz entre los señores locales.

Su testamento de 1226 expresa cierta nostalgia de los comienzos. Fiel a visión sobrenatural de la vida, acoge con serenidad a la “hermana muerte” el 3 de octubre de 1226. Dos años más tarde es canonizado. La orden de hermanos menores tuvo una existencia difícil, pues se dividió por el diverso modo de interpretar la fidelidad a su fundador. A pesar de ello, Francisco siguió siendo el santo más popular de la Edad Media. Es el testigo por excelencia de la vuelta al evangelio, y desconcierta a sus contemporáneos medievales con su imitación radical de Cristo, con su amor a la naturaleza, y con su rechazo de toda riqueza que con frecuencia falsea las relaciones entre los hombres.

¿Qué aportaron estas órdenes mendicantes a la Iglesia y al mundo?

Lo esencialmente nuevo que aportaban las órdenes mendicantes, no era en realidad la pobreza personal de los miembros individuales. Todas las órdenes anteriores habían observado una vida rigurosamente austera con renuncia a la propiedad privada, y en ello se habían distinguido los cistercienses.

Lo nuevo consistía en que tampoco el convento debía poseer nada. El convento de los mendicantes no es ya una abadía con bosques, pesquerías, campo de labor, colonos y aparceros, sino un lugar que sólo proporciona el mínimo indispensable para la vida: unas celdas en torno a una iglesia, acaso un pequeño huerto y nada más. Para los mendicantes, la patria ya no es el monasterio, sino la orden. Desaparece aquella estabilidad, aquel enraizamiento en el suelo, que desde san Benito había constituido la base de la vida monástica. Pero esto sólo era posible a condición de que los miembros redujeran también al mínimo sus necesidades personales. Los mendicantes no vivían como unos señores espirituales, análogos a los feudales, sino como hermanos que convivían con sus iguales. Practicaban la cura de almas, en forma desinteresada. La gente no tenía que ir a ellos, sino que eran ellos los que iban a la gente. La predicación estaba destinada a todos y no era para forzar, sino para convencer y motivar a la virtud, a la vuelta al evangelio. Hasta entonces el pastor de almas había inspirado respeto, acaso también temor; ahora los mendicantes inspiran admiración y amor.

Fue característico de los mendicantes tener una orden primera – la de los varones-, una orden segunda –la de las mujeres-, y una orden tercera compuesta por los seglares que deseaban vivir según el mismo espíritu. Las órdenes terceras fueron y son escuelas de santidad. Figuran entre los primeros terciarios franciscanos santa Isabel de Hungría y san Luis, rey de Francia.

Impulso de los sacramentos y la piedad cristiana
Ante el declive espiritual la Iglesia tomó cartas en el asunto y se preocupó por impulsar los sacramentos y la fe.

¿Cuándo se administraba el bautismo?
Lo común era bautizar a los niños apenas nacidos, y no solamente en Pascua o en Pentecostés como antes. Se administraba el sacramento derramando agua sobre la cabeza y no por inmersión. Era tal la importancia que atribuían al bautismo, que los niños muertos al nacer eran llevados a algunos santuarios, pues creían que recobraban la vida el tiempo suficiente para recibir el bautismo.

¿Nuevas normativas para la confesión y comunión?
En 1215 el concilio Lateranense IV marca a los cristianos la obligación de confesar sus pecados y de comulgar al menos una vez al año, en tiempo de pascua y en sus propias parroquias. El sacramento de la penitencia viene llamado “confesión”. Los más fervorosos no comulgan más que dos o tres veces al año por respeto a la eucaristía. Hoy diríamos, porque no tenían toda la comprensión de este sacramento. Más que comulgar, lo importante en ese tiempo era ver el misterio sagrado de la misa; de ahí la importancia que ganan en ese tiempo la elevación de la hostia en la misa, la exposición del Santísimo Sacramento y la fiesta del Hábeas, instituida en este siglo XIII. Se le atribuyen virtudes especiales a la visión de la hostia.

Entre los teólogos medievales no todos estaban de acuerdo en afirmar la sacramentalidad del matrimonio, pero todos reconocían su valor moral, su unidad e indisolubilidad.

La piedad popular expresa de una manera especial la fe en la presencia real de Cristo en la eucaristía, como reacción ante la herejía de Berengario de Tours. En efecto, es en este tiempo cuando comienzan diversas costumbres que persisten doy día, como doblar la rodilla ante el Santísimo, incensarlo, colocar una lámpara encendida para indicar la presencia de Cristo en el tabernáculo, elevar la hostia consagrada para que los fieles la adoren. También data de este tiempo la procesión del Corpus Christi y el rezo del rosario. Las peregrinaciones son frecuentes, y las expresiones de arte son casi exclusivamente religiosas.

La inquisición
¿Qué hizo la Iglesia frente a las herejías y disidentes?
Desde el siglo XII apareció una inquisición a nivel episcopal: los obispos tenían el deber de detectar los posibles herejes existentes en sus diócesis y entregarlos a la autoridad secular, para que les aplicase la pena pertinente. El poder civil, por su parte, cooperaba activamente en la persecución de la herejía, y el propio emperador Federico II, el gran adversario del pontificado, promulgó en 1220 una constitución, ofreciéndose a la Iglesia como brazo secular y estableció la muerte en la hoguera para los herejes.

Mas como la inquisición episcopal resultaba poco eficaz, el Papa Gregorio IX creó 1232 la inquisición pontificia y la confió a los frailes mendicantes, especialmente a la Orden dominicana, que desde entonces tuvo como una de sus misiones específicas la lucha contra la herejía. Así quedó constituida definitivamente la inquisición eclesiástica.

Hablemos, pues, de la inquisición, hoy día tan desprestigiada y criticada .
La inquisición no nace contra el pueblo sino para responder a una petición de éste. En una sociedad –la medieval- preocupada sobre todo por la salvación eterna, el hereje es percibido por la gente como un peligro y como causante de los males y pestes. Para el hombre medieval el hereje es un contaminador, un enemigo de la salvación del alma, una persona que atrae el castigo divino sobre la comunidad. Por lo tanto, y tal como afirman las fuentes de aquel entonces, el dominico que llega para aislarlo y neutralizarlo, para inducirle a que cambie de idea, no se ve rodeado de “odio” , sino que es recibido con alivio y acompañado por la solidaridad popular. Y si la gente se muestra intolerante con este tribunal, no es porque sea opresivo, sino todo lo contrario, porque es demasiado tolerante y paciente con los herejes a los que quiere convertir; dichos herejes, si hemos de atender a la vox populi, no merecerían las garantías y la clemencia de la que los dominicos hacían gala. Lo que en realidad quería la gente era acabar con el asunto deprisa, deshacerse sin demasiados preámbulos de aquellas personas.

La inquisición no intervenía para excitar al populacho; al contrario, defendía de sus furias irracionales a las presuntas brujas. En caso de agitaciones, el inquisidor se presentaba en el lugar seguido por los miembros de su tribunal y, con frecuencia, con una cuadrilla de sus guardias armados. Lo primero que hacían estos últimos era restablecer el orden y mandar a sus casas a la chusma sedienta de sangre.

Acto seguido, y tomándose todo el tiempo necesario, practicando todas las averiguaciones, aplicando el derecho procesal de cuyo rigor y de cuya equidad deberíamos tomar ejemplo, se desarrollaba el proceso. En la gran mayoría de los casos y tal como prueban las investigaciones históricas, dicho proceso no terminaba con la hoguera sino con la absolución o con la advertencia o imposición de una penitencia religiosa. Quienes se arriesgaban a acabar mal eran aquellos que, después de las sentencias, volvían a gritar: “¡Abajo la bruja!” .

Hasta aquí la reflexión de Vittorio Messori.

Pero hay más que decir sobre la inquisición. Hubo inquisición secular llevada a cabo por los reyes y gobernantes; inquisición episcopal e inquisición papal. Ciertamente el castigo no era en primer lugar la muerte por el fuego; sino la cárcel, multas, peregrinaciones. La quema en hogueras la ejecutaba la inquisición secular , nunca la iglesia .

El decreto de Graciano (año 1140), que armoniza los textos jurídicos tradicionales (derecho romano, decretales, etc.), considera tres etapas en un proceso contra la herejía: intento de persuadir, sanciones canónicas (pronunciadas por la iglesia) y finalmente entrega al brazo secular, esto es, a la justicia de los príncipes. Estos procederán a la confiscación de bienes y a los castigos corporales y torturas, pero sin pensar explícitamente en la pena de muerte.

Tratando de resumir el tema de la inquisición, podríamos decir lo siguiente:
  • ·Definición: la inquisición fue un tribunal para la defensa y conservación de la fe cristiana.
  • ·Clases: la eclesiástica, que examinaba al interesado, le hacía reflexionar, le pedía que explicara bien sus puntos dudosos, los enmendara y corrigiera, si había error. Si no se corregía, la Iglesia lo ponía en manos de la inquisición civil; ésta, si no se corregían, los torturaba y los mandaba a la hoguera. Consideraban el bien espiritual de la fe más importante que el bien físico de la vida.
  • ·Juicio: la naturaleza y modo de actuar de la inquisición suscita a los ojos del historiador serios reparos: el procedimiento inquisitorial presentaba graves defectos, con el sistema de denuncias y testimonios secretos, que podía perjudicar gravemente a los acusados, y con la admisión de la tortura como medio de prueba.
La crueldad de la pena por el delito de herejía –la muerte en la hoguera- es patente, y no queda mitigada alegando que la ejecución de las sentencias era de la competencia del brazo secular. Mas es de justicia reconocer también que el procedimiento inquisitorial, pese a sus defectos, ofrecía mayores garantías de equidad que los juicios ante los tribunales civiles de aquel tiempo.

Debe tenerse en cuenta, igualmente, que la inquisición tuvo la desgracia de ser hija de su tiempo, esto es, que su nacimiento coincidió con el endurecimiento general de la vida jurídica que se produjo en los siglos XIII y XIV como consecuencia del renacimiento del derecho romano. Los juristas consideraban el derecho romano como el ordenamiento perfecto –la “razón escrita”- y ese derecho contenía una severísima legislación contra los herejes, que sirvió de pauta al sistema inquisitorial.

No ha de olvidarse que la recepción romanística –un evidente progreso jurídico- contribuyó en Europa a la extensión de la pena de muerte; y conviene también recordar que en muchas regiones provocó un empeoramiento en la condición social de las clases campesinas, cuando se aplicaron a payeses y aparceros las leyes romanas del Bajo Imperio, y los redujeron a la situación de siervos de la gleba.

Todos estos factores, de tan diverso signo, han de tenerse en cuenta cuando se quiere formular un juicio objetivo sobre la inquisición. Pero en todo caso ese juicio resulta imposible para el observador actual que sea incapaz de situarse en el pasado y, desde allí, tratar de comprender el significado que tenía la fe religiosa, en una época en que esa fe representaba el supremo valor . Aquella sociedad puso en su defensa el mismo apasionado interés que han demostrado modernamente ciertos países occidentales en la defensa de la libertad, hasta proscribir las ideologías y partidos totalitarios que pudieran amenazarla. Fue la seriedad misma con que vivían las propias convicciones religiosas la razón de considerar a la herejía como el peor de los crímenes, aquel que ponía en peligro el sumo bien, la salvación eterna de los hombres.

Tal vez un hombre “moderno”, con su sensibilidad actual, tan sólo acierte a comprender la conducta de sus mayores si toma como punto de referencia sus propias reacciones frente a las amenazas hacia unos bienes tan apreciados por la humanidad de hoy como pueden serlo la salud y la larga vida: el “hombre religioso” europeo puso en la lucha contra la herejía el mismo apasionado interés que el hombre moderno pone en la defensa de esos bienes, en la lucha contra el cáncer o la droga.

De todos los errores y desmanes que hubo, ya la Iglesia y el Papa Juan Pablo II ha pedido perdón con humildad. Hoy la Iglesia apuesta por el amor, la caridad. Prefiere hacer la verdad en la caridad. Hoy día nos cuesta entender este capítulo de la historia porque somos más sensibles a los derechos humanos y porque el bien de la fe hay que defenderlo, sí, pero nunca con la violencia.

La inquisición española
Mención aparte merece la inquisición española. Por eso quiero explayarme un poco más en ella, aunque sea adelantándome un poco al tiempo en que apareció.

Lo primero que hay que decir es que la inquisición española cae dentro del esquema de unidad nacional, política y religiosa que se propusieron llevar a cabo los Reyes Católicos.

Se han dado muchas opiniones sobre esta inquisición, unas positivas y otras negativas. Entre las opiniones negativas se encuentran las siguientes: algunos vieron en la inquisición española una fuente de ingresos para la curia romana, debido a la desmesurada codicia de los papas; o también una campaña de los mismos papas para infundir en el pueblo español y en sus monarcas las ideas de intolerancia y fanatismo de que ellos estaban animados.

De distinta manera piensan los cronistas e historiadores que fueron contemporáneos de los hechos . Cuentan que los judíos que se convirtieron al cristianismo, por conveniencia y no de corazón , pronto volvieron a sus andadas en secreto: robos, usuras, blasfemias y burlas de la doctrina cristiana. Esto llegó a oídos de los Reyes Católicos y lo informaron al papa, el cual firmó una bula, en la que mandaba instituir inquisidores. Estos conversos, a los que el pueblo despectivamente llamaba “marranos”, se convirtieron en un verdadero peligro para la unidad nacional y eclesiástica de España, pues la mayor parte de ellos conservaban ocultamente sus antiguas costumbres, y al mismo tiempo se dedicaban con el más ardoroso celo al proselitismo. Su influencia fue tanto más peligrosa cuanto que ellos tenían en sus manos las fuentes financieras de la nación.

Ludovico Pastor, autor de una monumental Historia de los Papas, escribe también a este propósito: “La ocasión para el restablecimiento de este tribunal...la dieron principalmente las circunstancias de los judíos españoles. En ninguna parte de Europa habían causado tantos disturbios el comercio sin conciencia y la usura más despiadada de los judíos como en la península Ibérica, tan ricamente bendecida por el cielo. De ahí se originaron persecuciones de los judíos, en los cuales sólo se les daba a elegir entre el bautismo o la muerte. De esta manera se produjo bien pronto en España un gran número de conversos en apariencia, los llamados “marranos” que eran judíos disfrazados y, por lo mismo, más peligrosos que los abiertos...Las cosas habían llegado últimamente a tal extremo, que ya se trataba del ser o no ser de la católica España” .

Por tanto, no se debió la inquisición española a pasiones bastardas ni a otros motivos de mala ley, sino al peligro para la unidad nacional y religiosa de España, de parte de los judíos aparentemente convertidos. Sin este grupo la inquisición española no hubiera existido o, por lo menos, no hubiera conocido el desarrollo que tuvo a partir del siglo XVI.

Vino después el problema de los moriscos y casi al mismo tiempo que el de los herejes. Las autoridades civiles, los eclesiásticos y el mismo pueblo piden que se tomen medidas contra ellos, por entender que eran un verdadero peligro para la sociedad. .

La inquisición española nace, en consecuencia, como algo propio y nacional, que poco o casi nada tiene que ver con la que ya existía en Europa desde principios del siglo XIII. Fue un instrumento político, con matices religiosos y apoyado por la Iglesia, que desde el primer momento quedó en manos del Estado.

La inquisición española se contradistingue de la medieval, fundada en 1231 por el Papa Gregorio IX, en dos puntos fundamentales: en su estrecha dependencia de los monarcas españoles y en la perfecta organización de que la dotó desde el principio su primer inquisidor general, Fray Tomás de Torquemada, O.P. Con las Instrucciones de que éste la dotó y basándose en las disposiciones existentes contra la herejía, organizó bien pronto diversos tribunales en Sevilla, Toledo, Valencia, Zaragoza, Barcelona y otras poblaciones, con lo cual se convirtió en un importante instrumento en manos de los Reyes Católicos y de sus sucesores Carlos V y Felipe II, quienes apoyaron constantemente su actuación.

Para tener una idea adecuada sobre la inquisición española es necesario conocer los procedimientos que empleaba, pues contra ellos suelen dirigirse buena parte de las inculpaciones de sus adversarios.
 El primer punto de controversia es el de las denuncias con que generalmente se iniciaban los procesos inquisitoriales. Estas denuncias se recogían, sobre todo, como resultado de la promulgación de los edictos de fe, en los que se exponían los posibles errores doctrinales cuando había sospecha de que pudieran darse en algunas ciudades o en alguna región, cargando la conciencia de los cristianos para que denunciaran a los sospechosos. Otras denuncias venían o bien de los mismos encarcelados para congraciarse con los jueces; o bien del espionaje, que de modo especial ejercían los llamados familiares de la inquisición.

La inquisición tenía un cuidado particular en reunir gran cantidad de denuncias bien confirmadas; no hacía caso de las anónimas, y en este punto procedía, en general, con la máxima objetividad. Respecto del espionaje, tenemos que decir que ha sido siempre un instrumento usado por los organismos mejor constituidos de todos los tiempos.

Sobre las cárceles de la inquisición, ni eran tan lóbregas, ni tan tétricas y oscuras, como tantas veces se ha dicho, pues de los procesos consta que los reos leían en ellas y escribían mucho. Eran relativamente moderadas, si se tienen presentes las que usaban los tribunales de aquel tiempo.

Los puntos más débiles del proceso de la inquisición eran el secreto de los testigos y el sistema de defensa.

Respecto al secreto de los testigos, tantas veces impugnado por los adversarios de este tribunal, debe advertirse que, si se admite el derecho del Estado y de la Iglesia para castigar a los herejes, el secreto de los testigos se hizo en realidad necesario, pues la experiencia había probado que sin él nadie se arriesgaba a presentar denuncias, y resultaban inútiles los esfuerzos de los inquisidores. Por eso, ya en la Edad Media tuvo que introducirse.

 Con todo, en esto precisamente estriba el punto más débil del sistema de defensa de la inquisición. El mismo tribunal nombraba a los abogados o letrados, por lo que el reo quedaba aparentemente sin defensa propia. Sin embargo, por poco que se examinen los procesos de la inquisición, puede verse la intensidad con que trabajaba la defensa y cómo muchas veces obtenía resultados favorables al reo. Había también testigos de abono, citados por el mismo reo, que no pocas veces influían en la marcha del proceso.

Indudablemente que el punto más impugnado de este tribunal es el tormento que se empleaba. Pero conviene observar, sin que sirva totalmente de excusa, que en aquel tiempo empleaban este sistema todos los tribunales legítimamente establecidos; que fueron muy pocos los procesos en que lo empleó la inquisición; y que los géneros de tormentos empleados por este tribunal eran “relativamente suaves”, y ciertamente mucho menos crueles que los empleados en otros países también por causa religiosa.

Por lo que se refiere a las penas aplicadas por la inquisición española, baste decir que no hizo otra cosa que aplicar las leyes y las normas ya existentes y admitidas entonces por todos los estados católicos y con mayor causa cuando los herejes, además de defender sus principios religiosos, se unían y se rebelaban contra sus príncipes y señores. Es bien claro el hecho de los hugonotes o protestantes franceses.

Las naciones cristianas tenían a los herejes como perturbadores públicos y enemigos suyos, y a su herejía como crimen contra el estado. Esto explica la solemnidad que se daba a veces a su juicio y condena, como en los tan comentados Autos de fe que se celebraron en España.

No es del todo cierto que la inquisición sirviera de obstáculo y freno al desarrollo de la ciencia, como a veces se ha creído. Hombres de letras y hasta santos y reformadores sabemos que tuvieron que ver con ella, implicados en largos y pesados procesos . Pero se ha demostrado que en ocasiones no fueron tales los procesos y que de lo que más bien se trataba era de examinar algunas doctrinas que pudieran presentarse como peligrosas en aquellos “tiempos recios”, como decía la misma santa Teresa.

La documentación que se ha encontrado en los archivos inquisitoriales reduce considerablemente el número de víctimas, como se ha querido atribuir a la inquisición. Puede decirse que la verdadera cultura y el humanismo sano y ortodoxo nunca fueron objeto de persecución por parte de los inquisidores.

Hubo ciertamente exageraciones. Así consta que las hubo en los primeros años de su actuación, a partir de 1481, en el tribunal de Sevilla y otros tribunales. Asimismo hubo partidismo y apasionamiento en algunos inquisidores y en algunos grandes procesos, como el del arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza, en la segunda mitad del siglo XVI. Se trata en estos casos de deficiencias humanas, como las ha habido siempre en todas las instituciones en las que toman parte los hombres, incluso en las más elevadas, como el episcopado y el pontificado romano.

Por otra parte, lo mismo que ocurrió con la expulsión de los judíos, tampoco se consiguieron con ella grandes resultados. Siguió habiendo herejes, y personas que mantenían ideas desviacionistas; y la represión inquisitorial que se llevó, por ejemplo, en Flandes, lo único que hizo fue provocar el odio a la religión católica, aislar a España de las demás naciones y avivar el ansia de independencia en aquellos países.

Si en algo se la puede entender, aunque no disculpar del todo, es colocándola en el clima de fe ardiente y de fuerte nacionalismo que invadía entonces a los españoles, los cuales consideraban a la herejía como crimen de estado, a la intolerancia más como imperativo que como virtud, y a la indulgencia como signo de extrema debilidad.

Por otra parte, ellos estaban convencidos de que, acabando con la herejía, evitaban una posible guerra civil y se hacían fuertes para rechazar los posibles ataques de turcos y protestantes. El pueblo llano era a veces más intolerante que los mismos inquisidores, como dijimos ya anteriormente.

Termino esta parte con el juicio de un estudioso:
 “Poco justifica considerar al tribunal puramente como un instrumento de la intolerancia fanática y por tanto hemos de estudiar a la inquisición no como un mero capítulo de la historia de la intolerancia, sino como una fase de desarrollo social y religioso de España...La intolerancia de la inquisición española tiene un significado sólo si se la relaciona con factores históricos mucho más amplios y complejos, de los que no siempre fue el más destacado o importante la solución del problema religioso...” .

Otras Órdenes en este siglo XIII
Nació en este siglo la orden de Ermitaños de san Agustín, dedicados a la predicación, instrucción y misiones. Fue aprobada por el Papa Alejandro IV. Son también mendicantes y a fines del siglo XV llegan a más de treinta mil. Uno de ellos sería fray Martín Lutero.

Otra orden fue la de la Merced, fundada por san Pedro Nolasco en 1218, por san Raimundo de Peñafort y Jaime I el conquistador. Su fin: rescatar de los moros a los cristianos cautivos. Fueron aprobados en 1235.

También es bueno recordar que desde el siglo XII ermitaños latinos vivían en el Monte Carmelo, situado en Palestina. Entre 1205 y 1214 redactaron una regla de vida. El papa Honorio III en 1226 confirmó la orden llamada de los Carmelitas; pero fue Inocencio IV en 1247 el que la aprobó. Su influencia en la iglesia llega a grado elevadísimo en el siglo XVI, con santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Hacia 1238 emigraron a occidente. Su primer prior fue Simón Stock. Introdujeron el uso del escapulario.

Esplendor de la Escolástica. Las Universidades
Los antiguos colegios catedralicios se transformaron en universidades o estudios generales. El nacimiento de las universidades se produjo con la espontánea naturalidad característica de las grandes creaciones históricas. Las viejas escuelas monásticas y catedrales no respondían ya a las necesidades de los tiempos, y por eso maestros y escolares de ciertas disciplinas comenzaron a agruparse libremente, con el fin de organizar las enseñanzas. Llegó un momento en que la “universidad”, la corporación de profesores y alumnos, constituyó un estudio general y recibió el reconocimiento público de la autoridad eclesiástica y civil.

La primera fue la de París ya organizada en el año 1200. Estas universidades superaban a las antiguas aulas por el número de alumnos, las facultades establecidas y la organización docente y administrativa. El número de Universidades creció pronto en Italia, Francia, Inglaterra, España. Descollaron las de Oxford, Montpellier, Cambridge, Nápoles, Salamanca y Lisboa. Fueron patrocinadas por papas, emperadores y reyes. Las universidades como obra que eran de la iglesia y reflejo del espíritu universalista de la cristiandad, tenían un marcado carácter supranacional.

Las facultades características de la universidad medieval fueron las de Teología, Derecho, Filosofía, Medicina y Artes, entendidas éstas como unos estudios humanísticos que eran el paso previo para las facultades superiores. La de París sobresalió en Teología y Filosofía; Bolonia en Derecho; Montpellier en Medicina. La de París gozó de una extraordinaria autoridad doctrinal en los últimos siglos de la Edad Media.

La universidad medieval fue una institución, no sólo cristiana, sino propiamente eclesiástica. Clérigos eran la mayor parte de los profesores y tonsurados, cuando menos, los escolares, que gozaban así de los tradicionales privilegios clericales.

Hasta el siglo XIII san Agustín era el alma de los estudios teológicos, siguiendo la corriente platónica. Desde este siglo, surgió otra corriente, la aristotélica. Resucitaron a Aristóteles el árabe Averroes en el siglo XII y el judío Maimónides. Más tarde, san Buenaventura, san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino “bautizaron” a Aristóteles.

Pero fue santo Tomás el titán que supo armonizar la filosofía de Aristóteles con el pensamiento cristiano. En un inicio recayeron sobre las obras de santo Tomás diversas prohibiciones. Posteriormente, su filosofía y teología fueron consideradas como oficiales en la Iglesia. Las obras más importantes de santo Tomás fueron: La Suma contra los Gentiles, una apologética frente a la filosofía musulmana; y la Suma Teológica, magna enciclopedia del saber teológico. Consta de tres partes: Dios, principio de todas las cosas; Dios, fin del hombre; Cristo, camino de la salvación.

La obra de santo Tomás fue muy importante, pues las traducciones primeras que se hicieron de Aristóteles eran árabes, y estaban infectadas por graves impurezas debidas a la acción de los transmisores y comentaristas árabes. Un Aristóteles recibido por conducto de Averroes y adobado de racionalismo y panteísmo averroísta, constituía un peligro considerable y es natural que fuera mirado por la Iglesia con justificada aprensión. Ésa fue la razón por la que los tratados de Aristóteles sobre metafísica y ciencias naturales fueron prohibidos en la universidad de París. Pero la “invasión” aristotélica era imposible de atajar y la Iglesia, en un realista cambio de postura, estimó acertadamente que podía intentarse algo mejor que rechazar a Aristóteles: cristianizarlo. Y aquí entró la labor de san Alberto Magno y su discípulo santo Tomás de Aquino.

A santo Tomás se le ha llamado Doctor Angélico. Fue una mente excepcional capaz de realizar una síntesis doctrinal, destinada a perdurar a través de los siglos. Parece increíble cómo santo Tomás, en una vida corta que no alcanzó los cincuenta años, lograse coronar la obra iniciada por Alberto y llevar a término la construcción de un aristotelismo cristiano.

Santo Tomás dejó una huella definitiva en la ciencia teológica y estableció sobre bases firmes los fundamentos de una concepción católica del mundo y de la existencia. Todavía hoy la iglesia, en su Código de Derecho Canónico, prescribe que su doctrina sirva de guía segura para el estudio de la filosofía y la teología en todas las universidades eclesiásticas.

CONCLUSIÓN
La empresa más característica de la cristiandad en este siglo fueron las cruzadas. De ordinario las cruzadas no fueron iniciativa de uno u otro reino, sino tarea común de la cristiandad bajo la dirección del Papa, que otorgaba gracias especiales a los combatientes. El espectáculo, tantas veces reiterado durante dos siglos, de príncipes y pueblos que tomaban el camino de Oriente impulsados por el afán de libertar el Santo Sepulcro, es una prueba impresionante de la profunda seriedad que tuvo la religiosidad medieval.

Sería impropio concebir los siglos de la cristiandad medieval como una época áurea, animada por los ideales evangélicos. Aquellos tiempos estuvieron también llenos de miserias y pecados personales, de desórdenes e injusticias. Pero resultaría todavía más falso ignorar la profunda impregnación cristiana de la vida de los hombres y de las estructuras familiares y sociales que entonces se produjo. Luces y sombras, como en toda empresa humana.

A finales de este siglo, el sistema doctrinal y político de la cristiandad hizo crisis con la aparición de un nuevo clima espiritual e ideológico que prevaleció en Europa durante la Baja Edad Media. El factor que de modo inmediato contribuyó más a aquella ruptura fue el enfrentamiento entre pontificado e imperio, representados por los papas sucesores de Inocencio III (1198-1216) y el emperador Federico II. La época de la crisis se abrió con el choque entre Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey de Francia, Felipe el Hermoso, en la búsqueda de la primacía en cuanto a poder sobre los destinos de los hombres. Lo veremos en el próximo siglo.

Comienza ya el otoño de la cristiandad y el nacimiento del espíritu laico. No obstante, fue un gran siglo para el mundo y para la Iglesia. Se estaba gestando algo grande, que sólo Dios sabía en su inmensa sabiduría y providencia.