¿Qué es la Pascua o Tiempo Pascual?

El Tiempo Pascual es el periodo de 50 días en el año litúrgico cristiano que celebra la resurrección de Jesucristo, extendiéndose desde el Domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés. Es considerado una "gran semana" de júbilo y alegría, representando la victoria sobre la muerte y la nueva vida, caracterizado por el uso del color blanco y la presencia del Cirio Pascual.

Aspectos clave y ejemplos de uso:
Duración: Abarca siete semanas, llamadas la Cincuentena, siendo la primera semana la "octava de Pascua".
Significado: Celebra el paso de Cristo de la muerte a la vida, celebrando este periodo como si fuera un solo día festivo.
Símbolos: La presencia del Cirio Pascual encendido en todas las celebraciones, simbolizando a Cristo Resucitado.
Liturgia: Se caracteriza por el uso del color blanco (luz, alegría), la omisión de la penitencia y el canto del Aleluya, junto con lecturas de los Hechos de los Apóstoles.
Finalización: Culmina con la fiesta de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo.
Sinónimos y términos afines: Se le conoce también como Tiempo de Pascua, Temporada de Pascua, o el tiempo de la "Cincuentena".

Días importantes dentro de este tiempo:
Domingo de Resurrección: Inicio de la Pascua.
Octava de Pascua: Los primeros ocho días hasta el segundo domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia).
Ascensión del Señor: Celebrada 40 días después de la Pascua.
Pentecostés: Cierre del tiempo pascual

El tiempo de Pascua, estallido de alegría, se extiende desde la vigilia Pascual hasta el domingo de Pentecostés. En estos cincuenta días la Iglesia nos envuelve en su alegría por la victoria del Señor sobre la muerte. Cristo vive, y viene a nuestro encuentro.

«Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, aleluya»[1]. 
El tiempo pascual es un anticipo de la felicidad que Jesucristo nos ha ganado con su victoria sobre la muerte. El Señor «fue entregado por nuestros pecados» y resucitó «para nuestra justificación»[2]: para que, permaneciendo en Él, nuestra alegría sea completa[3].

«He resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa» . Es la experiencia inefable de la resurrección, vivida por el Señor en las primeras luces del domingo.
En el conjunto del Año litúrgico, el tiempo pascual es el “tiempo fuerte” por antonomasia, porque el mensaje cristiano es anuncio alegre que surge con fuerza de la salvación obrada por el Señor en su “pascua”, su tránsito de la muerte a la vida nueva. «El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»[4].

Lo que sólo «unos pocos testigos elegidos de antemano por Dios»[5] pudieron experimentar en las apariciones del Resucitado, ahora se nos da en la liturgia, que nos hace revivir esos misterios. Como predicaba el Papa san León Magno, «todas las cosas relativas a nuestro Redentor que antes eran visibles, ahora han pasado a ser ritos sacramentales»[6]. Es expresiva la costumbre de los cristianos de Oriente que, conscientes de esta realidad, desde la mañana del domingo de Resurrección intercambian el beso pascual: «Christos anestē», Cristo ha resucitado; «alethōs anestē», verdaderamente ha resucitado.

La liturgia latina, que en la noche santa del sábado volcaba su alegría en el Exultet, en el domingo de Pascua la condensa en el hermoso introito Resurrexi: «he resucitado y aún estoy contigo, has puesto tu mano sobre mí; tu sabiduría ha sido maravillosa»[7]. Ponemos en labios del Señor, delicadamente, en términos de cálida oración filial al Padre, la experiencia inefable de la resurrección, vivida por Él en las primeras luces del domingo. Así nos animaba san Josemaría en su predicación a acercarnos a Cristo, sabiéndonos sus contemporáneos: «he querido recordar, aunque fuera brevemente, algunos de los aspectos de ese vivir actual de Cristo ―Iesus Christus heri et hodie; ipse et in sæcula―, porque ahí está el fundamento de toda la vida cristiana»[8]. El Señor quiere que le tratemos y hablemos de Él no en pasado, como se hace con un recuerdo, sino percibiendo su “hoy”, su actualidad, su viva compañía.


La Cincuentena pascual
Mucho antes de que existiera la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, la comunidad cristiana celebraba ya esta cincuentena de alegría. Quien durante estos días no expresara su júbilo era considerado como alguien que no había captado el núcleo de la fe, porque «con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[9]. Esta fiesta, tan prolongada, nos sugiere hasta qué punto «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros»[10]. En este tiempo, la Iglesia vive ya el gozo que el Señor le depara: algo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre»[11].

Este sentido escatológico, de anticipo del cielo, se refleja desde hace siglos en la praxis litúrgica de suprimir las lecturas del Antiguo Testamento durante el tiempo pascual. Si toda la Antigua Alianza es preparación, la Cincuentena pascual celebra, en cambio, la realidad del reino de Dios ya presente. En la Pascua todo ha sido renovado, y no cabe figura allí donde todo es cumplimiento. Por eso, en el tiempo pascual la liturgia proclama, junto al cuarto Evangelio, los Hechos de los Apóstoles y el libro del Apocalipsis: libros luminosos que tienen una especial afinidad con la espiritualidad de este tiempo.

Los escritores del Oriente y del Occidente cristianos contemplaron el conjunto de la Cincuentena pascual como un único y extenso día de fiesta. Por eso, los domingos de este tiempo no se llaman segundo, tercero, cuarto… después de Pascua, sino, sencillamente, domingos de Pascua. Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos. Del mismo modo se comprende el domingo de Pentecostés, que no es una nueva fiesta, sino el día conclusivo de la gran fiesta de la Pascua.

Todo el tiempo pascual es como un solo gran domingo; el domingo que hizo domingos a todos los domingos
Cuando llegaba la Cuaresma algunos himnos de la tradición litúrgica de la Iglesia recitaban el aleluya con un tono de despedida. En contraste, la liturgia pascual se recrea en este canto, porque el aleluya es avance del cántico nuevo que entonarán en el cielo los bautizados[12], que ya ahora se saben resucitados con Cristo. Por eso, durante el tiempo pascual, tanto el estribillo del salmo responsorial como el final de las antífonas de la Misa repiten frecuentemente esta aclamación, que une el imperativo del verbo hebreo hallal –alabar- y Yahveh, el nombre de Dios.

«¡Feliz aquel aleluya que allí entonaremos! —dice san Agustín en una homilía— Será un aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria»[13]. San Jerónimo escribe que, durante los primeros siglos en Palestina, ese grito se había hecho tan habitual que quienes araban los campos decían de cuando en cuando: ¡aleluya! Y los que remaban en las barcas para trasladar a los viajeros de una a otra orilla de un río, cuando se cruzaban, exclamaban: ¡aleluya! «Un júbilo profundo y sereno embarga a la Iglesia en estas semanas del tiempo pascual; es el que nuestro Señor ha querido dejar en herencia a todos los cristianos (…); un contento lleno de contenido sobrenatural, que nada ni nadie nos podrá quitar, si nosotros no lo permitimos»[14].


La octava de Pascua
«Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la “octava de Pascua”, y se celebran como solemnidades del Señor»[15]. Antiguamente, durante esta octava el obispo de Roma celebraba las stationes como un modo de introducir a los neófitos en el triunfo de aquellos santos especialmente significativos para la vida cristiana de la Urbe. Era una cierta “geografía de la fe”, en la que la Roma cristiana aparecía como una reconstrucción de la Jerusalén del Señor. Se visitaban varias basílicas romanas: la vigilia de Pascua la statio tenía lugar en San Juan de Letrán; el domingo en Santa María Mayor; el lunes en San Pedro del Vaticano; el martes en San Pablo Extramuros; el miércoles en San Lorenzo Extramuros; el jueves en la basílica de los Santos Apóstoles; el viernes en Santa María ad martyres; y el sábado, de nuevo, en San Juan de Letrán.

Las lecturas de esos días guardaban relación con el lugar de la celebración. Así, por ejemplo el miércoles la statio se celebraba en la basílica de San Lorenzo Extramuros. Allí el evangelio que se proclamaba era el pasaje de las brasas encendidas[16], en clara alusión a la tradición popular romana, que relata cómo el diácono Lorenzo fue martirizado sobre una parrilla. El sábado de la octava era el día en que los neófitos deponían el alba con la que se habían revestido en su bautismo durante la vigilia pascual. La primera lectura era por eso la exhortación de Pedro que comienza con las palabras «deponentes igitur omnem malitiam…»[17]: habiéndoos despojado de toda malicia…

Los Padres de la Iglesia hablaban con frecuencia del domingo como “octavo día”. Situado más allá de la sucesión septenaria de los días, el domingo evoca el inicio del tiempo y su final en el siglo futuro[18]. Por eso, los antiguos baptisterios, como el de san Juan de Letrán, tenían forma octogonal; los catecúmenos salían de la fuente bautismal para iniciar su vida nueva, abierta ya al octavo día, al domingo que no acaba. Cada domingo nos recuerda así que nuestra vida transcurre dentro del tiempo de la Resurrección.



Ascensión y Pentecostés
«Con su ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles y también nuestra mirada a las alturas del cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre»[19]. Empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros; empieza el tiempo de la liturgia, que es toda ella una gran oración al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; una oración «en cauce manso y ancho»[20].

Con la ascensión empieza el tiempo de una presencia nueva del Señor: parece que está más escondido, pero en cierto modo está más cerca de nosotros. Jesús desaparece de la vista de los apóstoles, que quizá se quedan taciturnos al principio. «No sabemos si en aquel momento se dieron cuenta de que precisamente ante ellos se estaba abriendo un horizonte magnífico, infinito, el punto de llegada definitivo de la peregrinación terrena del hombre. Tal vez lo comprendieron solamente el día de Pentecostés, iluminados por el Espíritu Santo»[21].

«Dios todopoderoso y eterno, que has querido incluir el sacramento de la Pascua en el misterio de los cincuenta días…»[22]. La Iglesia nos enseña a reconocer en esta cifra el lenguaje expresivo de la revelación. El número cincuenta tenía dos cadencias importantes en la vida religiosa de Israel: la fiesta de Pentecostés, siete semanas después de comenzar a meter la hoz en el trigo; y la fiesta del jubileo que declaraba santo el año cincuenta: un año dedicado a Dios en el que cada uno recobraba su propiedad, y cada cual podía regresar a su familia[23]. En el tiempo de la Iglesia, el «sacramento de la Pascua» incluye los cincuenta días después de la Resurrección del Señor, hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Si, con el lenguaje de la liturgia, la Cuaresma significa la conversión a Dios con toda nuestra alma, con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, la Pascua significa nuestra vida nueva de “con-resucitados” con Cristo. «Igitur, si consurrexistis Christo, quæ sursum sunt quærite: así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios»[24].

Al cumplirse estos cincuenta días, «llegamos al culmen de los bienes y a la metrópolis de todas las fiestas»[25], pues, inseparable de la Pascua, es como la “Madre de todas las fiestas”. «Sumad —decía Tertuliano a los paganos de su tiempo— todas vuestras fiestas y no llegaréis a la cincuentena de Pentecostés»[26]. Pentecostés es, pues, un domingo conclusivo, de plenitud. En esta Solemnidad vivimos con admiración cómo Dios, a través del don de la liturgia, actualiza la donación del Espíritu que tuvo lugar en los albores de la Iglesia naciente.

San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra». Si en la Ascensión Jesús «fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad»[27], ahora, en el día de Pentecostés, el Señor, sentado a la derecha del Padre, comunica su vida divina a la Iglesia mediante la infusión del Paráclito, «fruto de la Cruz»[28]. San Josemaría vivía y nos animaba a vivir con este sentido de presente perenne: «Ayúdame a pedir una nueva Pentecostés, que abrase otra vez la tierra»[29].

Se comprende también por eso que san Josemaría quisiera comenzar algunos medios de formación de la Obra rezando una oración tradicional en la Iglesia que se encuentra, por ejemplo, en la Misa votiva del Espíritu Santo: «Deus, qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione docuisti, da nobis in eodem Spiritu recta sapere, et de eius semper consolatione gaudere»[30]. Con palabras de la liturgia, imploramos a Dios Padre que el Espíritu Santo nos haga capaces de apreciar, de saborear, el sentido de las cosas de Dios; y pedimos también disfrutar del consuelo alentador del «Gran Desconocido»[31]. Porque «el mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos, los dones del Espíritu Santo, como enumera san Pablo: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Ga 5, 22). El don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros, para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz»[32].

Félix María Arocena

[1] Misal Romano, Miércoles de la Octava de Pascua, Antífona de entrada. Cfr. Mt 25, 34.
[2] Rm 4, 25.
[3] Cfr. Jn 15, 9-11.
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.
[5] Hch 10, 41.
[6] San León Magno, Sermo 74, 2 (PL 54, 398).
[7] Misal Romano, Domingo de Resurrección, Antífona de entrada. Cfr. Sal 138 (139), 18.5-6.
[8] Es Cristo que pasa, n. 104. Cfr. Hb 13, 8.
[9] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 24-XI-2013, n. 1.
[10] Rm 8, 18.
[11] 1 Co 2, 9.
[12] Cfr. Ap 5,9
[13] San Agustín, Sermo 256, 3 (PL 38, 1193).
[14] Beato Álvaro, Caminar con Jesús, Cristiandad: Madrid, 2014, 197.
[15] Misal Romano, Normas universales del año litúrgico, 24.
[16] Jn 21, 9.
[17] 1 P 2, 1.
[18] Cfr. San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, 31-V-1998, n. 26.
[19] Francisco, Regina Coeli, 1-VI-2014.
[20] Camino, 145.
[21] Benedicto XVI, Homilía, 28-V-2006.
[22] Misal Romano, Vigilia del Domingo de Pentecostés, colecta.
[23] Cfr. Lv 23, 15-22; Nm 28, 26-31; Lv 25, 1-22.
[24] Col 3, 1.
[25] San Juan Crisóstomo, Homilia II de Sancta Pentecoste (PG 50, 463).
[26] Tertuliano, De idolatria 14 (PL 1, 683).
[27] Misal Romano, Ascensión del Señor, prefacio.
[28] Es Cristo que pasa, n. 96.
[29] San Josemaría, Surco, n. 213.
[30] Misal Romano, Misa votiva del Espíritu Santo, colecta.
[31] Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 127-138.
[32] Francisco, Homilía en la Solemnidad de Pentecostés, 24-V-2015.

Las lágrimas de la Virgen María


¿POR QUÉ LLORA LA VIRGEN?
Madre Adela Galindo, SCTJM
Fundadora
Solo para uso privado -©

En esta tierra el amor y el dolor van muy juntos. S. Juan de la Cruz nos decía: "quien no sabe de penas no sabe de amores". Y es por esto que Cristo en el Sermón de la Montaña nos dio como tercera bienaventuranza: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (Mt. 5,5,)

El dolor, si no eleva y sublima, abate y aplasta. Por eso no todo dolor y llanto es bienaventurado.

Las lágrimas que Jesús proclama bienaventuradas son las que de alguna manera se refieren al reino de Dios y se contraponen al reino del mundo.
"Vosotros llorareis y gemiréis, y el mundo se alegrará" (Jn 16,20)

¿Cuales son las lágrimas bienaventuradas?
Los que lloran las propias caídas o los pecados del mundo; los que aceptan las penas como medio de purificación de sus pecados; los que se imponen penitencias para formar su alma en el dolor; los que sufren persecución y dolores por causa del reino de Dios y de su extensión; los que pasan sequedades, tribulaciones con paz; los que gimen por el amor de Dios y por el cielo; todos estos son los que derraman lágrimas que, en sentido evangélico, pueden llamarse bienaventuradas y por lo tanto recibirán divina consolación.

Santa Catalina de Siena, en su famosa obra El Dialogo, tiene un precioso capítulo sobre las diferentes clases de lágrimas, su valor y fruto. Esta Doctora de la Iglesia distingue hasta cinco clases de lágrimas:

1 Lágrimas malas, que engendran muerte. Son las que proceden del pecado y llevan al pecado: lágrimas de odio, de envidia o desesperación, proceden de un corazón desordenado y apartado de Dios.

2 Lágrimas de temor por los propios pecados. Son las de los que se levantan del pecado por temor al castigo: el temor les hace llorar. Su motivación no es perfecta, pues no hay necesariamente arrepentimiento.

3 Lágrimas de los que, lejos del pecado, empiezan a querer servir a Dios; pero, privados de los consuelos visibles, lloran por verse con tanta incapacidad y tribulaciones.

4 Lágrimas de los que aman con perfección a Dios y al prójimo, doliéndose de las ofensas que se le hacen a Dios y compadeciéndose del daño del prójimo, en completo olvido de si mismos.

5 Lágrimas de dulzura, derramadas con gran suavidad por la unión intima del alma con Dios. Son lágrimas de puro amor que derraman los santos en las mas altas cumbres de perfección cristiana.

¿Lloró María Santísima?
La Virgen Maria sufrió muchas penas y dolores. Simeón le anuncia que ¨"una espada traspasaría su corazón" (Lc 2, 35). Y los cuatro evangelistas nos narran acontecimientos que no podían menos de causar un profundo dolor en María.

El libro del Apocalipsis, nos describe a la "Mujer vestida de sol, con la luna a sus pies y coronada con una corona de doce estrellas...y nos dice que "gritaba con dolores de parto" (Ap 12,1_2). Estos dolores son los que le produjo el parto sobrenatural de la Iglesia y de los miembros del cuerpo místico de su Hijo. El parto donde María nos recibe a todos como hijos, ocurrió al pie de la cruz de su Amado Hijo Jesús. Y María, seguirá sufriendo dolores de parto hasta que su Hijo no haya nacido en todos los corazones de los hombres.

Sabemos que Cristo lloró al predecir la ruina de Jerusalén (Lc 19,41) y que también, derramó lágrimas ante el dolor de Marta y María por la muerte de Lázaro (Jn 11,35). De la Stma. Virgen María, los evangelios no nos lo dice de forma explícita, pero al narrarnos situaciones dolorosas en las que ella participó plenamente en su misión de asociada a la obra redentora, o sea, como corredentora, debemos concluir que si Ella realmente sufrió, debió entonces haber llorado, derramado muchas lágrimas de sus ojos tan puros.
  • Llorar no es imperfección cuando el motivo del llanto es santo.
  • Llorar no es efecto de debilidad, sino de fina sensibilidad.
  • Llorar a impulsos del amor divino es un don de Dios, don que solo a grandes almas se concede.
San Francisco de Asís, lloraba tanto por sus pecados, que cuando uno visita la Basílica de Santa María de los Angeles, en donde se encuentra la Porciúncula y otros lugares cruciales para la vida del santo, encontramos una cueva que se llama ¨la capilla de las lágrimas¨. Esta capilla es la cueva donde San Francisco muchas veces lloró al contemplarse tan pecador ante la santidad de Dios.

Las siete espadas de la Santísima Virgen >>>
La Iglesia nos invita a meditar en los dolores de la Virgen, especialmente en siete de ellos. Siete es un numero que en lenguaje bíblico es símbolo de plenitud o totalidad.

Los siete dolores de la Virgen que meditamos especialmente en el rosario llamado así, son los siguientes:
  • 1 la profecía de Simeón
  • 2 la huida a Egipto
  • 3 la pérdida de Jesús Niño en Jerusalén
  • 4 el encuentro con Jesús camino del calvario
  • 5 la muerte de Cristo en la Cruz
  • 6 cuando bajan a Jesús de la Cruz y le colocan en sus brazos el cuerpo muerto de su Hijo
  • 7 cuando sepultan a Jesús
Estos representan los siete momentos culminantes de los dolores de la Virgen. Y se han representado esos siete dolores, con siete espadas que traspasan el corazón de Nuestra Madre.

Notemos, que estos siete dolores están en relación con Jesús, porque el sufrimiento de María proviene de su total comunión con el Redentor.
Sus corazones eran y son uno. Es por esta unión que los sufrimientos de Cristo, son los de Su Madre, y los de María, son los del Corazón de Cristo. Hay en ellos una perfecta reciprocidad en el amor y en el dolor.
Fueron tantas las espadas de la Madre como los dolores del Hijo. Cada punzada que daban a Jesús en el cuerpo, era una lanza que traspasaba, espiritualmente, al Corazón de la Virgen; cada bofetada, cada azote, cada llaga...eran puñaladas que daban a su Corazón materno, tan tierno y noble.
San Bernardo, el gran doctor mariano, nos dice: "En verdad, Madre santa, una espada traspaso tu alma.
Jamás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. Por lo tanto, te llamamos mas que mártir, ya que tu sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal"


...y las setecientas.....
Aunque siempre se han meditado los siete dolores de la Virgen, no hay que olvidar que siete no es un numero de limite o finito, sino de totalidad y plenitud. "Oh corazón virginal, pintado con siete espadas, y con setecientos deberían de pintarte. No tienen cuenta las estrellas del cielo, ni las gotas del mar, con los dolores de la Virgen María". (San Bernardo)

La vida dolorosa de la Virgen
Los dolores de Nuestra Señora, no deben reducirse a los que sufrió en el Calvario. "Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio" (Tomas Kempis).
De una manera semejante podemos afirmar que toda la vida de su Madre fue vida de llanto bienaventurado.

¿Sufrió Maria?

  • _desde sus tiernos años al ver los pecados del mundo y el olvido a Dios.
  • _al ver las zozobras de S. José y al abandonar totalmente a Dios la defensa de su causa.
  • _al ver todas las puertas cerradas al Dios que venía a este mundo hecho hombre.
  • _al escuchar el anuncio profético de que su Hijo había de ser señal de contradicción y que una espada atravesaría su propio corazón. _al salir precipitadamente a Egipto para evitar que Herodes asesinara a su Hijo.
  • _al vivir los tres días interminables de tinieblas al haber perdido a su Hijo en Jerusalén.
  • _cuando murió S. José, quien era su apoyo, ayuda y compañero. El siervo fiel y prudente.
  • _cuando ella queda sola pues su Hijo salió de Nazaret y empieza su vida pública.
  • _cuando sabe de todas las burlas, ataques y persecuciones que tiene Jesús por su enseñanza. Por la incredulidad, la aspereza, la ceguera, la obstinación, el odio, la dureza de los corazones que no aceptaban a Jesús.
  • _al saber a Jesús apresado, traicionado, abandonado, azotado, coronado de espinas, condenado a muerte.
  • _al encontrarse con su Hijo, todo destrozado, cargando una cruz y en el camino a la crucifixión.
  • _al ver a su hijo morir en una cruz.
  • _cuando lo pusieron en su regazo maternal.
  • _en la honda y amarga soledad del sábado santo, al quedarse sin el hijo de sus entrañas.
  • _al ver los primeros golpes que recibió el Cuerpo místico de su Hijo, la Iglesia. Al saber que los apóstoles eran perseguidos, azotados, lapidados, encarcelados y martirizados.
  • _al ver que su estancia en la tierra se prolongaba y que su ansia de estar con su Hijo no llegaba.
Una característica del amor de María es que es un amor fiel y dispuesto ha llegar hasta el mas grande dolor por ese amor. Y es que Amor que no es fiel en los momentos de dolor, es apariencia, farsa, caricatura del amor. Por el contrario, amor que permanece fiel en la tribulación, en el desamparo, en la ausencia, en el sufrimiento, no solo se demuestra como amor auténtico y real, sino que se depura y purifica como el oro en el crisol, se aumenta y agiganta como llama que prende en leña seca, se consolida y fortalece como piedra que en invierno hunde sus raíces en la tierra.

La Santísima Virgen lloró, y lloró mucho!!
 María lloró en su vida terrena y lo que es mas admirable todavía, que aunque está ya en el cielo gozando de la promesa de consolación, ella continúa llorando por nosotros y por las ofensas que nosotros los hombres cometemos en contra de su Hijo. 
  • En La Salette, a mediados del siglo pasado en un período durante el cual el cristianismo en Francia afronta una creciente hostilidad. 
  • Lloró en Fátima, cuando los niños describen la tristeza de la Virgen al hablar de cuan ofendido es Dios por los pecados y muestra a los pastorcitos el horror del infierno y cuantas almas están yendo a el.
  • En Lourdes se ha aparecido llorando, apenada y dolorosa, exhortando a la penitencia para evitar las tragedias y castigos a la humanidad. 
  • Y en Siracusa, al final de la segunda guerra mundial, quiso obrar el singular milagro de que una sencilla imagen llorara lágrimas reales que se pudieron observar y ver, y lo que es mas prodigioso, recoger y analizar, comprobándose que realmente se trataba de lágrimas de la misma composición que las lágrimas humanas.
  • También en ese período llora la imagen de la Virgen de Czestochowa, Polonia. 
  • En Civitavecchia, pequeña ciudad en las afueras de Roma, solo hace unos pocos años, una imagen de la Virgen de Medjugorje, lloró Sangre, milagro que fue oficialmente reconocido por el obispo de la diócesis.
  • Muchas imágenes de la Rosa Mística han manifestado lacrimaciones de agua y de sangre.

¿Que nos quiere decir nuestra Madre llorando a través de imágenes?
¿Por qué llora la Virgen si esta en el cielo?
Veamos lo que dice el Papa Pio XII con motivo de la celebración del año Mariano de 1954, en referencia a las lágrimas de la estatua de Siracusa:
"Sin duda María es en el cielo eternamente feliz y no sufre dolor ni tristeza; pero no es insensible, antes bien alienta siempre al amor y la piedad para el desgraciado género humano, a quien fue dada por Madre, cuando dolorosa y llorando, estaba al pie de la cruz. Comprenderán los hombres el lenguaje de aquellas lágrimas de María?

Eran sobre el Gólgota lágrimas de compasión por Jesús y de tristeza por los pecados del mundo. Llora todavía por las renovadas llagas producidas en el Cuerpo Místico de Jesús? O ¿llora por tantos hijos a quienes el error y el pecado han apagado la vida de la gracia y ofenden gravemente a Dios? O ¿ son las lágrimas de espera por el retorno de los hijos suyos, un día fieles y hoy arrastrados por falsos encantos entre los enemigos de Dios?

El Santo Padre Juan Pablo II, dijo en su visita pastoral al Santuario "Nuestra Señora de las lágrimas" en Siracusa:
"Las lágrimas de la Virgen pertenecen al orden de los signos: testimonian la presencia de la Madre en la Iglesia y en el mundo.
Una madre llora cuando ve a sus hijos amenazados por algún mal, espiritual o físico.
María llora participando en el llanto de Cristo por Jerusalén, junto al sepulcro de Lázaro y por último, en el camino de la cruz.

Las lágrimas de la Madre son:
Lágrimas de dolor: por cuantos rechazos
Lágrimas de oración: de la Madre que eleva su oración suplicante por los que no rezan, por los que están obstinados y cerrados para no escuchar a Dios.
Lágrimas de esperanza: que desean ablandar los corazones endurecidos, alcanzado arrepentimiento, llanto de conversión en todos aquellos que no han llorado por sus pecados.

Nuestro Señor dijo a la Hna. Lucía en sus apariciones en Pontevedra: "Mira el Corazón de tu Madre rodeado de espinas por todas las ofensas e injurias con que se le hiere. Al menos tú, procura consolarle."

Escuchemos todos este llamado del Señor, convirtámonos en almas consoladoras y reparadoras del Inmaculado Corazón

El Pésame a la Virgen


El Pésame a la Virgen es una devoción profundamente arraigada en la religiosidad popular católica, especialmente durante el Viernes Santo de la Pasión del Señor, y representa un momento piadoso en el que los fieles acompañan a la Santísima Virgen María en su dolor por la muerte de su Hijo Jesucristo.

Aunque no forma parte del rito Litúrgico del Triduo Pascual establecido en el Misal Romano, el Pésame a la Virgen ha sido reconocido por la Iglesia como una expresión legítima de la fe, en concordancia con lo que el Catecismo de la Iglesia Católica enseña sobre la veneración a María, especialmente en su papel como Madre Dolorosa.

“La Bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado”. (CEC 964).

De esta manera, el Pésame a la Virgen se ha convertido en una de las expresiones más conmovedoras del amor del pueblo católico hacia la Madre de Dios, profundamente enraizada en la espiritualidad mariana y que complementa el camino de la fe que conduce a la Resurrección.

¿Qué es el Pésame a la Virgen?
El Pésame a la Virgen es una expresión de consuelo y solidaridad hacia la Virgen María, la Madre de Jesús, durante la Semana Santa, y es una tradición que subraya su presencia al pie de la Cruz en un día de profunda reflexión sobre el sacrificio de Cristo y el dolor de una madre.

En muchos lugares, el sermón y la reflexión que se ofrecen en el marco del Pésame a la Virgen se centran en el dolor de María ante su Hijo Jesús, clavado y muerto en la Cruz, y se acompañan de oraciones, rezos, cantos y meditaciones sobre sus dolores.

La reflexión y la oración suelen incluir la lectura de pasajes bíblicos relacionados con la Pasión de Jesús y la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, así como meditaciones sobre los Siete Dolores de María.

¿Cuándo se celebra el Pésame a la Virgen y por qué?
El Pésame a la Virgen se celebra tradicionalmente en la noche del Viernes Santo, después de la Liturgia de la Pasión del Señor, aunque en algunas regiones puede realizarse en la madrugada del Sábado Santo, según las costumbres locales.

Esta devoción nace de la meditación sobre el dolor de la Virgen María al contemplar el cuerpo sin vida de Jesús tras su crucifixión, un momento que ha sido abundantemente representado en el arte, la liturgia y la espiritualidad de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Incluso el Papa San Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (2002), subrayó el papel fundamental de la Virgen María en el misterio pascual y su sufrimiento compartido con Cristo, invitando a los fieles a contemplarla en estos momentos de dolor.

Origen del Pésame a la Virgen en la Iglesia
El Pésame a la Virgen no tiene un origen oficial dentro de la liturgia romana, pero su práctica se remonta a tradiciones populares del siglo XVI, impulsadas por congregaciones como los Siervos de María, que difundieron la devoción a Nuestra Señora de los Dolores.

Con el paso del tiempo, esta práctica fue incorporándose a la religiosidad de muchos pueblos, especialmente en Hispanoamérica y en diversos países de tradición católica, como un acto complementario a la liturgia del Viernes Santo para expresar amor y cercanía a la Madre de Dios en su soledad.

¿En qué consiste el Pésame a la Virgen?
El Pésame a la Virgen consiste en un acto devocional que varía según la región, pero que generalmente incluye varios momentos de oración y contemplación en torno al dolor de María.
  • La lectura de pasajes evangélicos sobre la Pasión de Jesús.
  • Reflexiones sobre los Siete Dolores de la Virgen María.
  • Cantos marianos, como el tradicional “Stabat Mater”.
  • La procesión o exposición de la imagen de la Virgen Dolorosa.
  • La predicación o meditación dirigida por un sacerdote o diácono; en algunos lugares también participan laicos bien formados en la fe.
  • El sermón del Pésame a la Virgen suele ser presidido por el párroco o por algún sacerdote delegado, aunque en determinados casos puede ser guiado por diáconos o religiosos, siempre buscando conducir a los fieles a una vivencia más profunda del misterio de la Cruz.
¿Quiénes participan en el Pésame a la Virgen?
En el Pésame a la Virgen participan principalmente los fieles laicos, comunidades parroquiales, cofradías, grupos marianos y familias, dado que se trata de un momento de encuentro comunitario y espiritual donde se manifiesta la unión con María en el misterio de la Cruz.

En algunas diócesis, especialmente en América Latina y España, el Pésame a la Virgen se organiza como una celebración comunitaria que integra a niños, adolescentes y jóvenes como parte de la catequesis sobre la Semana Santa y el acompañamiento a la Virgen Dolorosa.

¿Cómo viven los fieles el Pésame a la Virgen?
La participación de los fieles en el Pésame a la Virgen es activa y profundamente espiritual; muchas personas acuden solas o en familia al templo para unir sus oraciones al dolor de María en la noche del Viernes Santo.
  • Rezar el Santo Rosario Doloroso o el Via Matris.
  • Colocar ofrendas florales a la imagen de la Virgen Dolorosa.
  • Meditar en silencio ante el altar de la Virgen de los Dolores.
  • Expresar su solidaridad filial con la Madre de Dios mediante el besamanos, cantos, promesas o actos de reparación.
En diversas ocasiones, el Papa Francisco recordó la importancia de acompañar a la Virgen María en su dolor como una forma concreta de vivir más intensamente el misterio de la Cruz, especialmente durante el Triduo Pascual y la Semana Santa.

Si quieres vivir mejor el Pésame a la Virgen en tu parroquia o comunidad, puedes preparar tu corazón con la confesión, la participación en la liturgia del Viernes Santo y la meditación de los Siete Dolores de María, ofreciendo este momento como un acto de amor y consuelo a la Madre de Jesús.