Momentos clave de su historia
El nacimiento de Ismael: Como Sara era estéril, entregó a Agar a Abraham para que tuviera un hijo a través de ella. Cuando Agar quedó embarazada, surgieron fuertes tensiones y celos, lo que la obligó a huir al desierto por primera vez.
La promesa divina: Estando en el desierto, un ángel se le apareció y le ordenó volver, prometiéndole que su descendencia sería incontable. Ella es la única mujer en el Antiguo Testamento a la que se le aparece el Ángel de Dios, y lo llamó «El Dios que me ve».
El exilio definitivo: Años después, Sara dio a luz a su propio hijo, Isaac. Al ver a Ismael burlarse de Isaac, Sara exigió a Abraham que expulsara a Agar y a Ismael para que no compartieran la herencia.
El rescate en el desierto: Vagando sin agua y al borde de la muerte, Dios escuchó el llanto de Ismael y proveyó agua, reafirmando que Ismael también daría origen a una gran nación (los pueblos árabes).
Significado espiritual
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo utiliza la historia de Agar e Ismael en Gálatas 4:21-31 como una alegoría.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo utiliza la historia de Agar e Ismael en Gálatas 4:21-31 como una alegoría.
Representa la antigua alianza de la ley y la esclavitud, en contraste con Sara, quien representa la gracia y la libertad de la promesa divina.
Puedes profundizar en los detalles completos de su travesía leyendo el relato sobre Génesis 16 y Génesis 21 en la Biblia.
La historia de esta mujer se cuenta en los capítulos 16 y 21 del Libro del Génesis.
Por iniciativa de la infecunda Sarai —como también se vio antes— Abram se unió a la esclava Agar, sirvienta de su cónyuge. (No olvidemos que en aquellos lejanos tiempos, antes de la restauración cristiana del matrimonio, los hombres ricos del oriente medio solían tener una esposa y varias concubinas, y aun ser maridos de un número plural de esposas).
Cuando la sierva se dio cuenta de que estaba embarazada adoptó hacia su dueña una actitud que ésta quiso interpretar como desdeñosa. Y entonces el ama dijo a su esposo:
"—¡Tú tienes la culpa de que Agar me desprecie! Yo misma te la dí por mujer, y ahora que va a tener un hijo tuyo se cree más que yo. ¡Que Yahvé diga quién tiene la culpa, si tú o yo!" (Génesis 16, 5).
Abram, que no deseaba conflictos femeninos en sus tiendas, le contestó, con el ánimo de serenarla:
"—Mira, tu esclava está en tus manos. Haz con ella lo que bien te pareciere" (Génesis 16, 6).
Alentada por las palabras de su marido, Sarai dio tan pésimo trato a la preñada Agar que ésta, muy afligida, huyó del campamento de Abram para internarse en el desierto. Sentada estaba la fugitiva junto a un manantial del camino que por el sur conducía a su natal Egipto, entre Cadés y Beret, cuando Yahvé se le apareció, preguntándole:
—"Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes y a dónde vas?" (Génesis 16, 8).
Ella le respondió:
"—Estoy huyendo de Sarai, mi señora" (Génesis 16, 8).
Y Él le dijo:
"—Regresa al lado de tu dueña y obedécela en todo. Aumentaré tanto tus descendientes que nadie los podrá contar. Estás encinta y tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Ismael (en hebreo Yahvé escucha), porque el Señor escuchó tu aflicción. Será arisco como un onagro [asno salvaje]; luchará contra todos, y todos lucharán contra él. Pero él afirmará su campamento aunque sus hermanos se opongan" (Génesis 9-12).
Los exégetas de la Biblia comentan que con las anteriores palabras Dios señaló que Ismael llevaría el estilo de vida propio de los habitantes de las regiones desérticas de la zona meridional del país de Canaán.
Tras haber recibido el mensaje divino, Agar llamó al Señor con el nombre hebreo de Atta el roi, El Rof o El Roí (en hebreo Dios de la visión o El Dios que me ve) y volvió a la morada de Abram y Sarai. Meses después dio un hijo al patriarca, que en ese tiempo ya tenía 86 años, y ese niño fue llamado con el nombre impuesto por Atta el roi.
Pasaron los años. Tal como Dios mismo lo había anunciado, Abraham y Sara, ya muy viejos ambos, tuvieron un hijo que se llamó Isaac. El día en que destetaron al infante hizo el padre una gran fiesta para sus familiares y amigos. Pero en medio del festejo Sara observó que Ismael, el hijo de Agar, hacía burla del pequeño con bromas indecorosas, y llena de cólera fue a decirle a su marido:
"—¡Echa a esa esclava y a su hijo! Mi hijo Isaac no tiene por qué compartir su herencia con el hijo de una sierva!" (Génesis 21, 10).
Los biblistas explican que entre las gentes de la raza de Abraham era costumbre dar a los hijos de las concubinas una parte de la herencia paterna, de modo que Ismael podía heredar junto con Isaac.
La exigencia de Sara causó mucho sufrimiento a Abraham, pero Dios le dijo:
"—No te afanes por el muchacho ni por tu esclava. Haz todo lo que Sara te pida, porque tu descendencia se establecerá por medio de Isaac. En cuanto al hijo de la esclava, yo haré que también de él salga una gran nación, porque es hijo tuyo" (Génesis 21, 12-13).
Confortado por el dicho del Señor, a la mañana siguiente, muy temprano, Abraham tomó un pan y un recipiente de cuero con agua, puso ambos sobre la espalda de Agar, le entregó a Ismael y la despidió.
La sierva y su hijo estuvieron caminando de un lado a otro, sin rumbo, por el desierto que más tarde se llamó de Beerseba (o Bersheba), al sur de la futura Palestina. Cuando el agua se agotó, Agar dejó al niño a la sombra de un arbusto y, no queriendo verlo morir, fue a sentarse a unos pasos de él, a la distancia de un tiro de flecha. en lágrimas. Entonces Ismael comenzó a llorar.
Y sucedió que Yahvé, al oír aquel llanto, habló a la desalentada madre, diciéndole:
"—¿Qué te pasa, Agar? No tengas miedo, porque Dios ha oído la voz del muchacho ahí donde está. Anda, levántate, ve a buscar al niño y no dejes que se suelte de tu mano, pues yo haré que de él salga una gran nación" (Génesis 21,17-18).
Y Dios abrió los ojos de Agar, cubiertos de arena y lágrimas, para que viera una fuente —quizá la de un oasis— donde pudo dar de beber a Ismael y llenar su botija.
De allí en adelante Yahvé puso bajo su cuidado al hijo de Abraham y Agar, que vivió en el desierto de Parán (o Farán), entre Canaán y Egipto, se hizo diestro en el manejo del arco, descolló como gran cazador y contrajo matrimonio con una egipcia: una muchacha escogida por su progenitora.
En el Nuevo Testamento, en los versículos 21 a 31 del capítulo 4° de la Epístola a la comunidad de Galacia, san Pablo presentó a Agar como símbolo de la antigua alianza, la del monte Sinaí, viendo en ella a la madre cuyos hijos no son libres por vivir bajo la esclavitud de la ley. Con esto, afirman los intérpretes de la Sagrada Escritura, el apóstol buscaba impugnar la doctrina equivocada de los judaizantes, cristianos heterodoxos del siglo I que asociaban la salvación a factores raciales y rituales.
Ismael fue la raíz del pueblo ismaelita, a cuyos integrantes se identificó en varios pasajes veterotestamentarios como moradores del desierto que vivían de la cría de ganados, el saqueo de las tierras de sus enemigos y el tráfico de esclavos. A los hombres de este pueblo se les denominó también agarenos, denominación, ahora en desuso, que en otra época recayó sobre todos los musulmanes.
«Cuando Dios oyó al niño sollozar, el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: “¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado los sollozos del niño. Levántate y tómalo de la mano, que yo haré de él una gran nación”. En ese momento Dios le abrió a Agar los ojos, y ella vio un pozo de agua. En seguida fue a llenar el odre y le dio de beber al niño» (Génesis 21:17-19).
Fuente: wikipedia
Puedes profundizar en los detalles completos de su travesía leyendo el relato sobre Génesis 16 y Génesis 21 en la Biblia.
La historia de esta mujer se cuenta en los capítulos 16 y 21 del Libro del Génesis.
Por iniciativa de la infecunda Sarai —como también se vio antes— Abram se unió a la esclava Agar, sirvienta de su cónyuge. (No olvidemos que en aquellos lejanos tiempos, antes de la restauración cristiana del matrimonio, los hombres ricos del oriente medio solían tener una esposa y varias concubinas, y aun ser maridos de un número plural de esposas).
Cuando la sierva se dio cuenta de que estaba embarazada adoptó hacia su dueña una actitud que ésta quiso interpretar como desdeñosa. Y entonces el ama dijo a su esposo:
"—¡Tú tienes la culpa de que Agar me desprecie! Yo misma te la dí por mujer, y ahora que va a tener un hijo tuyo se cree más que yo. ¡Que Yahvé diga quién tiene la culpa, si tú o yo!" (Génesis 16, 5).
Abram, que no deseaba conflictos femeninos en sus tiendas, le contestó, con el ánimo de serenarla:
"—Mira, tu esclava está en tus manos. Haz con ella lo que bien te pareciere" (Génesis 16, 6).
Alentada por las palabras de su marido, Sarai dio tan pésimo trato a la preñada Agar que ésta, muy afligida, huyó del campamento de Abram para internarse en el desierto. Sentada estaba la fugitiva junto a un manantial del camino que por el sur conducía a su natal Egipto, entre Cadés y Beret, cuando Yahvé se le apareció, preguntándole:
—"Agar, esclava de Sarai, ¿de dónde vienes y a dónde vas?" (Génesis 16, 8).
Ella le respondió:
"—Estoy huyendo de Sarai, mi señora" (Génesis 16, 8).
Y Él le dijo:
"—Regresa al lado de tu dueña y obedécela en todo. Aumentaré tanto tus descendientes que nadie los podrá contar. Estás encinta y tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Ismael (en hebreo Yahvé escucha), porque el Señor escuchó tu aflicción. Será arisco como un onagro [asno salvaje]; luchará contra todos, y todos lucharán contra él. Pero él afirmará su campamento aunque sus hermanos se opongan" (Génesis 9-12).
Los exégetas de la Biblia comentan que con las anteriores palabras Dios señaló que Ismael llevaría el estilo de vida propio de los habitantes de las regiones desérticas de la zona meridional del país de Canaán.
Tras haber recibido el mensaje divino, Agar llamó al Señor con el nombre hebreo de Atta el roi, El Rof o El Roí (en hebreo Dios de la visión o El Dios que me ve) y volvió a la morada de Abram y Sarai. Meses después dio un hijo al patriarca, que en ese tiempo ya tenía 86 años, y ese niño fue llamado con el nombre impuesto por Atta el roi.
Pasaron los años. Tal como Dios mismo lo había anunciado, Abraham y Sara, ya muy viejos ambos, tuvieron un hijo que se llamó Isaac. El día en que destetaron al infante hizo el padre una gran fiesta para sus familiares y amigos. Pero en medio del festejo Sara observó que Ismael, el hijo de Agar, hacía burla del pequeño con bromas indecorosas, y llena de cólera fue a decirle a su marido:
"—¡Echa a esa esclava y a su hijo! Mi hijo Isaac no tiene por qué compartir su herencia con el hijo de una sierva!" (Génesis 21, 10).
Los biblistas explican que entre las gentes de la raza de Abraham era costumbre dar a los hijos de las concubinas una parte de la herencia paterna, de modo que Ismael podía heredar junto con Isaac.
La exigencia de Sara causó mucho sufrimiento a Abraham, pero Dios le dijo:
"—No te afanes por el muchacho ni por tu esclava. Haz todo lo que Sara te pida, porque tu descendencia se establecerá por medio de Isaac. En cuanto al hijo de la esclava, yo haré que también de él salga una gran nación, porque es hijo tuyo" (Génesis 21, 12-13).
Confortado por el dicho del Señor, a la mañana siguiente, muy temprano, Abraham tomó un pan y un recipiente de cuero con agua, puso ambos sobre la espalda de Agar, le entregó a Ismael y la despidió.
La sierva y su hijo estuvieron caminando de un lado a otro, sin rumbo, por el desierto que más tarde se llamó de Beerseba (o Bersheba), al sur de la futura Palestina. Cuando el agua se agotó, Agar dejó al niño a la sombra de un arbusto y, no queriendo verlo morir, fue a sentarse a unos pasos de él, a la distancia de un tiro de flecha. en lágrimas. Entonces Ismael comenzó a llorar.
Y sucedió que Yahvé, al oír aquel llanto, habló a la desalentada madre, diciéndole:
"—¿Qué te pasa, Agar? No tengas miedo, porque Dios ha oído la voz del muchacho ahí donde está. Anda, levántate, ve a buscar al niño y no dejes que se suelte de tu mano, pues yo haré que de él salga una gran nación" (Génesis 21,17-18).
Y Dios abrió los ojos de Agar, cubiertos de arena y lágrimas, para que viera una fuente —quizá la de un oasis— donde pudo dar de beber a Ismael y llenar su botija.
De allí en adelante Yahvé puso bajo su cuidado al hijo de Abraham y Agar, que vivió en el desierto de Parán (o Farán), entre Canaán y Egipto, se hizo diestro en el manejo del arco, descolló como gran cazador y contrajo matrimonio con una egipcia: una muchacha escogida por su progenitora.
En el Nuevo Testamento, en los versículos 21 a 31 del capítulo 4° de la Epístola a la comunidad de Galacia, san Pablo presentó a Agar como símbolo de la antigua alianza, la del monte Sinaí, viendo en ella a la madre cuyos hijos no son libres por vivir bajo la esclavitud de la ley. Con esto, afirman los intérpretes de la Sagrada Escritura, el apóstol buscaba impugnar la doctrina equivocada de los judaizantes, cristianos heterodoxos del siglo I que asociaban la salvación a factores raciales y rituales.
Ismael fue la raíz del pueblo ismaelita, a cuyos integrantes se identificó en varios pasajes veterotestamentarios como moradores del desierto que vivían de la cría de ganados, el saqueo de las tierras de sus enemigos y el tráfico de esclavos. A los hombres de este pueblo se les denominó también agarenos, denominación, ahora en desuso, que en otra época recayó sobre todos los musulmanes.
«Cuando Dios oyó al niño sollozar, el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: “¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado los sollozos del niño. Levántate y tómalo de la mano, que yo haré de él una gran nación”. En ese momento Dios le abrió a Agar los ojos, y ella vio un pozo de agua. En seguida fue a llenar el odre y le dio de beber al niño» (Génesis 21:17-19).
Agar o Hagar fue según la Biblia, una esclava egipcia, concubina de Abraham, madre de Ismael. El Génesis narra la expulsión de Agar y su hijo provocada por la acusación de Sara, esposa de Abraham.
Debido a la infertilidad de Sara, el relato bíblico dice que ésta consideró conveniente que Abraham obtuviera descendencia a través de su sirvienta personal Agar. De la unión nació Ismael (Gn 16), del cual descienden los ismaelitas. Esto creó tensiones entre ambas mujeres. Cuando Agar fue expulsada debido a la acusación de Sara de que se burlaba de ella, vagó por el desierto (Gn 21). Un ángel le dijo a Agar en nombre de Dios que su descendencia sería incontable.
Posteriormente, los comentaristas rabínicos afirmaron en el Midrash que Agar era hija del Faraón que prefirió que fuese esclava de Abraham antes de que se tuviese que quedar en Egipto debido a los prodigios realizados por gracia divina en ese reino.
Los pueblos árabes (agarenos) consideran a Agar la mujer legítima de Abraham y se consideran descendientes de este a través de Ismael
Para San Pablo (Ga 4, 21s), este relato representa la comunidad del pacto sinaítico (es decir, el judaísmo):
«Decidme vosotros, los que queréis estar sometidos a la ley: ¿No oís la ley? Pues dice la Escritura que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la naturaleza; el de la libre, en virtud de la Promesa. Hay en ello una alegoría: estas mujeres representan dos alianzas; la primera, la del monte Sinaí, madre de los esclavos, es Agar (pues el monte Sinaí está en Arabia) y corresponde a la Jerusalén actual, que es esclava, y lo mismo sus hijos. Pero la Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre, pues dice la Escritura: `Regocíjate estéril, la que no das hijos; rompe en gritos de júbilo, la que no conoces los dolores del parto, que más son los hijos de la abandonada que los de la casada´. Y vosotros, hermanos, a la manera de Isaac, sois hijos de la Promesa.»
Oración
Señor, tú te acercaste a Agar en el desierto y oíste el llanto de su hijo.
Mientras nos acercamos a ti a la luz de su vida,
te pedimos que oigas el llanto de nuestros corazones
Consuélanos y abrázanos con tu amor,
para que podamos oír los silbidos apacibles
de tu Espíritu Santo en nuestras vidas
Amén.
Señor, tú te acercaste a Agar en el desierto y oíste el llanto de su hijo.
Mientras nos acercamos a ti a la luz de su vida,
te pedimos que oigas el llanto de nuestros corazones
Consuélanos y abrázanos con tu amor,
para que podamos oír los silbidos apacibles
de tu Espíritu Santo en nuestras vidas
Amén.
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