¿Quién fue Abraham?
Abraham es un personaje muy importante en nuestras historias. Estas historias que estamos contando y que sacamos de la Biblia. Abraham vivía con su esposa y sus familiares en una ciudad llamada Ur. Allí estaba cómodo y vivía muy bien.
Pero un día Dios le habló a Abraham y le dijo algo que lo sorprendió: Deja tu casa, deja tu ciudad y sal para una tierra que Yo te indicaré.
Abraham recogió todas sus cosas y se despidió de todos. Tomó a Sara, su esposa, y a un sobrino que era huérfano, llamado Lot. Abraham y Sara no tenían hijos. Se llevó también a sus sirvientes y sus ganados. Llevaban camellos para cargar el equipaje y para viajar ellos. Llevaban también corderos y ovejas. Y llevaban tiendas de campaña para acampar en los campos por donde viajarían. Partieron para un viaje que iba a durar mucho tiempo.
Abraham confiaba totalmente en Dios. El creía que si Dios le pedía eso, sería porque eso era lo mejor para él y su familia.Y confiado en Dios, partió a un sitio que ni siquiera sabía dónde quedaba, ni como se llamaba. Estaba confiando que Dios se lo iba a indicar, como le había prometido.
¿Cómo fue el viaje?
Caminaban por tierras desconocidas, tomaban agua de los pozos que conseguían y acampaban en los sitios donde había agua y donde había pasto para los ganados.Un día llegaron a la tierra de Canaán. Canaán era una tierra linda y fértil. Y allí se detuvieron porque Dios volvió a hablarle a Abraham.
¿Qué le dijo Dios a Abraham al llegar a Canaán?
Mira esta tierra. Te la voy a dar a ti y a todos tus descendientes. Y Abraham pensaba: pero si yo no tengo hijos…Y Dios seguía hablándole: Serás padre de muchísima gente, de un gran pueblo. Yo seré el Dios de ustedes, y ustedes serán mi Pueblo. Abraham pensaría: bueno, esto es raro, pero para Dios no hay nada imposible. Y así seguía confiando en Dios.
¿Qué era lo que más quería Abraham?
Ahora que Dios le había prometido que sería padre de mucha gente, Abraham y Sara querían tener un hijo. Pero pasaba el tiempo y nada que venía el hijo. Abraham y Sara eran ya muy viejos. Un día Abraham le dijo a Dios: ya soy viejo y Sara también. Cuando muera mis sirvientes serán los que heredarán mis cosas.
¿Qué le contestó Dios a Abraham?
Ven afuera a ver las estrellas. ¿Puedes contar las estrellas? Abraham se quedó callado sin poder contar las estrellas. Y Dios continuó: Te prometo que vas a tener una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo. Bueno, aunque aquello parecía imposible, Abraham seguía confiando, porque sabía que Dios estaba con él.
Dios estaba contento, muy contento con Abraham, porque confiaba en El.
¿Qué sucedió un tiempo después?
Estaba Abraham en la entrada de su tienda y Sara estaba dentro de la tienda. Y se presentaron a la tienda de Abraham tres hombres. Abraham se sorprendió de esa visita, porque en esa tierra tan despoblada, era muy raro que vinieran visitantes. Entonces Abraham los atendió muy bien. Le pidió a Sara que preparara una buena comida. Sara horneó pan y mataron un ternero para comer.
¿Qué le dijeron esos visitantes a Abraham?
¿Dónde está Sara?, dijo uno de ellos. Abraham contestó que estaba adentro en la tienda. Entonces uno de ellos le dijo esto: Antes de un año, Sara tendrá un hijo. Sara, que estaba dentro de la tienda, pero podía oír lo que decían, se río, pensando que eso era imposible ¡Es que Sara ya tenía 90 años y Abraham tenía 100 años!!! En esa época la gente vivía muchísimo más que ahora. Pero la verdad es que ya estaban viejos para tener bebés. Uno de los visitantes dijo: ¿Y por qué Sara se ríe? Sara se apenó y pretendió decir que ella no se había reído. El visitante continuó: Nada es imposible para Dios.
¿Qué pensó Abraham?
Enseguida que dijeron que para Dios no hay nada imposible, Abraham se dio cuenta que esos visitantes eran enviados de Dios. Y que lo que habían prometido se iba a cumplir.
Sara tuvo su bebé nueve meses después de esa visita misteriosa. Se cumplió lo que los visitantes habían prometido.
En efecto, se le promete una tierra y una descendencia numerosa, pero Abraham deberá iniciar un camino: «Vete de tu tierra y de tu patria y de casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré; de ti haré un gran pueblo, te bendeciré, y engrandeceré tu nombre que servirá de bendición»[1]. Tiempo después, Dios mismo le cambiará el nombre –«no te llamarás más Abrán, sino que tu nombre será Abraham»[2]– para indicar que le ha conferido «una personalidad nueva y una nueva misión, que quedan reflejadas en el significado del nuevo nombre: “padre de multitudes”[3]. Se manifiesta así que toda la singularidad del patriarca depende de la alianza con Dios y está al servicio de ésta.
Abraham escucha la voz de Dios y la pone por obra, sin prestar demasiada atención a lo que las circunstancias podían aconsejarle. ¿Por qué abandonar la seguridad de su patria, esperar una descendencia cuando tanto él como su mujer son de edad avanzada? Pero Abraham se fía de Dios, de su omnipotencia, de su sabiduría y bondad. El episodio de Sodoma y Gomorra[4] muestra, además de la gravedad del pecado que ofende a Dios y destruye al hombre, la familiaridad que tiene Abraham con su Señor. Dios no le oculta lo que está por hacer y acoge la oración de intercesión del santo patriarca. La respuesta de fe se apoya en la confianza, es decir, en un trato personal con Dios.
El conocimiento de las cosas, el sentir común, la experiencia, los medios humanos tienen su importancia, pero si todo se quedara ahí, “de tejas abajo”, nuestra percepción de la realidad sería falsa por ser incompleta, porque nuestro Padre Dios no se desentiende de nosotros ni su poder ha menguado. Así lo expresaba san Josemaría Escrivá de Balaguer: «En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...»[5]
Las dificultades habituales, por muy adversas que parezcan, nunca son la última palabra. Dios es fiel y cumple siempre sus promesas. Abraham actúa de acuerdo con esta lógica. El valor ejemplar de la fe de Abraham se compendia en tres rasgos fundamentales: la obediencia, la confianza y la fidelidad.
En la obediencia de la fe
Abraham manifiesta su propia fe principalmente obedeciendo a Dios. La obediencia presupone la escucha, pues es necesario, en primer lugar, “prestar oído”, es decir, conocer la voluntad de otro para darle respuesta y cumplirla. En la Sagrada Escritura obedecer no es sólo “cumplir” mecánicamente lo mandado: implica una actitud activa, que pone en juego la inteligencia delante de Dios que se revela, y que conduce a la persona a adherirse a la voluntad divina con todas las fuerzas y capacidades. «Cuando Dios le llama, Abraham parte "como se lo había dicho el Señor" (Gn 12, 4): todo su corazón se somete a la Palabra y obedece»[6].
La obediencia que proviene de la fe va mucho más allá de la simple disciplina: supone la aceptación libre y personal de la Palabra de Dios. Así ocurre también en muchos momentos de nuestra vida cuando podemos acoger esa Palabra o rechazarla, dejando que nuestras ideas prevalgan sobre lo que Él quiere. La obediencia de la fe es la respuesta a la invitación de Dios al hombre a caminar junto a Él, a vivir en amistad con Él. «Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma»[7].
Con confianza y abandono en Dios
Cuando consideramos la vida de Abraham, vemos que la fe está presente en toda su existencia, manifestándose especialmente en los momentos de oscuridad, en los que las evidencias humanas fallan. La fe implica siempre una cierta oscuridad, un vivir en el misterio, sabiendo que no se llegará nunca a alcanzar una perfecta explicación, una perfecta comprensión, pues lo contrario ya no sería fe. Como dice el autor de la carta a los Hebreos, «la fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven»[8]. La falta de evidencia de la fe es superada por la confianza del creyente en Dios; por la fe, el patriarca se pone en camino sin saber a dónde va, pero esa es sólo la primera ocasión en que deberá poner en juego esta virtud. Porque, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, se necesita confiar mucho en Dios para vivir «como extranjero y peregrino en la Tierra prometida»[9], y para afrontar el sacrificio del hijo: «Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré»[10].
La fe de Abraham se muestra en toda su grandeza cuando se dispone a renunciar a su hijo Isaac. El sacrificio del propio hijo es profecía de la entrega de Jesucristo para la salvación del mundo. Es algo tan tremendo que no precisa comentario. Pero Abraham no se rebela contra Dios, no lo cuestiona ni lo pone en duda: se fía de Él. Se pone en camino, sigue atento a escuchar la voz del Señor y, al final del viaje al monte Moria, descubre que no quiere la sangre de Isaac: «Y Dios le dijo: –No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y no me has negado a tu hijo, a tu único hijo. (…) Abrahan llamó a aquel lugar "El Señor provee", tal como se dice hoy: "en la montaña del Señor provee"»[11].
Sucesos similares suelen acaecer en la vida de los santos. Recordemos, por ejemplo, cuando san Josemaría pensó que el Señor le estaba pidiendo dejar el Opus Dei para poder realizar una nueva fundación, dirigida a los sacerdotes diocesanos. ¡Qué gran sacrificio! De hecho, después de hablar con varias personas en la Santa Sede, llegó incluso a comunicar su decisión a don Álvaro, a Tía Carmen, a Tío Santiago, a los miembros del Consejo general y a algunos más. «Pero Dios no lo quiso así, y me libró, con su mano misericordiosa –cariñosa– de Padre, del sacrificio bien grande que me disponía a hacer dejando el Opus Dei. Había enterado oficiosamente de mi decisión a la Santa Sede (...), pero vi después con claridad que sobraba esa fundación nueva, esa nueva asociación, puesto que los sacerdotes diocesanos cabían perfectamente dentro de la Obra»[12]. Como Abraham había sido liberado, san Josemaría lo fue, pues el Señor le hizo entender que los sacerdotes diocesanos podían formar parte del Opus Dei y ser admitidos como socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin que esto afectase a su situación en la diócesis; más aún, fortaleciéndose así su unión con el resto del clero y con su Obispo.
Fe que es fidelidad
La fe de Abraham se manifiesta también como fidelidad: ante los diversos acontecimientos persevera en su decisión de seguir la voluntad de Dios. La fe se apoya en la palabra de Dios, y por eso da pie a decisiones tomadas en profundidad, que no están sometidas a posteriores “revisiones” o “re-pensamientos”. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, porque fiel es el que hizo la promesa»[13]. En nuestra vida, siempre habrá momentos que nos servirán –con la gracia de Dios– para fortalecer y consolidar nuestra fe. Abraham fue sometido a una prueba tremenda: se vio en la tesitura de tener que sacrificar a quien era fruto de la promesa que se le había hecho. El santo patriarca no sólo tuvo que afrontar circunstancias difíciles, sino que esperó contra toda esperanza[14], porque las circunstancias invitaban a “juzgar” la voluntad divina, a dudar de Dios mismo y de su fidelidad. En esto radica la tentación que se presentó a Abraham.
También nosotros nos podemos encontrar, a veces, con situaciones donde intuimos que el Señor espera algo que quizá nos contraría: un paso adelante en la vida cristiana, la renuncia a un modo de hacer o incluso a una manera de ser, a lo mejor profundamente arraigada pero que quizá no favorece la fecundidad del apostolado. Puede surgir el impulso de silenciar esa inquietud, identificando lo que a uno le gustaría con lo que debería ser la voluntad divina: «La tentación de dejar a Dios a un lado para ponernos a nosotros mismos en el centro está siempre a la puerta»[15].
Abraham no obra así: marcha hacia el monte Moria, con un gran conflicto interior, pero convencido de que antes o después «Dios proveerá»[16]. Y Dios, que está empeñado en hacerse entender, al final provee. Para que se haga la luz, Abraham ha debido recorrer el camino completo, ha tenido que ponerse en marcha y llegar hasta el final. También nosotros, si buscamos secundar en todo momento la voluntad divina, descubriremos que, a pesar de nuestras limitaciones, Dios da eficacia a nuestra vida. Sabremos y sentiremos que Dios nos ama, y no tendremos miedo de amarle: «la fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor»[17].
Javier Yániz
[1]Gn 12, 1-2.
[2]Gn17, 5.
[3]Biblia de Navarra(tomo I, 1997), comentario a Gn 17, 5.
[4] Cfr. Gn 18-19.
[5]San Josemaría, Camino, n. 471.
[6]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2570.
[7]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144.
[8]Hb 11, 1.
[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 145.
[10]Gn22, 2.
[11]Gn 22, 12-14.
[12]San Josemaría, Carta 24-XII-1951, n. 3, en A. Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. 3, Rialp, Madrid 2003, p. 171.
[13]Hb 10, 23.
[14] Cfr. Rm 4, 18.
[15] Francisco, Audiencia general, 10-IV-2013.
[16]Gn22, 8.
[17] Francisco, Audiencia general, 3-IV-2013.
ASPECTOS EN LA VIDA DE ABRAHAM
Dios llamó a Abraham (entonces Abram) hacia el año 2000 a.C. en la antigua Mesopotamia. Este entorno se caracterizaba por el politeísmo dominante, la influencia de los grandes imperios de la región y el desarrollo de ciudades-estado muy avanzadas en los campos de la astronomía, las matemáticas y el comercio.
- El punto de partida: Ur de los caldeos
- Abraham nació y vivió sus primeros años en Ur (ubicada en el actual sur de Irak), una ciudad sumeria muy próspera y avanzada para la época. La religión allí era politeísta; la ciudad estaba consagrada al dios de la luna, Nanna.
- El panorama político y religioso
- En aquella época, las civilizaciones dependían de las grandes cuencas de los ríos Tigris y Éufrates (Mesopotamia) o del Nilo (Egipto). La política estaba dominada por reyes-sacerdotes y el poderío militar. La vida fuera de las grandes murallas urbanas era nómada y a menudo peligrosa.
- El significado del llamado divino
- El mandato de salir de su tierra y de su parentela hacia una región desconocida (Canaán) representó un contraste radical. En el mundo antiguo, el lugar de origen, la familia y los dioses locales eran los que daban seguridad e identidad a las personas. El llamado de Dios requería una fe absoluta, abandonando la comodidad urbana y politeísta para establecer un pueblo monoteísta, apartado y guiado por una promesa de bendición global.
- Rutas migratorias
- Antes de llegar a Canaán, Abraham y su familia se establecieron temporalmente en Harán (en el norte de la actual Siria), un importante centro comercial y religioso, antes de emprender su viaje final a la tierra prometida.
Abraham es considerado el padre de la fe porque obedeció el llamado de Dios para dejar su tierra natal y dirigirse a lo desconocido. Su confianza inquebrantable, incluso al estar dispuesto a ofrecer a su hijo Isaac, cimentó su legado como modelo espiritual en el judaísmo, el cristianismo y el islam.Su figura representa un pilar fundamental en las religiones monoteístas gracias a características espirituales muy marcadas:
- Obediencia ciega: Dejó su comodidad en Ur y Harán confiando plenamente en una promesa divina sin saber a dónde iba.
- El pacto y la descendencia: Dios le prometió convertirlo en padre de multitudes, cambiándole el nombre de Abram a Abraham. Su descendencia se considera tan numerosa como las estrellas.
- La prueba suprema: Demostró su fidelidad absoluta al estar dispuesto a sacrificar a Isaac en el monte Moria, demostrando que su amor a Dios superaba cualquier otra cosa.
- Padre espiritual: Según el ejemplo de fe de Abraham en el Opus Dei, su vida refleja cómo la fe se sostiene en la esperanza y en la palabra de Dios.
El Pacto Abrahámico se fundamenta en tres promesas principales que Dios le hizo a Abraham, las cuales abarcan su descendencia, la tierra prometida y una bendición universal.
- Una gran descendencia (Simiente): Dios prometió convertir a Abraham en padre de una gran nación, con una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y el polvo de la tierra.
- La Tierra Prometida: Dios le prometió darle a Abraham y a sus descendientes la tierra de Canaán como posesión perpetua para que pudieran habitar en ella.
- La Bendición Universal: Dios prometió que, a través de la descendencia de Abraham, todas las familias y naciones de la tierra serían bendecidas.
A continuación, se detallan los pasajes bíblicos exactos donde se mencionan estas promesas:
Las 6 partes de la promesa:
El encuentro de Abraham con Melquisedec
Es un episodio bíblico crucial donde el patriarca, tras rescatar a su sobrino Lot, es bendecido por este misterioso rey y sacerdote. Este personaje, cuyo nombre significa "Rey de Justicia" y quien gobernaba Salem, es celebrado por Abraham al ofrendarle el diezmo de todos sus bienes.
- Promesa de la tierra: Génesis 12:1, Génesis 13:14-17, y reafirmada con el pacto en Génesis 15:18.
- Promesa de la descendencia: Génesis 15:4-5 y Génesis 22:17.
- Promesa de bendición universal: Génesis 12:2-3 y Génesis 22:18.
Las 6 partes de la promesa:
- Dios haría de él una nación grande: sus descendientes serían numerosos.
- Abram contaría en todo momento con la bendición de Dios.
- Abram sería famoso, su nombre sería conocido por todas partes.
- Él no solo recibiría bendición, sino que también sería de bendición a otros.
- Dios bendeciría a los que bendijeran a Abram y maldeciría a los que lo maldijeran.
- Por medio de Abram, todas las familias de la tierra recibirían bendición.
El encuentro de Abraham con Melquisedec
Es un episodio bíblico crucial donde el patriarca, tras rescatar a su sobrino Lot, es bendecido por este misterioso rey y sacerdote. Este personaje, cuyo nombre significa "Rey de Justicia" y quien gobernaba Salem, es celebrado por Abraham al ofrendarle el diezmo de todos sus bienes.
Este suceso, narrado principalmente en el capítulo 14 del libro de Génesis, resalta por varios elementos clave:
- El contexto de la victoria: Abraham regresaba de derrotar a una coalición de reyes en el valle de Save cuando se encontró con el rey de Sodoma y con Melquisedec.
- La figura de Melquisedec: Era el "rey de Salem" (la antigua Jerusalén) y "sacerdote del Dios Altísimo". Su figura representa una intercesión anterior y paralela al posterior sacerdocio levítico, siendo considerado en la teología cristiana un precursor o tipo de Cristo.
- El pan y el vino: Melquisedec salió a su encuentro y le ofreció pan y vino, un acto de comunión que históricamente ha sido asociado con la bendición y prefiguración de la eucaristía.
- La bendición y el diezmo: Lo bendijo reconociendo al Dios creador de los cielos y de la tierra. En reconocimiento a su autoridad espiritual superior, Abraham le entregó el diezmo (la décima parte) del botín de guerra obtenido.
La historia de Abraham se relaciona con el Nuevo Testamento al establecer las bases de la fe cristiana, sirviendo como modelo de justificación por gracia.
El Nuevo Testamento presenta a Abraham no solo como el padre biológico de Israel, sino como el padre espiritual de todos los creyentes. Las conexiones principales se organizan en los siguientes puntos clave:
- Genealogía de Jesucristo: El Nuevo Testamento conecta directamente a Abraham con Jesús. El Evangelio según Mateo inicia su relato estableciendo que Jesús es el "Hijo de David, hijo de Abraham", validando a Jesús como el cumplimiento de las promesas mesiánicas.
- La Justificación por la Fe: En Romanos y Gálatas, el apóstol Pablo utiliza a Abraham como el ejemplo supremo de cómo el ser humano es justificado ante Dios por su fe y no por cumplir la ley. La fe de Abraham al creer en la promesa de Dios se le acreditó como justicia.
- La Promesa de Bendición para Todas las Naciones: La promesa inicial a Abraham en el Génesis de que "en ti serán benditas todas las familias de la tierra" es vista en el Nuevo Testamento como la profecía de la salvación universal a través de Jesucristo, derribando barreras entre judíos y gentiles.
- Cristo como la "Simiente" Prometida: En Gálatas, Pablo explica que la descendencia prometida a Abraham se cumple en la persona de Cristo, y que todos los que aceptan a Jesús pasan a ser linaje de Abraham y herederos espirituales.
- Visión Celestial y Esperanza Eterna: El libro de Hebreos destaca que Abraham no solo buscaba una tierra terrenal, sino que miraba hacia adelante esperando una ciudad celestial cuyo arquitecto es Dios, mostrando una fe que anticipa el reino eterno



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