Introducción y María y la Palabra

MARIOLOGÍA BREVE POSCONCILIAR 
Temas de Mariología tratados de manera suscinta para transmitir a las comunidades cristianas.
 P. Antonio Larocca smc 
P. Javier Alson smc 



INTRODUCCIÓN
El estudio sobre la Santísima Virgen María tiene varias áreas establecidas y desde el Concilio Vaticano II se ha desarrollado de manera cada vez más adecuada, tomando en cuenta a la Virgen dentro de la Iglesia, en su relación con Cristo y con la Iglesia toda, de la cual ella es el miembro más preeminente. Es humana, como cada uno de nosotros, los demás miembros de la Iglesia, pero vive realidades que más nadie las tiene en la Iglesia; ella es la madre del Mesías y al mismo tiempo es la Llena de Gracia, nunca hubo pecado en su persona, ni siquiera el pecado original.

Las áreas que desarrollaremos brevemente son: María y la Palabra, María en los Apócrifos, María en los Padres de la Iglesia, María en los Dogmas, María en la Liturgia, María en el Magisterio de la Iglesia, María en las diversas Advocaciones, María, la Nueva Evangelización y la Religiosidad Popular, María en el Ecumenismo.

El conocer mejor a la Virgen María es una manera de conocer mejor toda la Iglesia, toda la doctrina cristiana, porque ella está presente en toda la revelación y es la persona humana que más cerca está de Dios.
La Teología (el estudio sobre Dios) tiene siempre tres apoyos fundamentales, así mismo la Mariología, el estudio sobre María, que es una parte de la Teología. 
Estos tres apoyos fundamentales son la Revelación, que está plasmada sobre todo en la Sagrada Escritura, la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Algunos la llaman la Escritura Hebrea y la Griega, por ser estos sus idiomas originales. En la Biblia hay una cierta cantidad de presencia mariana.

El otro apoyo de la Teología es la Tradición, que es recogida sobre todo en los escritos de los Padres de la Iglesia, que se estudia en la Patrística. La Tradición está basada en la comunicación de vida y de palabras desde Jesús, los Apóstoles, hacia las épocas posteriores. La Iglesia no es solamente un cuerpo de leyes o unos escritos, sino que es un cuerpo vivo que experimenta y transmite la gracia divina en su convivir cotidiano, en su liturgia, en su organización, en su acción pastoral y en su potestad.

El otro elemento fundamental para la Teología es lo que llamamos Magisterio, es la autoridad de la Iglesia, que siempre estuvo allí. Desde Jesús, el primer Maestro, los Apóstoles, que recibieron el depósito de la fe, lo cuidaron y transmitieron a las futuras generaciones, y cada vez nombraron autoridades responsables para la Iglesia. 
El Magisterio actual es el del Papa junto con todos los obispos en comunión con el mismo Papa, quien es al mismo tiempo el Obispo de Roma. El Magisterio tiene el don de discernir lo que es un error de lo que la verdad. Así cualquier estudio teológico, mariológico, debe pasar por la mirada del Magisterio y dar su aprobación de que es doctrina correcta de la Iglesia; de que corresponde a la fe recibida y custodiada celosamente por la Iglesia.

Si queremos profundizar en el estudio sobre la Virgen María debemos por lo tanto estudiar estos varios aspectos de la teología, además de otras realidades donde María se expresa a lo largo y ancho de la historia eclesial, como la Religiosidad Popular, las Advocaciones Marianas, entre otras.


I-MARÍA Y LA PALABRA
La relación de la Virgen María con la Palabra de Dios es única, original e irrepetible. El Evangelio de Juan nos dice: y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Cf. Jn 1,14). Esto significa que la Palabra de Dios, el Verbo eterno de Dios, se hizo hombre en el vientre purísimo de María. Ella no solamente se relacionó con la Biblia del Antiguo Testamento, sino que además Dios quiso que fuese la Madre de la Palabra hecha hombre, Jesucristo. Además ella está presente en la Biblia, en el Nuevo Testamento; allí la encontramos con su nombre y de varias maneras la Biblia habla de María.

En el Antiguo Testamento podemos encontrar referencias a María, aunque no se la nombra directamente. Estas referencias indirectas son tan importantes que en el Nuevo Testamento encontramos varias citaciones del Antiguo para referirse concretamente a María la madre del Mesías esperado, la madre de Jesús de Nazaret.

En el Libro del Génesis 3,15, después que la serpiente engaña a Eva y Adán, Dios hace una promesa: enemistad pondré entre ti (la serpiente) y la mujer (Eva) entre tu descendencia y la suya (un hombre hijo de mujer) él te aplastará la cabeza mientras tú le acechas el talón. (Cf. Gn 3,15).

Es la primera promesa de recuperación de la gracia que tiene la Biblia, allí se anuncia el triunfo de un hombre sobre el mal, sabemos que ese hombre es Jesús, el Mesías esperado de los tiempos, y su madre es María. La enemistad entre la serpiente y la mujer sucede completamente en María; ella nunca cometió pecado y por eso la serpiente es su enemiga total. Ella también le aplasta la cabeza a la serpiente por su pureza, amor y fidelidad a Dios.

El libro del Profeta Isaías también hace referencia a María: he aquí que una doncella concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Cf. Is 7,14) La palabra que usa Isaías, en hebreo es Almaha, que significa doncella, es decir, joven virgen. Esta profecía estuvo presente en el pueblo de Israel; el mismo Evangelio de Mateo la utiliza cuando narra lo del sueño de José, esposo de María: Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: = Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, = que traducido significa: «Dios con nosotros.» (Mt 1,22-23).

La joven virgen de quien habla la profecía de Isaías es María y el Emmanuel es Jesús, Dios con nosotros. El nombre de Jesús significa “Dios salva” y Él nos salva porque está entre nosotros, con nosotros. La salvación consiste en estar con Dios. La señal más grande de la intervención de Dios fue que una joven virgen diera a luz a un hijo, por obra de Dios, sin perder su virginidad.

También el profeta Miqueas anuncia la venida del Señor y hace referencia a su madre:
Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh, con la majestad del nombre de Yahveh su Dios. Se asentarán bien, porque entonces se hará él grande hasta los confines de la tierra. (Mi 5,1-3).
El Mesías fue profetizado y esperado por el pueblo de Dios del Antiguo Testamento y la madre del Mesías fue también profetizada en varios de esos lugares de la Biblia.
También en el Antiguo Testamento podemos percibir el esfuerzo del pueblo de Israel por recuperar la gracia perdida en Eva y Adán. 

Hay ejemplos de mujeres admirables por su fe, por su fidelidad a Dios, por su valentía, por su honestidad, como Sara la esposa de Abraham, Ruth, Esther, Judith, entre otras. Esas mujeres ya prefiguran a María, la madre de Jesús, quien es la hija de Israel más perfecta, la que a veces en la Biblia nombran como la hija de Sión. 
En el Profeta Sofonías encontramos esta expresión: 
¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén! Ha retirado Yahveh las sentencias contra ti, ha alejado a tu enemigo. ¡Yahveh, Rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal! (Sof 3,14-15).
Dios entre nosotros, Jesús, Dios está en medio de nosotros y ya el mal no puede contra nosotros. La alegría de Israel por la llegada de su Mesías se concentra en María; ella fue la que inauguró la alegría del Adviento, cuando en su hogar, silenciosamente esperó la llegada de su hijo al mundo, lo gestó en su seno y lo adoró ya desde allí. La gran alegría de toda la Iglesia y de toda la humanidad porque Dios se ha hecho uno de nosotros y nos acompaña y nos libera definitivamente del mal.

En el Nuevo Testamento ya está presente María directamente; la Carta a los Gálatas de San Pablo, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento (en los años 40 después de Cristo), nos dice:
 Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. (Gal 4,4-5). 
Está ya hablando de María aunque sin decir su nombre, y está afirmando que el Hijo de Dios es del pueblo de Israel, nacido bajo la ley, y que su madre también lo es; una mujer israelita.

El Evangelio de Marcos, el más primitivo, escrito en los años 60 después de Cristo, nombra ya a María con su nombre propio: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él. (Mc 6,3). Ese pasaje, además de revelarnos el nombre de la madre del Mesías, nos refuerza también nuevamente que ella era del pueblo de Israel, una mujer judía, que vivía en una comunidad, vecindad familiar, y esas personas eran consideradas como los hermanos de Jesús; eran gente normal de ese lugar, como todos, con sus creencias y normas religiosas, culturales y su vida social. Por eso les costaba mucho creer que Jesús era el Mesías esperado.

El Evangelio de Mateo, escrito alrededor de los años 70, sobre todo para comunidades judias fuera de Judea, también tiene presente a María, cuando explica la manera extraordinaria del nacimiento de Jesús: La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. (Mt 1,18-19).

Luego José recibe la explicación en el sueño, donde el evangelista acude a la profecía de Isaías 7,14 en la cual esperaban la señal de una virgen que iba a engendrar un hijo por la acción directa de Dios. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
  «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: = Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, = que traducido significa: «Dios con nosotros.» (Mt 1,20-23).
El evangelio de Mateo entonces vuelve a nombrar a María con nombre propio, además hace ver que era prometida esposa de José y que el nacimiento de su hijo fue algo extraordinario, por intervención directa de Dios, ella manteniéndose virgen.

El Evangelio de Lucas, de los años 80, aproximadamente, escrito para personas más bien de origen griego, habla de María de manera aún más detallada y podemos percibir aquí cualidades propias de ella como persona. Allí se narra cuando el ángel Gabriel le anuncia que será la madre del Mesías y cómo sucederá, por la acción poderosa del Espíritu Santo. María dialoga con Dios: ¿cómo será eso, pues no conozco varón? El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. (Cf. Lc 1,34-35).

Podemos entender que María era una creyente de Dios, no dudó en ningún momento ni se extrañó de que Dios se le comunicara; habla con el ángel de Dios y al final se compromete con todo su ser: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Cf. Lc 1,38). María es la persona más humilde y servidora de Dios.

También Lucas nos da una pista de cómo la primera comunidad cristiana consideraba a María; cuando ella visita a Isabel su pariente, ésta le dice: ¿Y cómo es que la madre de mi Señor venga a mí? (Cf. Lc 1,43). 
Lo cual indica el título propio que le dieron a María cuando ella estaba aún en este mundo y compartía en la Iglesia del comienzo; un título muy importante y de mucho respeto y aprecio, la Madre del Señor. Lucas además nos muestra cómo oraba María, el famoso cántico del Magnificat:
proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva; desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones. (Cf. Lc 1,46-48), 
lo cual indica la relación de María con todo el pueblo de Israel, su amor a Dios, su actitud de agradecimiento y la profecía que desde ese momento todas las generaciones de la humanidad la iban a reconocer como bienaventurada, lo cual se ha cumplido hasta ahora; en alguna parte de la tierra siempre ha habido personas que han amado a María y la han bendecido y felicitado por ser quien es, por las gracias que Dios le otorgó, por su humildad, su santidad y el lugar y servicio que realiza en la Iglesia, por ser la Madre de Dios Mesías.

Más adelante Lucas nos dice que ella guardaba todas esas cosas y las meditaba en su corazón (Cf. Lc 2,19), lo cual muestra una persona reflexiva, profunda, que ponía las cosas de Dios en su corazón para poderlas cumplir con toda su entrega.

También Lucas narra la profecía que el anciano Simeón le hace a María, anunciándole que iba a sufrir mucho por causa del dolor de su hijo Jesús, quien iba a ser levantado y convertirse en un signo de contradicción por causa de nuestros pecados: Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: 
«Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.» (Lc 2,34-35).
Hay muchos otros detalles que debemos seguir descubriendo y profundizando; una de las narraciones más controvertidas, que está en Lucas, Mateo y Marcos es cuando habla de los hermanos de Jesús. Allí la Biblia se refiere a los familiares, que en ese contexto se les nombraba como hermanos, pero en ninguna parte de la Biblia dice y nombra a otros hijos de María, siempre cuando habla de su hijo se trata de Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles, del mismo evangelista San Lucas, nos muestran a María participando en Pentecostés en la Iglesia primitiva, con los apóstoles y otros discípulos y mujeres y familiares de Jesús cuando el Espíritu Santo se derramó y terminó de sellar la Iglesia, la fundó definitivamente: 
Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos. (Hch 1,14) 
Esto nos hace ver que la Virgen estuvo siempre en la Iglesia, desde que el Verbo se hizo carne, hasta que el Espíritu se derramó en los primeros creyentes y se quedó para siempre en la Iglesia ayudándonos a todos.

El Evangelio de Juan, escrito ya entre el año 90-100 después de Cristo, profundiza más aún el misterio de María en la Iglesia; tiene dos pasajes principales marianos; las Bodas de Caná (Cf. Jn 2,1-12) donde se les acabó el vino en la fiesta de bodas y María interviene con su hijo Jesús: no tienen vino (Cf. Jn 2,3) Jesús hace el milagro, manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Cf. Jn 2,11). Juan nos enseña que María ya creía en Jesucristo como Mesías y que ayudó a que sus discípulos (los apóstoles) comenzaran a tener fe. La fe de María es la fe de la Iglesia; ella es la primera creyente en Jesús.

La otra escena del evangelio de Juan es la de María al pie de la cruz (Cf. Jn 19,25ss). 
Allí María participa del momento más dramático de la vida de su hijo, junto con otras personas. 
Allí Jesús le encomienda al discípulo amado como hijo y le encomienda al discípulo amado a María como su madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (Cf. Jn 19,27). 

María fue adoptada como madre, y ella nos adoptó a todos como hijos. La primera comunidad cuidó de ella, la tuvo viviendo en comunidad de fe y amor a Cristo; ella formó parte de la Iglesia primitiva. 

 El Libro del Apocalipsis, escrito entre el año 100 a 110 después de Cristo, por la misma escuela del apóstol San Juan, habla también de la mujer vestida de sol, con la luna a sus pies y coronada de doce estrellas (Cf. Ap 12,1) 
Esta figura de mujer hace referencia por un lado a la Iglesia pero por otra parte a María, porque habla de un hijo que va a reinar para siempre; habla del dragón que quiere devorar al hijo y de la persecución del dragón hacia ella.

 La lucha del mal contra la Iglesia y contra María siempre ha estado allí. Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús. (Ap 12,17) 

Vemos cómo el Apocalipsis habla de los otros hijos de la mujer, que son los mismos hijos de la Iglesia. María tiene muchos otros hijos, que somos nosotros mismos, los que creemos en Jesús, los hijos de la Iglesia. 

Ella nos ayuda, nos acompaña y protege en nuestro caminar de fe, en la lucha espiritual que cada uno debe llevar adelante para llegar a la salvación definitiva. 

El Libro del Apocalipsis nos quiere decir que la relación entre María y la Iglesia es única e indivisible.