IX- Piedad popular, Evangelización y María

El Magisterio de la Iglesia publicó el Directorio de Piedad Popular y Liturgia en el año 2002; la fe cristiana se expresa en la Liturgia pero también se expresa en la devoción popular, en las múltiples manifestaciones que existen a lo largo y ancho de la historia eclesial y humana.
Este documento nos hace ver cómo ha evolucionado la relación entre Liturgia y Piedad Popular a lo largo de los siglos.


Época Apostólica y sub-Apostólica
En la época apostólica y post apostólica la liturgia y piedad popular se hallan en expresiones comunes cultuales. Al comienzo para las comunidades cristianas, el centro celebrativo era esencialmente el misterio pascual y lo que contaba era la persona de Cristo Redentor (cf. Col 2,16), el acontecimiento mesiánico de su encarnación, nacimiento, vida, muerte y resurrección, ascensión, sus palabras (cf. Jn 6,63), su mandamiento de amor mutuo como fundamento de la naciente Iglesia para el Reino (cf. Jn 13,34), las acciones que él había pedido realizar en memoria suya para que permaneciera presente entre nosotros (cf. 1 Cor 11,24-26), las promesas del Paráclito y de su misión escatológica que recapitularía al final toda la historia de salvación.

Unida a esta celebración devocional de Cristo se desarrolla paralelamente y de forma más lenta la evocación de la Virgen María integrada al misterio de la salvación en la anunciación, de la proclamación de la acción de Dios en su propia vida y en la historia del pueblo de Dios con el canto del Magnificat, de su intercesión como madre de Dios a partir de las bodas de Caná, y la memoria de su presencia maternal oferente al pie de la cruz. La presencia del Magnificat en el evangelio de Lucas, canto de glorificación de impronta veterotestamentaria, denota la posible práctica no sólo de la veneración, sino el posible uso en la prácticas de oración para la proclamación de la gloria de Dios ya presente en las primeras celebraciones litúrgicas, como lo pudo atestiguar el mismo libro de los Hechos cuando pone a María presente y unida en un mismo espíritu de oración en el cenáculo a la espera del Paráclito.

La tradición de la muerte y asunción de María fue posiblemente el comienzo real de una devotio mariana entre los discípulos y seguidores del Señor, que vino a rellenar el constante sentido de admiración y respeto hacia la madre del Señor, que ya había existido mientras ella estuvo viva acompañando a la comunidad después de la Pascua.

Con respecto a la devoción mariana a partir de la experiencia comunitaria celebrativa de los primeros cristianos, se puede establecer un proceso de tres etapas: primero, de admiración mezclada con gratitud basada en el paralelismo María-Eva, que integra María al plan de salvación; segundo, de oración confiada como respuesta de fe del pueblo de Dios; tercero, de veneración en los templos y los mosaicos y pinturas en la contemplación del misterio de la maternidad divina.



Los primeros siglos
En los primeros siglos del cristianismo se puede hablar de un complejo fenómeno, donde empieza a darse desde fuera del cristianismo la coexistencia de diferentes culturas dentro del equilibrio de la pax romana del imperio por un lado, y por el otro lado, desde dentro, el crecimiento del Reino, acompañado por el progreso de la cultura universal desde el judeocristianismo.

Desde el siglo II comienza a emerger el proceso de progresiva incorporación por el cual empiezan a aparecer formas y expresiones de piedad popular, de origen judaico o greco-romano, o de otras culturas, que confluyen espontáneamente en la liturgia. Recordemos por ejemplo el documento de la Traditio apostólica con elementos incluidos de raíz popular. 
El culto de los mártires se extendió muy rápidamente en las Iglesias locales, y dentro de esa devoción se pueden encontrar restos de usos populares relacionados al culto de los difuntos. Esbozos de piedad popular se pueden encontrar también en algunas primitivas expresiones de veneración a la Bienaventurada Virgen, entre las que se recuerda la oración Sub tuum praesidium (Bajo tu Amparo) del II-III siglo, o como la famosa pintura de María con el Niño en las catacumbas de Priscila de Roma, donde se asocia el culto a los muertos y a los mártires con María madre y la figura del nuevo nacimiento en Cristo.

La Edad Media
Si los primeros siglos hasta el VIII-IX fueron los que marcaron la difusión del Evangelio y el establecimiento en la realidad histórica, religiosa, social y cultural más allá de Palestina y de Judea, la edad media (alta y baja) que le siguió, fue la época donde el cristianismo llegó a formular y realizar el proyecto de la Civitas Dei, es decir, la realización de una civilización fundada en la fe cristiana.

En Occidente se desarrolla el encuentro del cristianismo con los nuevos pueblos del centro y del norte de Europa, como los celtas, visigodos, anglosajones, francogermanos; y esto a su vez engendra un fructífero “proceso de formación de nuevas culturas y de nuevas instituciones políticas y civiles.” (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.29). Lo que caracteriza enormemente este período, hecho que se prolonga hasta la mitad del siglo XV, es el dualismo entre la celebración en lengua latina de la liturgia y el desarrollo de una piedad popular en lengua vernácula.

Entre las causas que colaboran en esta división tenemos: la reducción de la participación de los laicos en la celebración litúrgica competencia exclusiva de los clérigos; el conocimiento insuficiente de las Escrituras y la difusión de la literatura apócrifa, más imaginativa y milagrera; la escasez de predicación mistagógica y homilética, acompañada por una formación catequética insuficiente; el uso del alegorismo que aleja el significado original de los textos sagrados; la utilización de formas y estructuras expresivas populares, ante una liturgia que se había vuelto incomprensible y distante para el pueblo. En la Edad Media nacen y se desarrollan así muchas prácticas devocionales que todavía perduran en la actualidad; sobre todo los acontecimientos salvíficos de la Navidad de Cristo y de su Pasión, Muerte y Resurrección, donde siempre se celebra la presencia de María como Madre y Señora.

Se puede decir que en la Edad Media, la relación entre liturgia y piedad popular presenta una influencia reciproca por un lado y por el otro mantiene un cierto dualismo. Al final de la Edad Media, ambas pasan por un periodo de crisis: “en la Liturgia por la ruptura de la unidad cultual, elementos secundarios adquieren una importancia excesiva en detrimento de los elementos centrales; en la piedad popular, por la falta de una catequesis profunda, las desviaciones y exageraciones amenazan la correcta expresión del culto cristiano.” (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.30).

La Época Moderna
Desde el siglo XV se da más importancia a muchos ejercicios de piedad basados en la devoción espiritual interior íntima y personal, la devotio moderna, unida a la meditación afectiva fundamentada en la humanidad de Cristo y en la contemplación de su pasión y muerte. En cierto sentido, la liturgia queda movida de su carácter de fuente principal de encuentro con Cristo, lo cual favorece las prácticas de oración y de espiritualidad a expensas de las celebraciones comunitarias y eclesiales. Esto implica la pérdida de la valoración plena de la celebración y de la participación litúrgica. Los descubrimientos geográficos de África, América y Asia entre el siglo XV y el siglo XVI, fomentan nuevamente la relación entre liturgia y piedad popular, dado que los misioneros realizan su labor evangelizadora sobre todo por el anuncio del kerigma en la Palabra, las catequesis, y en la celebración de los sacramentos. (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.36).

El Concilio de Trento (1545-1563) buscó responder desde el aspecto doctrinal la cuestión protestante, en especial definiendo la formación litúrgica y el ejercicio de la piedad del pueblo, por medio del Catecismo, para evitar abusos y errores y devolver al antiguo esplendor y dignidad la liturgia romana. A pesar de esto la rigidez de la ordenación de las rúbricas reforzó el aspectojerárquico y profundizó el dualismo con la piedad popular, que a su vez floreció creativamente y abundantemente.

Las misiones populares de la época, motivaron la propagación de los ejercicios de piedad.
En ellas, Liturgia y piedad popular coexisten, aunque con cierto desequilibrio: las misiones, de hecho, tienen por objeto conducir a los fieles al sacramento de la penitencia y a recibir lacomunión eucarística, pero recurren a los ejercicios de piedad como medio para inducir a la conversión y como momento cultual en el que se asegura la participación popular. (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.41).

En Latinoamérica empieza un proceso diferente de inculturación de la fe, sobre todo a partir de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe en México (1531) y de Nuestra Señora de Coromoto en Venezuela (1652), que con su naciente devoción e impacto histórico cultural religioso activan el proceso de evangelización desde criterios inculturados; criterios no impuestos sino dados providencialmente a los pueblos amerindios y a la raza criolla naciente. También adquieren importancia las diferentes advocaciones marianas tradicionales en el Continente como la Inmaculada, la de Altagracia, la Asunta, la Virgen del Carmen, la Divina Pastora, etc.


La Época Contemporánea
Después de la revolución francesa del siglo XIX y posteriormente la era napoleónica, con sus efectos antirreligiosos y anticatólicos; se da un camino de reconstrucción religiosa y renacimiento litúrgico (mencionamos la obra litúrgica del abad Prosper Guéranger (+1875), restaurador del monacato en Francia y fundador de la abadía de Solesmes), que sobre todo se expresa progresivamente con el surgimiento de centenares de Congregaciones de vida religiosa, en especial de denominación y espiritualidad mariana (se habla de unas setecientas).

Al valorarse la Iglesia como pueblo de Dios se motiva la liturgia entendida como la expresión cultual, sentida y participada de todo el pueblo de Dios. De esta forma se comienza a recuperar el terreno entre la piedad popular y el culto celebrado. Así, al incrementarse el uso del canto litúrgico, se da el aumento de nuevos cantos populares; facilitado por el uso de misales bilingües y de la propagación de devocionarios. El romanticismo de la época se refleja también en la devoción popular y con respecto a María se exaltan espiritualmente los valores virtuosos de su ser femenino como virgen, esposa y madre. 

También en esta época se desarrolla un fenómeno ya conocido desde la antigüedad que relaciona la piedad popular influenciada por las apariciones y milagros de la Virgen María:”Expresiones de culto locales, nacidas por iniciativa popular, y referidas a sucesos prodigiosos, milagros, apariciones, (ver La Salette, La Milagrosa, Lourdes), obtienen posteriormente un reconocimiento oficial, el favor y la protección de las autoridades eclesiásticas y son asumidas por la misma Liturgia. En este sentido es característico el caso de diversos santuarios, meta de peregrinaciones, centros de Liturgia penitencial y eucarística y lugares de piedad mariana.” (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.45).

Gran labor desarrolló respecto a la liturgia el Papa san Pío X (1903-1914) que buscó popularizarla; es decir, hacerla “popular”. Para que el pueblo tuviera un auténtico espíritu cristiano. También afirmó la superioridad del culto litúrgico para evitar la confusión con la piedad popular y buscó abrir caminos en la justa comprensión y relación entre liturgia y prácticas piadosas populares. De esta forma se desarrolló paulatinamente el gran movimiento litúrgico entre el siglo XIX y XX con el aporte de especialistas, teólogos, monjes, obispos y pontífices, que movidos por el Espíritu Santo fueron reconociendo, profundizando el objetivo pastoral de renovar la participación y el sentido de pertenencia a la enorme feligresía multicultural y multiétnica del pueblo de Dios (cf. 1 Pe 2,5). Al mismo tiempo se fue aclarando la importancia de la devoción popular, a pesar de la resistencia de los exponentes más estrictos de la renovación litúrgica. En este sentido el papa Pío XII, en la encíclica Mediator Dei del 21 de Noviembre de 1947, defendió la importancia de los ejercicios de piedad, con los cuales, se había identificado la piedad católica de los últimos siglos.

Al final de este recorrido histórico, el Concilio ecuménico Vaticano II, mediante la Constitución Sacrosanctum Concilium, definió como Magisterio la relación entre la Liturgia y la piedad popular, “proclamando el primado de la santa Liturgia y la subordinación de los ejercicios de piedad, aunque recordando la validez de estos últimos.” (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.46).



La veneración a la Santa Madre del Señor
El capítulo V del Directorio se preocupa de presentar el culto a María. En general se pueden diferenciar en la devoción mariana cuatro aspectos: Veneración o hiperdulía porque se reconoce la excelencia de la madre de Dios, amor: amar a Cristo es amar a María y amar a María es amar la Iglesia de Cristo, invocación se invoca como intercesora, imitación de las virtudes.

La subdivisión del capítulo se resume así: Algunos principios (183-186); Los tiempos de los ejercicios de piedad marianos (187-191); La celebración de la fiesta (187); El sábado (188); Triduos, septenarios, novenas marianas (189); Los “meses de María” (190-191); Algunos ejercicios de piedad, recomendados por el Magisterio (192-207); Escucha orante de la Palabra de Dios (193-194); El Angelus Domini (195); El Regina caeli (196); El Rosario (197-202); Las Letanías de la Virgen (203); La Consagración – entrega a María (204); El Escapulario del Carmen y otros escapularios (205); Las medallas marianas (206); El himno Akathistos (207).

Vamos a reportar el texto de los principios generales que consideramos más importante para poder comprender las devociones populares marianas combinadas con la liturgia y el tiempo litúrgico.

Algunos principios
La piedad popular a la Santísima Virgen, diversa en sus expresiones y profunda en sus causas, es un hecho eclesial relevante y universal. Brota de la fe y del amor del pueblo de Dios a Cristo, Redentor del género humano, y de la percepción de la misión salvífica que Dios ha confiado a María de Nazaret, para quien la Virgen no es sólo la Madre del Señor y del Salvador, sino también, en el plano de la gracia, la Madre de todos los hombres.(Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.183).

La directriz fundamental del Magisterio, respecto a los ejercicios de piedad, es que se puedan reconducir al “cauce del único culto que justa y merecidamente se llama cristiano, porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión y por medio de Cristo conduce en el Espíritu al Padre”. Esto significa que los ejercicios de piedad marianos, aunque no todos del mismo modo y en la misma medida, deben:
  • - expresar la dimensión trinitaria que distingue y caracteriza el culto al Dios de la revelación neotestamentaria, el Padre, el Hijo y el Espíritu; la dimensión cristológica, que subraya la única y necesaria mediación de Cristo; la dimensión pneumatológica, porque toda auténtica expresión de piedad viene del Espíritu y en el Espíritu se consuma; el carácter eclesial, por el que los bautizados, al constituir el pueblo santo de Dios, rezan reunidos en el nombre del Señor (cfr. Mt 18,20) y en el espacio vital de la Comunión de los Santos;
  • - recurrir de manera continua a la sagrada Escritura, entendida en el sentido de la sagrada Tradición; no descuidar, manteniendo íntegra la confesión de fe de la Iglesia, las exigencias del movimiento ecuménico; considerar los aspectos antropológicos de las expresiones cultuales, de manera que reflejen una visión adecuada del hombre y respondan a sus exigencias; hacer patente la tensión escatológica, elemento esencial del mensaje cristiano; explicitar el compromiso misionero y el deber de dar testimonio, que son una obligación de los discípulos del Señor. (Directorio de Piedad Popular y Liturgia, n.186).

Los Santuarios y las Peregrinaciones
Es importante resaltar esta realidad de la piedad popular católica, especialmente mariana; las apariciones marianas han producido santuarios donde millones de personas acuden anualmente a renovar su fe, a alimentarse espiritualmente. Hay zonas del mundo descristianizadas y sin embargo mantienen vigencia los grandes santuarios marianos que están en esas regiones, como Lourdes en Francia y Fátima en Portugal. En esos santuarios se da una pastoral propia de santuarios, que requiere preparación adecuada, atención especializada, trabajo con los jóvenes, las familias, los enfermos y además con diversas clases de profesionales, los militares, los maestros, entre otras profesiones.

Allí también confluyen las Peregrinaciones, que no son simplemente un paseo turístico, sino grupos de personas o individuos que realizan un viaje especialmente hacia esos lugares, y que la mayoría de las veces tienen una profunda devoción a María la madre de Jesús. Las peregrinaciones son muy importantes en el ámbito de la fe; desde Abraham, el padre de la fe, quien estuvo en el desierto buscando a Dios, Moisés y el pueblo de Israel. Nuestro camino de fe se nos presenta como una peregrinación en la vida hacia la casa del Padre, acompañados por María, a quien invocamos y acudimos para sentir su protección y ayuda, su amor materno, su manto protector que nos arropa. La dimensión peregrinante ligada a los santuarios marianos representa un área de mucha relevancia en nuestra Iglesia Católica y hay que también trabajar con ella, ayudando a los fieles a practicarla para renovar la fe y no quedarse adormecidos en una actitud casi inmóvil. La Virgen María también salió a atender a Isabel su prima, salió a servir, a cumplir la voluntad de Dios. Salir de sí mismo para encontrarse con Dios y con el prójimo, para servir a Dios y al prójimo.


Evangelización y piedad popular mariana en Latinoamérica
El pueblo en general no profundiza demasiado intelectualmente, pero vive la intuición de la fe, el sensus fidelium, que es más profundo que cualquier conciencia simplemente intelectual.
El Espíritu Santo es quien trabaja en la Iglesia para llevar al pueblo de Dios por los caminos espirituales. La Iglesia debe trabajar de acuerdo con el Espíritu Santo atendiendo al pueblo de Dios y ayudándolo a elevar y purificar su doctrina y su fe. La devoción mariana en Latinoamérica tiene un arraigo especial y misterioso en el pueblo de Dios, millones de personas se mueven por esa devoción a María y a otros santos. No pocas de esas personas no saben mucho de la doctrina cristiana pero acuden con gran fervor y espíritu religioso a los santuarios, peregrinaciones, procesiones dedicadas a esos santos.

Hay que estar conscientes de que el pueblo tiene sed de Dios, pero que no sabe muchas veces cómo profundizar; se puede quedar en la imagen, la costumbre, los ritos tradicionales, pero en ningún momento debemos desvalorizar esta realidad religiosa espiritual, tampoco tenemos que tener un prejuicio solamente porque no la comprendemos. Debemos estar abiertos a la acción del Espíritu en medio de su pueblo, y cooperar para que esa acción ocurra lo mejor que podamos. La Iglesia latinoamericana tiene fuerza no solamente por su verdad, que es eterna e inconmovible, pero también por la gente, por la masa de creyentes.

Los Documentos del CELAM
La Exhortación Apostólica post sinodal de Juan Pablo II Ecclesia in America, n. 11, toma del documento de Puebla n. 282 el punto más álgido del enfoque mariano de ese documento: En Santa María de Guadalupe encontramos un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. La veneración a nuestra Madre y en especial la advocación de nuestra Señora de Guadalupe, asociada a sus apariciones en México, en 1531, se puede considerar el punto de encuentro entre liturgia, piedad popular, santuario, peregrinación, evangelización, inculturación, en la realidad del Continente Americano. La religiosidad popular está presente en muchos de los documentos de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano C.E.L.A.M. desde el comienzo hasta ahora: recordaremos en el Documento de Puebla 1979: La Evangelización y Religiosidad Popular: 444-469; en el Documento de Santo Domingo 1992: nn. 18; 36; 38; 39; 53; 240; 247; en el Documento de Aparecida 2007: La piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo: 258-265.

El culto mariano popular relacionado con la presencia de María a lo largo del año litúrgico y de acuerdo con las diferentes advocaciones locales y tradiciones populares ocupa un puesto relevante en la vida de la Iglesia Latinoamericana y de la religiosidad del pueblo. La presencia de la Virgen María en la piedad popular es reportada en Puebla n.454: “Ella y sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y caracterizan su piedad popular, venerada como Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como reina de nuestros distintos países y del continente entero”; y en Santo Domingo n. 53: “En esta tarea (de líneas para la Nueva Evangelización) se deberá poner una especial atención a la valorización de la piedad popular, que encuentra su expresión especialmente en la devoción a la Santísima Virgen, las peregrinaciones a los santuarios y en las fiestas religiosas iluminadas por la Palabra de Dios. Si los pastores no nos empeñamos a fondo en acompañar las expresiones de nuestra religiosidad popular purificándolas abriéndolas a nuevas situaciones; el secularismo se impondrá más fuertemente en nuestro pueblo latinoamericano y será más difícil la inculturación del Evangelio”.

Por último el documento de Aparecida, además de reconocer la importancia histórica y actual de la devoción mariana de nuestros pueblos, en especial describe poéticamente un punto importante que relaciona la vitalidad de la piedad popular con la espiritualidad personal y de masas que encuentran en el Rosario, en el Crucifijo, en la vela encendida, en la pequeña expresión de oración vocal y en la mirada a las imágenes queridas de María, el momento de desasosiego en la lucha de lo cotidiano.(DA,61). María, discípula y misionera del Señor en Latinoamérica, reúne, en su modelo espiritual y evangélico a la escucha de la Palabra, la importancia de la devoción popular unida al itinerario catequético de formación y compromiso, a la evangelización, a la inculturación, a la celebración litúrgica en la historia actual de la Iglesia de todo el Continente, de cara a un futuro lleno de esperanza.


El Concilio Plenario de Venezuela
El evento principal de la Iglesia Venezolana después del Concilio Vaticano II ha sido el Concilio Plenario de Venezuela realizado entre el 2000 y el 2006 en Caracas. El tema de la religiosidad popular ha sido tratado en especial en el documento dedicado a La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela. Pero la dimensión mariana de la devoción popular se hace presente en distintos puntos de otros documentos del mismo Concilio: El pueblo venezolano le manifiesta un profundo amor y devoción reflejados en un gran número de advocaciones y este amor impregna el año litúrgico (CMF n. 23); fortalece e inspira la espiritualidad de comunión (CIV nn. 56, 77); hay que favorecer la devoción a ella y la confianza en su cercanía (JBNJ nn. 84-85); a lo largo del año litúrgico celebramos la presencia diversa y permanente de la Madre de Dios (CMF n. 66); promover el significado de su figura e devoción como modelo de inculturación (ECV n. 89d); potenciar el culto a las diferentes devociones sentidas por nuestro pueblo: Chiquinquirá, del Valle, Divina Pastora, del Socorro, de la Consolación, entre otras (ISMR n. 112).

Por último hay que recordar la Carta Pastoral Colectiva de la Conferencia Episcopal Venezolana por la clausura del Año Jubilar de la Aparición y de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de Coromoto el 8 de septiembre del 2003, en pleno desarrollo del Concilio Plenario. En ese documento se presenta el culto nacional a la Virgen María a partir de las apariciones de 1652, las vicisitudes del culto coromotano, el Patronazgo a partir de 1952, y sobre todo la importancia del mensaje que favorece el proceso de unidad del pueblo por la fe en Jesucristo y el amor a la Virgen Madre de Dios: ella nos invitó al bautismo para poder ir al cielo.

Lo que debemos hacer como Iglesia.
La Iglesia debe recibir y valorar esa piedad popular, y trabajar con el pueblo de Dios que se ve atraído por María. evangelizarlo, catequizarlo e irlo llevando a una fe purificada y a una profunda participación litúrgica sacramental. Sobre todo la Confesión y la Eucaristía.

Hacer conciencia de lo que significa ser bautizados. En este sentido cada advocación mariana, ligada a su devoción popular, puede ser instrumento de evangelización y catequesis.
Si tomamos la Virgen de Coromoto y analizamos el contenido de su mensaje, podremos motivar a los creyentes a que vivan de verdad su Bautismo; que descubran lo que significa la gracia divina, que se abran a la acción de Dios, quien utiliza los elementos naturales como el agua para purificarnos y darnos su gracia. Llevar a los fieles a vivir una profunda experiencia de renovación bautismal, acompañada de una formación adecuada a ese pueblo devoto de la Virgen de Coromoto. María lleva a Jesús en los brazos, quien tiene el mundo en sus manos. El Bautismo nos hace ser parte de Cristo y nos lleva a la salvación.

Si tomamos la Divina Pastora y estudiamos su imagen con mayor detalle veremos que lleva el Niño en sus brazos, como la Coromoto, ella nos propone a Jesús como su más grande tesoro. Ella lleva el bastón para pastorear las ovejas y así cumplir su vocación de madre espiritual que recibió en la cruz y que nosotros recibimos como hijos, he ahí a tu hijo… he ahí a tu madre…(Cf. Jn 19,25ss).
Con María buscaremos los pastos de Dios. Es la imagen de la Iglesia maternal y pastoral.

Así cada imagen mariana tiene un contenido teológico eclesiológico conectado con la revelación de Dios, con la Historia de la Salvación, que debemos aprovechar en nuestro trabajo evangelizador para llevar al pueblo de Dios a una maduración progresiva de su vida cristiana, a una práctica cada vez más clara y profunda de la fe, la esperanza y la caridad. Ser y hacer Iglesia con María.

El estudio de la Mariología debe ayudarnos a nuestra conversión personal y eclesial, y motivarnos a desarrollar una Pastoral Mariana actualizada, algunas ideas y criterios generales teológicos pastorales y litúrgicos son:
  • -María Virgen y Madre dentro del misterio de Dios. Su relación con el Padre el Hijo y el Espíritu Santo.
  • -María miembro preeminente de la Iglesia. Madre de Cristo y madre espiritual de los cristianos.
  • -María modelo de discípula y misionera en el camino de maduración de la espiritualidad de comunión de la Iglesia.
  • -La presencia mistagógica de María Oyente, Orante y Oferente en la vida sacramental.
  • -La devoción mariana nos ayuda a llegar a la plenitud de la fe, esperanza y caridad cristiana.
  • -Tomar en consideración las distintas advocaciones marianas particulares de cada lugar y cultura, la religiosidad popular y la dimensión mariana del tiempo litúrgico correspondiente en el año.
También es bueno considerar actividades pastorales concretas a promover:
  •  -Promover las misiones populares con María y la visita de su imagen a los hogares.
  • -Preparar y efectuar charlas de formación mariana para la comunidad, pueden ser para niños, jóvenes y adultos, acompañadas con una actividad de devoción mariana (oración, rosario, cantos, procesiones) a nivel parroquial, sectorial, eclesial.
  • -Promover la inculturacion mariana en el arte, como pinturas, artesanías, poesías, cantos, música entre otros, para la nueva evangelización.
  • -Utilizar los medios audiovisuales como películas, videos, música y producir nuevos materiales para la evangelización que ayuden al pueblo de Dios en su formación, como dípticos, trípticos, panfletos, carteleras, afiches, presentaciones en Power Point. Además usar las redes sociales para transmitir el contenido mariológico.
La Pastoral Mariana tiene como objetivo global ayudar a que el pueblo de Dios vaya adquiriendo una fe, esperanza y caridad cristiana cada vez más profunda y clara. A ser y hacer Iglesia con María. La primera redimida, la primera discípula y misionera, la primera creyente y adoradora de Dios en espíritu y en verdad. La renovación pastoral de la Iglesia es promovida también desde esta labor mariana, en una espiritualidad de comunión y participación, en una labor de pastoral de conjunto, tal como lo pide la Iglesia actual y lo exigen los tiempos que vivimos.

Con María, avancemos por los caminos de la fe, la esperanza y la caridad.